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Gustavo Galvis Arenas
Viernes 04 de julio de 2025 - 01:00 AM

Turismo y progreso en Santander

Barichara es un verdadero “anacronismo”, no porque esté pasada de moda sino en el estricto sentido etimológico de la expresión: “ana-” que significa “fuera de” y “chronos” que significa “tiempo”. O sea “fuera del tiempo”.

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Recibo con satisfacción las noticias sobre cómo Santander se lució en la vitrina turística del más reciente congreso de ANATO, la agremiación de las agencias de turismo. Motivado por esas nuevas y no obstante mis limitaciones de salud, he tratado de retomar mis paseos de toda la vida por los diferentes municipios del departamento.

El pasado fin de semana estuve en Zapatoca y de nuevo me impresioné con sus 200 años de historia, con la belleza del mirador a la serranía de los Yariguíes, con la exquisitez de los dulces y con el sincretismo de su arquitectura colonial con la impronta de los migrantes alemanes.

Unos meses antes estuve en Oiba y en Guadalupe, la tierra natal de mi esposa Merceditas, con sus hermosos paisajes, la exuberancia de sus campos y la sorprendente quebrada Las Gachas que ahora se convirtió en verdadero hito turístico. También visité Curití, precioso y auténtico pueblo de especial arquitectura y tradición artesanal, donde tienen raíces las familias Galvis y Santos, incluida la heroína de nuestra independencia Antonia Santos.

Volví también a San Gil donde aún conservo grandes amigos y gratos recuerdos desde los tiempos de mi juventud, y noté cómo esta ciudad ha crecido y se ha convertido en punto estratégico para viajar a otros lugares y municipios de interés turístico como las cascadas de Juan Curí, Charalá, Socorro y Palmas del Socorro, Pinchote y tantos otros.

Y por último la joya de la corona: Regresé una vez más a Barichara (y a su corregimiento Guane), conocido nacional e internacionalmente –y con toda razón- como el “pueblo más lindo de Colombia”. Aunque tiene origen como asentamiento indígena en los siglos XIII y XIV, su fundación se le atribuye al español Juan de San Martín en 1705 y desde entonces conserva su arquitectura colonial limpia y sobria, con calles empedradas, fachadas blancas de tapia pisada y zócalos o rodapiés en piedra, tejas de barro y puertas de madera.

Barichara es un verdadero “anacronismo”, no porque esté pasada de moda sino en el estricto sentido etimológico de la expresión: “ana-” que significa “fuera de” y “chronos” que significa “tiempo”. O sea “fuera del tiempo”. Es que estar en ese pueblo es transportarse a otro tiempo, a otra época.

Es verdad que ya no es el mismo pueblito de hace 30 años en el que los campesinos de las veredas amarraban sus burros en la puerta de las tiendas de la plaza principal, los pobladores se encontraban por la tarde en las chicherías (recuerdo especialmente la de doña Fidelina), muy ocasionalmente pasaba un carro por las calles empedradas, había a lo sumo dos o tres posadas, todos los comercios cerraban antes de las 6 de la tarde y reinaba un silencio absoluto. Ahora con el auge del turismo sin duda hay impactos: Barichara ahora ofrece una variedad de actividades de toda índole, como senderismo (valga mencionar los caminos de Lengerke), talleres artesanales (valga mencionar ahora al Taller de Artes y Oficios), excursiones, la más impresionante oferta gastronómica, hotelería de todos los niveles y hasta los triciclos que surgieron de los rickshaws (carros tirados por personas) y se popularizaron ya motorizados a mediados del siglo XX en la India y Tailandia como “tuc tucs” (por la onomatopeya de su motor), inundaron al Perú a finales de los 90 (recuerdo el ruido característico en las calles de Iquítos) y ahora llegaron en enjambre a Barichara y otros municipios de Santander.

Pero en justicia hay que decir que, sin importar la constante promoción del municipio en los medios de comunicación y la inmensa afluencia de turismo de los últimos años, en términos generales y con muy pocos lunares, Barichara se mantiene bien conservada, con reglamentación urbanística adecuada y respetada, con normas policivas, de tráfico y de convivencia razonables, pero sobretodo con una mística y convicción en sus pobladores que se siente auténtica y espontánea y que hace verdaderamente grata la estancia.

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