Un secreto que ha traspasado fronteras es la mala gestión de los bienes públicos, la improvisación constante, la designación de funcionarios incompetentes y los silencios estratégicos frente a la corrupción de familiares y amigos.
Entre el desastre y el oportunismo, Colombia es ese país donde todo parece incierto. Y, aun así, hay fila para mandar. Hay quienes se postulan una y otra vez, con una ambición recurrente en un país sin memoria.
El gobierno de Gustavo Petro, que llegó al poder con la promesa de un cambio histórico, ha resultado ser una colección de contradicciones. Las promesas rotas y los escándalos se acumulan como piezas de un rompecabezas que nunca encajan.
Un secreto que ha traspasado fronteras es la mala gestión de los bienes públicos, la improvisación constante, la designación de funcionarios incompetentes y los silencios estratégicos frente a la corrupción de familiares y amigos. Además, su enfrentamiento continuo con quienes no comparten su visión ha polarizado aún más al país, dejando a la sociedad en un estado de incertidumbre y descontento generalizado.
Y, sin embargo, lo que más crece no es la indignación ciudadana, sino la lista de aspirantes a la presidencia.
¿Por qué alguien querría asumir las riendas de un país tan polarizado, desconfiado y golpeado? ¿Es masoquismo político? ¿O una oportunidad para blindarse, enriquecerse o simplemente alimentar su ego?
A vuelo de pájaro, así está el panorama. María Fernanda Cabal, con su cruzada por restaurar el orden a punta de mano dura; Vicky Dávila, en modo candidata, armada de indignación y promesas genéricas; María José Pizarro, heredera no solo de su padre, sino del petrismo; Gustavo Bolívar, oscilando entre libreto político y reality institucional; German Vargas Lleras, el eterno aspirante con las mismas propuestas recicladas; Claudia López, en modo redención tras su paso por Bogotá; Sergio Fajardo, vuelve y juega creyendo que hay espacio para el centro tibio.
Daniel Quintero, jugando a la ambigüedad, ha perfeccionado el arte de la política de conveniencia. Las mismas personas que nombró a dedo en Empresas Públicas de Medellín durante su gobernación ahora ocupan altos cargos en Ecopetrol y otros organismos públicos bajo el gobierno de Gustavo Petro. Vale la pena preguntarse: ¿de quién es realmente candidato Quintero?
Por otro lado, Alejandro Gaviria, el eterno camaleón político, ha recorrido todos los espectros ideológicos con la gracia de quien no tiene brújula. Hoy está aquí, mañana allá, y pasado quién sabe dónde. Que no nos vendan gato por liebre, porque ya estamos cansados de los mismos trucos con distinto disfraz.
Todos prometen soluciones mágicas, pero nadie explica cómo. Mientras tanto, el país se hunde en la incertidumbre, desconfianza, inseguridad y desempleo. Pareciera que a la presidencia no quieren llegar para transformar, sino para negociar, repartir puestos y lucir la banda presidencial como un trofeo sin compromiso.
En este juego de poder, gobernar no es resolver problemas, es administrar recursos con descaro. Mientras Colombia se desmorona, los candidatos se aferran al espectáculo político, dejando claro que no buscan salvar al país, sino perpetuar su propia supervivencia. Una tragedia que exige reflexión y acción. ¡Ahí les dejo!












