Al repasar la historia de la campaña libertadora de nuestro país, encuentro a Pedro Pascasio Martínez quien participó activamente como soldado.

Cuando veo en los noticieros al menor de edad que atentó contra el senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay, recuerdo a los niños que han participado en los diferentes conflictos a lo largo de la historia.
El ejército del imperio romano reclutaba jóvenes desde los catorce años. Más adelante, en 1212 en plena Edad Media, hubo una cruzada especial de niños soldados sin entrenamiento. No existen documentos que verifiquen esta “historia” pero se dice que, así como el mar se abrió en dos para Moisés, también se abriría para que esos niños pudieran llegar a Jerusalén. Todo terminó en un desastre: muchos murieron en los caminos, otros fallecieron en los barcos tratando de llegar al destino, no ocurrió el milagro de la apertura del mar, varios fueron vendidos como esclavos, pero ninguno llegó a Tierra Santa. También he encontrado en los libros que los niños eran utilizados como mensajeros y escuderos en las diferentes guerras e incluso Napoleón fue conocido por utilizar soldados adolescentes en sus ejércitos.
Al repasar la historia de la campaña libertadora de nuestro país, encuentro a Pedro Pascasio Martínez quien participó activamente como soldado. Este menor de 12 años se unió al ejército y se destacó especialmente por su valentía. Es recordado por haber capturado al General Barreiro después de la Batalla de Boyacá. Los niños llaneritos, son otros jóvenes que apoyaron la causa independista y que son recordados hasta hoy.

Con el entusiasmo, patriotismo y furor que desató la Primera Guerra Mundial, muchos jóvenes mintieron sobre su edad para poder entrar al ejército y participar en el conflicto. Un caso destacado es el de un niño serbio que estuvo en el ejército desde los 8 años. Y durante la Segunda Guerra Mundial fueron famosas las juventudes hitlerianas, formadas por adolescentes que alimentaron las filas del ejército nazi. Muchos de ellos perdieron la vida, especialmente en los últimos meses de la guerra, cuando la derrota ya era inevitable.
Desde la antigüedad los niños han participado en los conflictos como espías, mensajeros, escudos humanos o como verdaderos soldados. Sin embargo, tras la crueldad de la Segunda Guerra Mundial, la perspectiva comenzó a cambiar y en lugar de ser llamados “héroes” ahora se les reconoce con razón como “víctimas”. Los convenios de Ginebra de 1949 y sus protocolos adicionales de 1977 estipulan protección especial para los niños sin importar al bando al que pertenezcan. Además, los avances en los medios de comunicación y el surgimiento de los movimientos pacifistas y antimilitaristas durante el siglo XX, han promovido una visión particular sobre la participación de los menores.
Independientemente de las razones, en el siglo XXI a algunos menores de edad les sigue llamando la atención la guerra y siguen participando (por voluntad propia, por manipulación o bajo coacción). Lo moralmente deseable es que los niños se concentren en su formación y en su momento de vida y no en la idea de cargar un arma o en aniquilar enemigos: de esto no tengo la menor duda. Sin embargo, cuando en Colombia vemos que entrenan y utilizan a niños y jóvenes para cometer asesinatos y luego no son castigados por su condición de menores, nos enfrentamos a un círculo vicioso ¿son víctimas más que victimarios?, ¿la levedad de las sanciones, fomenta la instrumentalización de esos menores? ¿Qué debe hacer la justicia?











