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Columnistas
Domingo 17 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Lucha de clases

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Así estamos. Medio país resentido, y la otra mitad, esperando cada momento para señalar con el dedo acusador. Que el saludo protocolario de la vicepresidenta de la República, Francia Márquez, a la hija de Germán Vargas Lleras, fallecido hace apenas diez días y honrado con funerales de Estado, fuera convertido en noticia es un síntoma del deterioro al que hemos llegado en el relacionamiento entre personas que, ideológicamente, pensamos distinto.

Momentos antes del sepelio, frente a los medios de comunicación, Clemencia Vargas Umaña respondió preguntas de los reporteros sobre la desaparición de su padre, un hombre público que hizo toda la carrera para ocupar el solio presidencial, pero no le alcanzó, haciendo al aire una dura afirmación sobre el momento político que vivimos: “no entregarle el país a Cepeda y sus secuaces”. El uso de este adjetivo de forma peyorativa ahonda aún más la división entre quienes apoyan el continuismo y aquellos que buscan regresar al poder.

Ejemplos como este abundan en las letrinas de las redes sociales, en reuniones sociales y en cada grupo de WhatsApp, contaminados todos con esta clase de lenguaje, que dinamita cualquier intento de establecer una conversación seria, argumentada, que enriquezca el debate, que permita intercambiar opiniones entre iguales sin que medie la ofensa por la palabra, el grito, el meme, el sticker, el video o la ilustración que divida.

Nos da miedo tener conversaciones difíciles. Familias, alrededor de un almuerzo, evitan referirse al tema para no tener desencuentros incómodos; igual ocurre en una clase universitaria o en medio del grupo de trabajo en la oficina. A estas alturas es muy probable que hayamos perdido algún amigo, o al menos salido del grupo de chat, por cuenta de una campaña política enrarecida, que no debate; todo lo contrario: sus protagonistas se evitan entre sí mientras reparten odios.

Empezando por el propio presidente de la República, convertido en primer agitador de la nación desde su oficina de X, a nombre del ‘pueblo’, una cosa amorfa de la cual se ha apropiado para distribuir veneno, o el mismo candidato ultra, un ‘enviado’ sin saber por quién, que cada vez que habla deja ver las costuras de un lobo —literal— envuelto en un traje dos tallas más chicas para que se le vea el penoso —también literal— ‘bulto’ de macho acosador.

La expansión del discurso de odio, según la oenegé Caribe Afirmativo, deja cada 32 horas una persona LGBTIQ+ asesinada o, como lo afirma Indepaz, cada 48 horas cae un líder social abatido. Un informe reciente de la Defensoría del Pueblo determinó que la promoción del lenguaje constructivo y la difusión e información veraz han sido compromisos vulnerados por los candidatos en contienda. De ese nivel es nuestro diálogo.

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