Apenas terminaron nuestras vacaciones en Barranquilla, mi hermano y yo alistamos maletas para regresar a Bucaramanga. Corría el mes de febrero de 1978 y mi abuelo Sixto nos embarcó en un avión de TAC —Transportes Aéreos del Cesar— para volar a nuestro destino. Papá y mamá nos llamaron un día antes y me dieron la noticia de que en casa ya me esperaba un regalo de cumpleaños. No quisieron decir nada más, y viajé con intriga desde que salí del Aeropuerto Ernesto Cortissoz hasta que aterrizamos en el Aeropuerto Palonegro. Al llegar a nuestro hogar nos recibió Lula, nuestra nana. A su lado, un perrito de raza Pinscher, de color café, batía la cola sin parar. Sus orejas caían y no dejaba de lamerme ni de saltar a mi alrededor. Cuando lo abracé, supe que había sido amor a primera vista.
“Se llama Bobby” me dijo papá. “Llama a tu tío Jorge para darle las gracias, ya que el perrito es hijo de Lady”. Lady era una perrita que no permitía que nadie abrazara a mi querido tío, pues gruñía e incluso mordía a cualquiera que intentara acercarse al hermano de mi padre. Bobby y yo nos convertimos en los mejores amigos. El pequeño creció conmigo. A medida que pasaban los meses, se orinaba en cualquier parte de la casa: era como yo, ¡rebelde! Mordía a mi hermano, a mis amigos, y solo obedecía a mi papá y a mí. Esquivaba a mi mamá y a Lula, porque lo corregían a punta de periódico.
Este Pinscher, con pinta de Dóberman miniatura, hacía cada travesura que desesperaba a todos. Una tarde, al llegar a casa, descubrí que mi mamá lo había regalado sin mi consentimiento. Aquello provocó un distanciamiento entre nosotros, a tal punto que decidí irme a Barranquilla mientras lograba superar esa etapa. Cuando regresé, supe dónde estaba el perro y fui hasta el Parque Romero a rescatarlo. Bobby se había extraviado, y una familia que había escuchado sobre él lo encontró y nos llamó para reclamar la gratificación que ofrecí con mis ahorros de las onces del colegio. Cuando lo llevé de nuevo a casa, no lo dejé solo ni un minuto. Pasaron un par de años y, mientras me encontraba en Estados Unidos, mamá me dio la noticia de la partida de Bobby, quien falleció bajo las llantas de un carro. Nunca paré de llorar ni de extrañar a ese amigo que jamás se separó de mí. Escuchaba mis silbidos o mi voz desde una cuadra de distancia y se sentaba en el garaje para esperarme.
Pasaron los años y, en 2005, apareció Kyra, una labradora blanca que rescaté. La pareja que la tenía había peleado y la descuidó; estaba abandonada y desnutrida. Tenía apenas dos meses y medio cuando, tiempo después, se la regalamos a mi suegro. Esa noble compañera cuidó a mis hijos y no permitía que nadie se acercara a sus coches o cunas. Se erizaba y, cuando se levantaba en dos patas, parecía un oso polar. Murió de un infarto, y de nuevo tuvimos que hacer el duelo.
Juramos no tener más perros, hasta que mi suegra trajo de la finca a Pulgas. Luego, durante la pandemia, aparecieron Nala y Canela, dos perritas maltratadas y al borde de la muerte. Hoy forman parte de nuestro hogar y son como los buenos jugadores de un equipo de fútbol: ¡inamovibles!
Este viernes 27 de marzo, la Alcaldía de Bucaramanga, en cabeza de Cristian Portilla, junto al Instituto Municipal de Cultura y Turismo y la emisora Luis Carlos Galán Sarmiento La Cultural, organizan una Radiotón en el Parque San Pío, con el objetivo de recolectar cinco toneladas de alimento para perros y gatos en situación de calle. Es una muestra de amor por los peluditos. Tal vez vuelva a ver en ellos a Bobby, a quien extraño cada día de mi vida. Los esperamos.












