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Martes 12 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Santurbán (1): Cartografía sin piel

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Santurbán trasciende los mapas asépticos de la capital; es una realidad humana herida por la desconfianza. Llevamos una década gestionando en bucle la parálisis institucional que prefiere congelar el conflicto antes que afrontar el calor de un diálogo genuino que transforme el territorio.

El conflicto está petrificado. Mientras el escritorio capitalino ve a Santurbán como una cartografía sin piel —reducida a vectores, cifras y debates digitales—, en el páramo la delimitación es un tajo vital que convierte a campesinos y mineros tradicionales en extraños en su propia tierra, despojándolos de su identidad por decreto. Paralelamente, en la ciudad se ha perdido la capacidad de distinguir entre el gran capital y el minero ancestral, sustituyendo la escucha por un simulacro de diálogo.

El muro de Santurbán es un juego de espejos: el ambientalista urbano teme al habitante como una amenaza; el poblador local rechaza la regulación como una imposición colonial; y el Estado, incapaz de mediar, reduce el drama humano a un trámite técnico que prefiere archivar o dilatar.

Nadie tiene la pureza absoluta en este conflicto. El diálogo agoniza porque hemos confundido la defensa del agua con la anulación del “otro”. Para que ese hielo se derrita, no basta con una nueva resolución administrativa; es necesaria la voluntad mutua de sentarse a la mesa sin el escudo del prejuicio levantado.

Esta inercia es un retroceso activo: un “Simulacro de Diálogo” donde la escucha ha muerto. En este naufragio, el legítimo rechazo al gran extractivismo se ha ensañado —sin matices ni justicia— contra el pequeño minero ancestral, convirtiendo una causa necesaria en un estigma que castiga a quienes siempre han habitado la montaña.

Entre el ruido del debate, hemos perdido la lucidez para diferenciar la voracidad de las multinacionales de la identidad del campesino custodio. Mientras la ciudad reclama pureza desde el asfalto ignorando el hambre del páramo, la salida exige restaurar el “Triángulo Ético VRC”: “Verdad” que incluya la biografía del territorio, “Respeto” que anule la descalificación y “Coherencia” de un Estado que deje de titular tierras con una mano mientras prohíbe la vida con la otra.

Escazú es la brújula de honestidad radical: un mandato para transformar el ritual burocrático en un “Diálogo Verdadero” que descongele Santurbán. La paz territorial no vendrá de tecnicismos, sino de la valentía de bajar el tono y alinear la seguridad hídrica urbana con la dignidad de la montaña. Este camino exige una escucha sin juicios para entender al otro sin renunciar a las demandas propias; una comprensión libre de odio que permita que la palabra compartida fije posiciones e intereses, transformando la relación y derritiendo la helada de la estigmatización que hoy nos vence a todos. Salgamos del bucle de sequía.

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