Columna de opinión de Luis Fernando Rueda Vivas

Hacer cultura en un país que no supera el 1 % del presupuesto nacional es una quimera. Quienes se dedican a ello saben que ‘pedalear’ iniciativas de este calado es como caminar sobre una cuerda floja: si alguno de los dos postes en donde se templa cede, el resultado ya lo imaginamos, sin embargo, hay algunos malabaristas quienes, a pesar de los golpes, se levantan y vuelven a intentarlo.
Bucaramanga ha crecido en términos de oferta cultural las dos últimas décadas, en parte gracias al esfuerzo privado que se mete la mano al bolsillo, pero recogiendo las palabras del difunto Rafael Ardila, que cuando tenía oportunidad repetía “los empresarios santandereanos somos pobres”, el entusiasmo no alcanza para todos.
¿A dónde recurrir entonces? A los gobiernos nacional, departamental y municipales, los cuales han establecido unas reglas del juego para destinar recursos -algunos- de forma justa, equitativa y proporcional. De ello hay que dar fe, sin embargo, que de eso tan bueno no dan tanto. He visto, con conocimiento de causa, las peripecias que hay que hacer para lograr el apoyo oficial, el cual es sometido, generalmente, a condicionamientos ‘sutiles’ para incluir sus logos, listados de ‘sus’ artistas o cederles el atril para el lucimiento a los gobernantes de turno.
El Festivalito Ruitoqueño fue declarado patrimonio cultural del departamento en 2008, según Ordenanza 043, lo mismo que del municipio de Floridablanca (Acuerdo 025 de 2009), en donde nació este certamen de música colombiana 23 años atrás. Lo que inició en la finca Villa Leo como un acto muy íntimo de desagravio a unos artistas locales eliminados en otro concurso, terminó convertido en un evento que, en cada edición, ha alcanzado a albergar el talento de 800 músicos que han visto en este festival la oportunidad de dar a conocer su talento. El Festivalito, entre otras cosas, se convirtió en una exigente plataforma que otorga visibilidad a los artistas,.
Organizar un certamen de semejantes características requiere de una producción que tiene unos costos los cuales, según sus encargados, pueden alcanzar los trescientos millones. Allí nadie se reparte un peso, porque el sentido del festival es sin ánimo de lucro, pero en los últimos cinco años no han recibido, para cada versión, ni el diez por ciento de esa suma, así se junten las platas que logran ‘arañar’ de Mincultura, Gobernación de Santander y alcaldías del área metropolitana.
El Festivalito Ruitoqueño, patrimonio de los santandereanos, está a punto de bajar el telón para siempre.












