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Viernes 02 de octubre de 2026 - 01:00 AM

La odisea de la gente de a pie

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Existe una medida de la ciudad que difícilmente aparece en los indicadores oficiales como las horas que sus ciudadanos pierden intentando llegar a donde necesitan. Es una medida silenciosa, pero profundamente humana. La conoce quien sale de casa cuando todavía no amanece, camina varias cuadras, espera un transporte que no llega, cambia de vehículo y finalmente alcanza su destino agotado. Esa experiencia no siempre aparece en las cifras de movilidad, pero sí deja huella en la vida de miles de personas. Allí se encuentra la verdadera odisea de la gente de a pie.

El deterioro o las limitaciones del transporte público no afectan a todos de la misma manera. Quien posee alternativas puede cambiar de medio, modificar el horario o asumir un costo adicional. Los que dependen del transporte público tiene un margen de maniobra mucho menor. Para numerosos ciudadanos del área metropolitana de Bucaramanga, particularmente quienes se desplazan por ejemplo desde Piedecuesta, un trayecto puede convertirse en una sucesión de caminatas, esperas y transbordos. El costo no se expresa solamente en dinero también aparece en horas que se restan al descanso, a la familia, al estudio y a la vida personal.

Por eso, el debate sobre movilidad necesita cambiar de pregunta. No basta con preguntarse cuántos buses circulan, cuántas rutas existen o cuánto cuesta operar un sistema. También debería preguntarse qué tan dignamente puede una persona llegar a su trabajo, a una institución educativa, a una cita médica o de regreso a su hogar. Esa perspectiva permite comprender que el transporte público es mucho más que infraestructura es una condición para acceder a oportunidades. Cuando desplazarse resulta excesivamente difícil, las desigualdades sociales también encuentran una forma de reproducirse sobre el territorio.

La respuesta tampoco puede limitarse a soluciones coyunturales. Recuperar la confianza en el transporte exige planeación metropolitana, articulación institucional y decisiones sustentadas en evidencia sobre los patrones reales de desplazamiento. Requiere escuchar al usuario, medir tiempos efectivos de viaje, revisar conexiones, fortalecer la información y evaluar permanentemente los resultados. La eficiencia operacional importa, pero adquiere verdadero sentido cuando se traduce en menos esperas, incertidumbre y más tiempo disponible para vivir. En últimas, el indicador más importante debería ser cuánto mejora la experiencia cotidiana de quien utiliza el sistema.

La odisea de la gente de a pie deja una pregunta que Bucaramanga no puede seguir esquivando ¿cuánto tiempo de vida se les puede pedir a sus ciudadanos para desplazarse? Detrás de cada parada existe una persona; de un transbordo, una necesidad; y detrás de cada hora perdida, un fragmento de vida que jamás regresa. La gente de a pie no reclama privilegios sino dignidad, oportunidades y una ciudad que funcione para ellos. Por eso, recuperar la movilidad debe significar recobrar tiempo, confianza y calidad de vida. Una ciudad competitiva, sostenible y humana no se mide solamente por sus obras, sino por la posibilidad de que cada ciudadano pueda recorrerla con seguridad, dignidad y esperanza.

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