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Diva Criado
Sábado 14 de junio de 2025 - 01:00 AM

¿Existen los milagros o cuando nos toca, nos toca?

A bordo 242 personas. En tierra, otras tantas, alcanzadas por el desastre. En medio del caos, un dato se coló en la tragedia. Había un sobreviviente.

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Mientras veía las noticias, observaba las aterradoras escenas del avión que se estrelló en la India. Enormes columnas de humo se alzaban sobre la ciudad de Ahmadabad antes de que el fuselaje, convertido en una enorme bola de fuego, cayera en picada sobre un hospital universitario.

A bordo 242 personas. En tierra, otras tantas, alcanzadas por el desastre. En medio del caos, un dato se coló en la tragedia. Había un sobreviviente.

Ramesh, un pasajero británico de origen indio, emergió del desastre, cojeando, con su camiseta blanca manchada de sangre, una imagen digna de una película. Un video lo captó alejándose de los escombros antes de ser trasladado al hospital.

Aún en shock, con su tarjeta de embarque en mano, logró llamar a su familia en Leicester, Reino Unido. Estaba vivo, pero desconocía el destino de su hermano Ajay, quien viajaba con él en el Boeing 787.

Ramesh sobrevivió al desastre, solo para enfrentar una pérdida aún más cruel. En el asiento 11A— curiosamente, el que siempre elijo al volar—quedó a salvo, mientras su hermano viajaba más adelante. Un detalle mínimo que hizo una diferencia abismal.

La escena desató un torbellino de preguntas que dieron origen a esta columna. ¿Por qué unos viven y otros no? ¿Destino, azar, física, o algo aún fuera de nuestro alcance?

Los accidentes aéreos nos despiertan un temor primario, la caída libre y el impacto devastador, nos parecen fatales; pero las estadísticas cuentan otra historia. Más del 95% de los pasajeros sobreviven cuando el avión se mantiene parcialmente íntegro. Sin embargo, hay casos que sacuden esa esperanza, como el avión de Ahmadabad.

Algunos estudios sugieren que los asientos traseros pueden ofrecer ventaja, pero en tragedias como esta, ni la lógica ni la experiencia garantizan nada. En el instante del impacto, todo se reduce a factores imposibles de calcular. A veces, la diferencia entre la vida y la muerte es apenas un detalle—una elección de asiento, una postura involuntaria, un objeto interpuesto. Azar, puro azar.

Más allá de las heridas visibles, lo realmente inquietante, es la batalla interna del sobreviviente. Los psicólogos lo llaman “síndrome del superviviente”: una maraña de alivio, culpa y una pregunta que no deja de sonar—¿por qué yo y no ellos? ¿Cómo seguir adelante cuando la vida te ha elegido sin explicación?

No creo en milagros como rupturas de las leyes del universo, pero sí en el misterio, en los márgenes del conocimiento donde aún no hay certezas. Quizá un milagro no sea más que eso: una pregunta que el tiempo aún no ha sabido responder.

Lo que sí sé es que, ante historias como ésta, me detengo. Y lo agradezco. La vida—y la ciencia—me han mostrado que hay sucesos que desafían nuestras mejores ecuaciones. A veces, el simple hecho de seguir aquí es, en sí mismo, un milagro.

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