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Columnistas
Martes 26 de agosto de 2025 - 01:00 AM

Un nuevo alcalde, una nueva ciudad

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Hay momentos en la vida de una ciudad en los que la historia se acelera y exige a sus ciudadanos no indiferencia, sino responsabilidad. Bucaramanga, conocida alguna vez como “la ciudad de los parques” atraviesa hoy uno de esos puntos de inflexión.

La nulidad de la elección del alcalde Jaime Andrés Beltrán, decretada por el Consejo de Estado, ha dejado la ciudad en un estado de suspensión política y, paradójicamente frente a una oportunidad excepcional. Redefinir su rumbo a través de unas elecciones atípicas que deberán realizarse antes de finalizar noviembre.

El desafío no consiste simplemente en elegir un nuevo alcalde. Se trata de romper con la fatiga de los clanes políticos, los proyectos familiares disfrazados de liderazgo, y el tribalismo corrosivo que convierte a los amigos den enemigos. Bucaramanga necesita dar un giro, dejar atrás la nostalgia de la “ciudad bonita” y emprender, con ambición, el proyecto de una ciudad moderna.

Ese salto exige acciones concretas: una movilidad sostenible que dialogue con el medio ambiente; la recuperación real, no retorica del espacio público, una agenda cultural escrita en coautoría por artistas, gestores culturales, academia, prensa, sector publico y privado; la planeación del ornato urbano mediante alianzas público-privadas; la designación de secretario y directores por merito, no por favores; e incluso innovaciones audaces como la creación de alcaldías satélites en las quince comunas y tres corregimientos, para que el gobierno deje de ser una oficina distante y se convierta en una presencia cercana.

Pero ninguna ciudad puede transformarse sin ciudadanos a su altura, Bucaramanga no solo necesita un alcalde moderno; necesita también ciudadanos modernos; hombres y mujeres que no se vean como simples votantes, sino como custodios de un sueño colectivo.

Por eso estas elecciones no deben convertirse en otra subasta en la que los contratistas “compran” alcaldías. Deben ser el renacimiento del liderazgo cívico que alguna vez marcó a la ciudad en los años noventa, con figuras e instituciones como la Sociedad de Mejoras Publicas, la Cámara de Comercio o la Escuela de Artes y Oficios. Ese espíritu cívico, hoy adormecido, podría ser el antídoto contra la mediocridad.

Porque el problema de Bucaramanga no es solo político: es cultural. Una ciudad que abandona sus teatros- como el histórico Peralta, que permanece en cuidados intensivos- renuncia a una parte de su alma. Ningún proyecto de modernidad será autentico si deja morir en silencio su patrimonio cultural.

Bucaramanga se encuentra en una encrucijada: reincidir en sus viejos vicios o atreverse a renacer como un experimento cívico digno de atención internacional.

Lo que ocurra en las próximas semanas no solo definirá un alcalde, definirá en lo mas profundo, la identidad futura de la ciudad.

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