Pocas veces he estado de acuerdo con María Jimena Duzán como ahora. En su última columna de la Revista Semana retoma la noticia de que Bill Gates y otros magnates estadounidenses le proponen a sus pares donar por lo menos la mitad de sus fortunas para obras sociales de alto impacto. Ya Warren Buffett había tomado la decisión de entregar el 85% de su fortuna para causas benéficas.
Publicado por: José Manuel Acevedo M.
Lo curioso de toda esta historia es que mientras en el resto del planeta se asombran con el caso Buffett, los norteamericanos entienden la donación como una más (por supuesto importante y grandísima) dentro de un sistema de filantropía gringa que hace parte de su propia cultura desde tiempos inmemoriales.
No digo que suceda con todos, pero hay una muestra significativa de multimillonarios estadounidenses que han hecho cosas similares a lo largo de la historia. Andrew Carnegi (aunque escocés, pero vivió toda la vida en Estados Unidos), antes de morir, en 1919, había donado, en dólares de hoy más de 3.000 millones, y John D. Rockefeller, en 1937 había entregado 6.200 millones en dólares actuales para instituciones como la Universidad de Chicago, lo mismo que George Soros, donante de más de 2.000 millones de dólares invertidos en distintas causas de carácter social.
Es como si desde pequeños soñaran con ser ricos, amasaran sus fortunas, hicieran y deshicieran con el poder que alcanzaron, para luego entregar todo aquello que lograron atesorar, no a sus hijos, ni a sus nietos, sino al miserable mundo que no tuvo lo que ellos.
La mayoría de las investigaciones científicas han sido financiadas con herencias o contribuciones de ciudadanos adinerados que ponen sus fortunas al servicio de estos fines. Así mismo, los programas de becas de las universidades estadounidenses se sostienen con recursos cuyo origen está en la caridad o la filantropía de acaudalados magnates.
Hasta los ex presidentes en Estados Unidos aspiran terminar sus períodos, no para seguir inmiscuidos en los tejemanejes de la política, sino para crear fundaciones que lleven sus nombres y que apoyen causas sociales en el África o en los países de América Latina.
Rara costumbre que por desgracia no se repite entre nuestros ex, como tampoco se repite entre los hombres de fortuna colombianos la idea, que sí parecen tener los norteamericanos, de acumular para retribuir.
Como dijo María Jimena en su columna, no existe en Colombia un antecedente. La filantropía en los EU está grabada en su cultura política y en el imaginario de los hombres de negocios. En Colombia, algunos de los nuestros ni siquiera pagan impuestos.










