Si hay una palabra a la que frecuentemente acuden los estrategas políticos para fijar en el imaginario colectivo la percepción de que su candidato, programa, partido, movimiento o funcionario elegido tiene(n) la fórmula mágica para solucionar todas las necesidades, habidas y por haber, es el sustantivo masculino cambio.
Así gobernaron el primer afroamericano en los Estados Unidos, Barack Obama, con Change We Can Believe In (el cambio en el que podemos creer), el popular Andrés Manuel López Obrador, con su promesa sobre “el cambio verdadero”, que buscó transformar a México en su periodo presidencial o la alianza política Cambiemos, que llevó al argentino Mauricio Macri a ocupar la Casa Rosada en Buenos Aires.
En Colombia, la campaña del conservador Andrés Pastrana se basó en prometer “El cambio es ahora”, para alcanzar la presidencia, y el actual mandatario, Gustavo Petro, impuso la denominación el “Gobierno del Cambio”, como narrativa oficial de su administración, la cual se utiliza de manera transversal en todas sus comunicaciones oficiales, redes sociales institucionales y eventos públicos en los que se busca dejar como legado.
Así hemos ido y regresado, de un extremo al otro, con la ilusión de ver resueltos esos asuntos que siempre están en la agenda: pobreza, seguridad, educación, salud, vivienda y empleo, entre los principales, en medio de entornos siempre desafiantes, los cuales van montados en un tiovivo que no se detiene. El problema es cuando nuestros dirigentes, de cualquier orilla ideológica, lo prometen como un sonsonete que, al final, terminan desdibujados como les pasó a nuestros vecinos que vieron, por ejemplo, como la presidenta encargada, la socialista Delcy Rodríguez, lucía un traje de diseñador italiano, cuando asumió sus nuevas funciones, valorado según el New York Times en quince mil dólares. O, de nuestra propia cosecha, nos enteramos por el Reporte Coronell de la lujosa residencia que ocupa ahora mismo el prófugo santandereano Carlos Ramón González, en Nicaragua, a nombre del progresismo.
La ambición por el poder corrompe por dentro, y a ello va pegado el apego al lucro, aspirando a lo mismo que se señala de forma peyorativa como ‘oligarquía’, van a los mismos clubes sociales, viven al lado en suntuosos conjuntos residenciales, pasan vacaciones en playas paradisíacas, visten con ropa de ‘marca’, envían a sus hijos a colegios y universidades de ‘élite’, se ‘emparentan’ entre ellos mismos, tal cual como acostumbran a hacer las familias ‘de bien’, y se ‘mezclan’ unos con otros, los de ‘cuna’ y los ‘recién aparecidos’.
El día que nos levantemos de la mesa del restaurante porque al lado se sentaron estos fulanos que odiaron lo que hoy son, realmente habremos cambiado, de lo contrario seremos, como lo decía el célebre Juan Gossain, cómplices por omisión.












