Antes de las seis de la tarde de hoy, según cálculos del registrador, Hernán Penagos, los colombianos habremos resuelto dos de los principales interrogantes de la contienda electoral camino a escoger a la persona que, en diez semanas, reemplazará en el cargo a Gustavo Petro: conocer si hubo un ganador por mayoría absoluta en esta primera vuelta o, de no ser así, confirmar los nombres de los dos candidatos que, por su votación, alcanzaron el tiquete al balotaje dentro de veintiún días.
Sabremos, también, qué tan cerca o lejos estuvieron en sus mediciones las firmas encuestadoras que estrenaron la controvertida Ley 2494 de 2025, las cuales fotografiaron secuencialmente desde enero pasado, con nuevas reglas de juego, cómo se movió la intención de voto en el país hasta hace una semana. Será, asimismo, una nueva prueba de fuego para la Registraduría, desafiada como nunca a reafirmar la probidad de un proceso blindado por las dudas sembradas desde el propio Gobierno sobre un eventual fraude. Lo de la tinta de lapicero que se borra es apenas una de las tantas estupideces que han circulado impunemente. La fiabilidad en los resultados del preconteo de esta tarde, así como la rigurosidad en el escrutinio en los días posteriores, son procesos que han sido catalogados como ejemplares en procesos anteriores por observadores internacionales.
Veremos, al final del día, qué tanto las amenazas de los grupos armados hacia los comicios, que terminan ejerciendo constreñimiento a los sufragantes, especialmente en regiones visiblemente afectadas por su accionar, así como la seguridad que brinden las autoridades, desplegadas en doscientos mil uniformados en todo el territorio nacional, se reflejan en la tranquilidad de lo que aquellos comentaristas de vieja data llaman folclóricamente ‘fiesta democrática’. Hay alertas en 237 municipios considerados bajo riesgo por la Defensoría del Pueblo y la Misión de Observación Electoral (MOE).
Llegamos a esta jornada en medio de una pugnacidad furibunda, exacerbada por narrativas insólitas, bajo la inédita participación proselitista del gobierno de turno en la campaña, el asesinato —que no se nos olvide— de un precandidato presidencial, la privación de debates públicos por parte de los candidatos favoritos —una peligrosa señal en una eventual presidencia de cualquiera de los dos— y la sombra omnipresente de Álvaro Uribe, gran elector en los últimos 25 años, y su némesis, Gustavo Petro, de cara al futuro.
Los colombianos nos merecemos más que eso: un hombre o una mujer decentes que enfrenten la corrupción, los problemas de seguridad y la crisis del sistema de salud, los temas más críticos, a cambio de no quedar atrapados entre los animadores del odio y el fanatismo. Potenciar el miedo es el primer paso hacia el autoritarismo. Usted elige.











