Durante 155 años, el pueblo de indios de Bucaramanga fue el corazón de un real de minas.
Esto significaba: primero, que la actividad extractiva del oro aluvial en las arenas de los dos ríos que lo circundaban, el Suratá y el del Oro, y las catorce quebradas que los alimentaban, atraía mineros de todas las condiciones sociales. Segundo, que todos los mineros, fuesen indios o criollos, jugaban y bebían aguardiente de caña. Tres eran los juegos cotidianos: los que usaban barajas españolas, tradicionalmente fabricadas en Vitoria, porque eran un real monopolio; los dados y los patios de bolas de madera. Eran todos juegos de albur, si entendemos que el resultado de sus movimientos dependía del azar. Y allí donde hay resultados azarosos, como por encanto aparecen los apostadores. Como en el albur hay ganadores y perdedores, las discordias por los resultados producían violencias y desgracias familiares. Incluso personas de distinción y buenas prendas se ponían en riesgo de faltar a la compostura social que debían guardar.
Entre 1749 y 1751, don Bartolomé Joseph de Ardila y Guzmán, alcalde de minas y juez de reales cobranzas, tuvo que dictar dos autos de buen gobierno para prohibir esos juegos. Los autos fueron publicados por voz de pregonero y a redoble de tambor en las cuatro esquinas de la plaza del pueblo de indios, que debió estar situado en la margen izquierda de la quebrada Bucaramanga, hoy barrio de San Miguel. Ante el ningún caso que le hicieron, tuvo que pasar a las amenazas: a quienes se las daban de españoles, seis pesos de multa y ocho días en el cepo; a los indios y castas, cincuenta azotes públicos, para escarmiento. Para impedir las reuniones de los jugadores, ordenó que después de que la campana de la capilla doctrinera diera el toque de queda, nadie podía deambular por las calles ni tener la puerta de su rancho abierta. Los jugadores se aquietaron, pero solo hasta que ese piadoso alcalde de minas estuvo en el real. Tan pronto se marchó, siguieron los juegos, porque minero es minero, así fuese devoto de San Antonio de Padua.











