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Sábado 03 de mayo de 2025 - 12:27 AM

Trabajo y edad:lo que nadie dice

El edadismo laboral, esa forma sutil pero devastadora, es más común de lo que se admite. Un sesgo que excluye a millones de personas en el mundo.

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A propósito del Día del Trabajo, cada primero de mayo desempolvamos pancartas y discursos sobre derechos laborales. Pero hay una verdad que rara vez entra en esas arengas: la discriminación por edad.

En los debates sobre empleo digno no se menciona que los viejos y los jóvenes siguen siendo sistemáticamente excluidos del mercado laboral por algo tan absurdo como su fecha de nacimiento o falta de experiencia.

El edadismo laboral, esa forma sutil pero devastadora, es más común de lo que se admite. Un sesgo que excluye a millones de personas en el mundo.

En una encuesta de la OMS, una de cada dos personas reconoció tener prejuicios hacia los adultos mayores. ¿Adivinen quienes lo padecen más? Las mujeres. En países como Japón o Italia, con poblaciones envejecidas, el retiro femenino llega tarde.

Ellas lo tienen peor, por edad y género. A pesar de su experiencia y aporte, muchas son excluidas del mercado laboral y eso, combinado con machismo, es un tándem peligroso, aunque tengan experiencia y ganas.

Si encuentran trabajo están condenadas a empleos precarios o dependen de una pensión estatal que les resulta insuficiente. En Latinoamérica, según Naciones Unidas, solo cuatro de cada diez, tienen acceso a una pensión contributiva y una de cada cinco, viven en la extrema pobreza al llegar a la vejez.

El edadismo no se ve, pero pesa. Y combatirlo no es solo un gesto de justicia, es una apuesta inteligente en un mundo que cada vez envejece más y se reinventa al mismo tiempo. No corregir ese sesgo es continuar desperdiciando lo más valioso que tiene una sociedad: su gente en todas las etapas de la vida.

En el ámbito laboral eso se traduce en entrevistas evitadas, silencios incómodos y puertas cerradas. La mayoría son persona que podrían ser mentoras o líderes, pero el sistema las jubila antes de tiempo.

En las antípodas están los jóvenes. Tienen títulos, ideas y energía, pero se encuentran con la exigencia de una experiencia que nadie les da. La OIT estima que, en 2025, más de 73 millones de jóvenes están desempleados en el mundo. Uno de cada cinco hacen parte del fenómeno NEET -ni trabajan, ni se forman-.

Frente a esta realidad es necesario cambiar la mirada. Se requieren decisiones políticas, empresariales y culturales. La edad no debería ser un filtro, sino un valor. Existen experiencias exitosas de colaboración intergeneracional: mentorías, emprendimientos conjuntos, programas de formación compartida. Es hora de ponerlos en práctica y replicarlos.

El edadismo no es solo un prejuicio: es una perdida colectiva. Si seguimos descartando talento por edad, seguiremos desperdiciando el potencial de dos generaciones que podrían enriquecerse mutuamente. En tiempos de crisis es un lujo que no podemos permitirnos.

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