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Sábado 28 de febrero de 2026 - 11:03 AM

Los escritores no mueren

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Ni la obra ni el alma de un autor fallecen. Es probable que el cuerpo mortal se quede bajo tierra, pero realmente no permanece allí, lo hemos visto muchas veces: Tirso Velez, antes de que lo mataran, escribió un poema donde revelaba la autopsia de Pablo Neruda: en lugar de un corazón le hallaron una flor amarilla y la verdadera causa de su muerte fue la tristeza. Isabel Allende ha dicho en distintas ocasiones que la muerte no existe del todo, que las personas mueren verdaderamente cuando las olvidan y García Márquez sostuvo en una entrevista que la única manera de sobreponerse a la muerte era escribiendo mucho.

Hace pocos días murió Francisco Leal Quevedo: el pediatra, el padre, el amigo generoso, el anfitrión incomparable, el escritor que marcó a generaciones de niños. Pero su vida no terminó en el instante de su muerte. Permanece en las historias que tantos estudiantes llevaron al teatro, en las cartas que miles le escribieron, en los personajes de papel que siguen respirando entre páginas abiertas. Es difícil sentir que alguien así se ha ido del todo cuando basta volver a un libro suyo para escucharlo otra vez.

Dijo Fernando Escobar, con la tristeza en la garganta, que la muerte del Doc Francisco merece: “Que los niños salten / Que jueguen, que canten / y que su recreo dure todo el día / Que sus alergias, hoy sean alegrías”. Imagino al Doc sonriendo pasito al leer ese poema.

Ahora toca enfrentar el silencio, que a veces resulta más escandaloso que la misma muerte. Pero no es la muerte la que derrota a un escritor: es el olvido. De Francisco es imposible olvidar que, con toda seguridad, es el único autor que se ganó un Barco de Vapor y fue el primer finalista el mismo año. Esto habla de su obra y de cómo el mejor homenaje no puede reducirse a la nostalgia pasajera. Lo que corresponde es seguir llevando sus textos a las aulas, a las bibliotecas, a las casas donde todavía se leen cuentos antes de dormir.

Tal vez el problema no sea la muerte, sino nuestra costumbre de seguir como si nada. Un escritor se va y el mundo continúa: los semáforos, los titulares, los afanes. Es así. Pero la literatura no funciona de la misma manera. La literatura exige memoria. Su verdadero sentido es que los libros sigan circulando cuando el cuerpo ya no puede hacerlo. La inmortalidad no es un milagro: es un pacto silencioso entre quien escribe y quien vuelve a abrir esas páginas. Si dejamos que el polvo clausure las bibliotecas, si abandonamos la lectura como si fuera una causa perdida, ahí sí ocurre la verdadera defunción: la del olvido.

Francisco estará vivo en los niños y jóvenes que lo lean sin preguntarse si el autor respira todavía. Lo sentirán entre líneas, eso es seguro. Tranquilo, Doc., seguiremos leyéndote. Los escritores no mueren.

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