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Eduardo Muñoz Serpa
Martes 16 de abril de 2013 - 12:00 AM

Obama y la crisis coreana

Publicado por: Eduardo Muñoz Serpa

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Hay crisis en la península de Corea. Sus causas son borrosas, sólo conocemos lo que las agencias internacionales de prensa occidentales informan sesgadamente.

En 1.962 el mundo atravesó una encrucijada nuclear. Estaba en la Casa Blanca un estadista, John F Kennedy. Hoy está Obama, ¿tiene acaso talante de líder?
Kennedy heredó de la administración Eisenhower una junta de jefes de Estado Mayor con generales recalcitrantes, problemáticos, obsesionados por bombardear lo que oliera a enemigo y devolver a la Edad de Piedra a buena parte del planeta.

En 1.961, el general Lyman Lemnitzer, presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor, en una reunión dijo, “Presidente, díganos que nos dirigimos a una guerra nuclear y nosotros nos ocuparemos del resto” y explicó su plan para desplegar las fuerzas, destruir objetivos, devastar a China, Rusia, Europa del Este. Kennedy, irritado, respondió que la propuesta dejaría en cenizas a Europa, gran parte de Asia y de E.U.; terminada la reunión le expresó a Dean Rusk, secretario de Estado: “¿Y nos llamamos a nosotros mismos raza humana?”.

Ese día Kennedy tomó conciencia de que no podía dejar que los generales determinaran qué hacer ante asuntos de alta tensión. Pronto el general Lemnitzer fue reemplazado por el general Maxwell Taylor, “hombre de Kennedy”.

En la crisis de los misiles de Cuba de octubre de 1962, en la que lo político primó sobre lo militar, el bravucón general Curtis LeMay, problemático comandante en jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, enfrentó al Presidente y le dijo: “nuestra única opción consiste en la acción militar abierta” o mostraremos debilidad, y añadió: “está usted en un aprieto bastante grave”; el Mandatario respondió: “¿qué ha dicho?, es usted quien está en un grave aprieto conmigo”.

¿Obama reaccionaría así? No. Hoy campean la industria de guerra, militares guerreristas, políticos militaristas y la extrema derecha norteamericana. Luego vivimos una pesadilla. 

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