El 23 de marzo del año en curso recibí una llamada de Álvaro Martín Plata, el hermano de Reynaldo, quien me preguntó acerca de la salud de Norberto José Peluffo. Con él, ya eran cinco las personas que me preguntaban cómo seguía ‘Sesé’ de su enfermedad. La verdad, yo estaba sano, tal como dicen los muchachos; ese domingo, tan pronto colgué con Álvaro, llamé a Juan Martín, el hermano de Norberto, quien me confirmó que a ‘Sesé’ le habían diagnosticado un cáncer de colon.
De igual manera, me comuniqué con William Nieto, el mejor jugador de baloncesto de nuestra historia, quien me sugirió llamar al crack del barrio Conucos y levantarle el ánimo. En un extenso audio le dije lo que sentía: que es el mejor volante número ocho que vi en mi vida. Con ese comentario se desprendieron más cosas y detalles sobre un chico rubio, de cabello ensortijado, con pinta de baterista de un grupo de rock argentino. Sus ojos verdes hablando por él y en sus labios una sonrisa bastante pícara, la que nunca se ha desdibujado de su rostro. Flaco, medio cascorvo, medias abajo y camiseta por fuera; pinta de crack y de vago, igual que ‘el Trinche’ Carlovich, un volante argentino que jugaba para divertirse, similar al ‘Mágico’ González. Maradona dijo varias veces que estos dos, ¡eran mejores que él!
En la cancha de Conucos, los árboles no permitían que una sola hoja cayera al piso; los sábados en la tarde la cancha de arena debía estar limpia, para que ese fabuloso equipo de barrio, comandado por Norberto José, el hijo de Norberto Juan y Susanita, hiciera diabluras con el balón. Su papá lo miraba escondido desde la ventana y ‘Sesé’ sonreía; detrás de él tenía un equipo que lo respaldaba: ‘Cacai’ volaba de palo a palo; el talento, la fuerza, las trompadas y los goles estaban a cargo de ‘Guayaba’ Gómez, Fabio Gordillo, ‘el Loco’ José Ariza, ‘Minuto’ Rueda, William Nieto, Luis Gómez y Ricardo Álvarez, entre otros. En un campeonato nacional de fútbol en Medellín, un directivo preguntó por el monito, el capitán de la selección Santander. Hablaron con su padre, vinieron hasta Bucaramanga y, en el Restaurante Punta del Este de su viejo amigo Abraham González, ubicado en una bella casa de la carrera 33 entre calles 42 y 44, se firmó el traspaso de ‘Sesé’ a Nacional.
El ‘Ñato’ Peluffo lo celebró con un par de aguardientes que le brindó ‘El Colorado’ Di Marco. A Zubeldía le llegaba un diamante, para nada bruto; era un jugador inteligente, con toque fino y pase milimétrico. Se adaptó rápidamente a lo que quería ‘el Troesma’ y salió campeón con Nacional. Su sangre argentina se mezcló con el tango de arrabal que salía de la casa gardeliana del barrio Manrique; renunció a la selección Colombia porque la dirigía Bilardo; le cantó la tabla al ‘Narigón’ y Zubeldía lo regañó, dejó de hablarle por un tiempo. Se fue a Millonarios; se encontró con una banda fabulosa: Vivalda, Van Tuyne, también con ‘el Nene’ Díaz. Llegaron Iguarán y Trobbiani. Con este último hubiesen podido construir el Metro de Bogotá. Al llegar al América de Cali, el doctor Ochoa le dijo a Martín: “Si su hermano no es el mejor jugador de Colombia, está entre los tres mejores”. Técnico de escuela; a todos los profesores les aprendió algo. Buen estudiante, pero vago. Ya sin licor encima, no quiso jugar más, se dedicó a dirigir y a hacer amigos. La táctica de los médicos dictaminó algo extraño en su cuerpo; Norberto José alistó sus guayos, enroscó las medias en sus tobillos y con pantaloneta se fue a las quimioterapias. Allí va a meter pierna, como cuando se enfrentaba a los que daban suela sin contemplación. La tocará de primera, ahí estará Cueto para devolverla. Todos tus amigos seremos Pedro Sarmiento, te estaremos apoyando con nuestras oraciones. Serás el capitán de nuestro equipo, dirigido por Dios; ÉL sabe más que Zubeldía. Nos aferramos a su táctica y jugaremos este partido. Estoy seguro de que lo vamos a ganar. Te quiero, ‘Sesé’, te esperamos en la cancha de Conucos.












