Publicado por: Carlos Chaverra
Encontré el término en una publicación española. El cronista argumentaba que Pep Guardiola, el técnico del laureado equipo Barcelona que en estos días anunció su retiro, había sido “ninguneado” por el asistente del entrenador del Real Madrid. Cuando otros comentaristas calificaban el retiro del Pep como una pérdida para el futbol, el señor del Real Madrid (su archirrival) lo calificaba casi como un hecho sin trascendencia.
“Ninguno” es la ausencia de algo o de alguien. En consecuencia, “ningunear” es omitir o subestimar los méritos o capacidad de alguna persona para realizar una labor o desempeñarse en alguna actividad. Generalmente, los motivos son retaliativos u omisiones debidas al olvido o a una actitud consciente. También es tratar despectivamente a otra persona o restarle importancia a un evento o creencia”. Fue la definición que encontré y para mi sorpresa la palabrita también figura en el diccionario de la Real Academia de la Lengua: ningunear, no hacer caso de alguien, no tomarlo en consideración, menospreciar a alguien.
Como el cronista español concluía que el ninguneo era un “pasatiempo nacional”, me puse a pensar que en realidad no está restringida su práctica sólo al país ibérico. Toda campaña política tiene por definición un ninguneo del contrincante. Las posiciones de extrema derecha o izquierda no encuentran ninguna idea que pueda coincidir para el beneficio del ciudadano que dicen representar y se vuelve el ninguneo la forma de argumentar sin argumentos. Los realities hacen una apología de esta práctica. Hay ninguneos más sutiles como de muchos mensajes publicitarios y por lo general los clamores del débil caen en esta categoría.
¿Cuántos no hemos estado en una conversación en donde la contraparte no tiene tema distinto a su propio yo o su propio interés y todo intento de opinión termina en un ninguneo sin consideración? ¿Cuántas veces en una discusión el que ningunea se lleva el galardón?
Reflexionando, creo que lo peor es cuando el ninguneo se anida en el corazón y vamos perdiendo la compasión y la empatía. Nos volvemos monocolores ante todo y con todos y perdemos el chance del buen consejo que nos pueda dar un amigo o ser querido. Vamos perdiendo la posibilidad de crecer que se obtiene cuando aceptamos nuestra debilidad. Así que estaré atento a cuando empiece a ningunear porque es un mal del que nadie está exento.








