El precandidato presidencial Enrique Peñalosa habla en el pódcast EnOff, conducido por Melissa García, directora de Vanguardia, sobre su visión de país, que comienza en las aceras, se extiende por los páramos y apuesta por una ciudadanía educada, segura y con acceso real al tiempo libre.
Publicado por: Redacción Política
Enrique Peñalosa habla como quien ya peleó sus batallas más impopulares y sobrevivió para contarlas. Frente al micrófono del pódcast EnOff,conducido por Melissa García, directora de Vanguardia, narra su trayectoria política con la tranquilidad de quien ha tomado decisiones firmes sin arrepentimientos.
Una de ellas la tomó cuando tenía apenas 21 años: renunció a la ciudadanía estadounidense. “Nací en Washington D. C. porque mi papá entró muy joven al Banco Mundial”, recuerda. A los 15 años regresó con su familia y terminó el colegio allá. Estudió en la prestigiosa Duke University, no, aclara, por ser un genio, sino gracias a una beca deportiva.
Mientras vivía una vida plenamente integrada al mundo estadounidense, con amigos y planes allá, su mente estaba en otro lugar. “Desde los 13 años estaba obsesionado con la igualdad y con el desarrollo de Colombia”, confiesa. “En mi primera fiesta bailable me puse a hablar del socialismo de Maslow. La niña se fue a los dos minutos porque era y soy un tronco”.
Cuando decidió renunciar a la ciudadanía, el propio embajador de Colombia en Estados Unidos intentó disuadirlo: “Me dijo: ‘Está loco. Mire por la ventana: hay una fila de dos cuadras de gente que daría lo que fuera por eso que usted va a entregar. Váyase y vuelva en diez días’”. Lo hizo. Pensó, volvió… y renunció. “Mis amigos gringos no lo podían creer. Pero yo tenía una decisión tomada: dedicarme a Colombia, también desde la política”.
En ese punto, lanza una crítica velada a otros líderes nacionales que han optado por conservar o adquirir una segunda nacionalidad. Nombra sin decir, señala sin cargar las tintas. Él eligió el compromiso total.
Peñalosa es hijo de un servidor público que hizo carrera en el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria. Su padre, cercano a Carlos Lleras Restrepo, hacía parte de esa tecnocracia progresista que buscaba construir una Colombia más igualitaria desde las políticas agrarias. La consecuencia fue doble: su padre sufrió una arremetida política tras denunciar a un senador por corrupción, “le hicieron un debate cochino”, recuerda, y la familia terminó en el exilio funcional de los organismos multilaterales, primero en el BID.
Ese episodio marcó al joven Enrique: “Un tío me dijo que a mi papá le hicieron eso porque no tenía ni plata ni votos”. Y ahí se consolidó su decisión: “Yo no quería ser un funcionario nombrado. Yo quería votos”.
El contraste lo explica con una metáfora empresarial. “El elegido es como el dueño de la empresa. El nombrado, como el gerente. Al gerente lo pueden sacar cualquier día”. Por eso, aunque, según él, le ofrecieron ministerios cinco veces, nunca aceptó. “Quería hacer cosas grandes, radicales. Y para eso se necesita legitimidad en las urnas”.
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Las aceras como política pública
Hablar de aceras puede parecer menor en la discusión presidencial. Pero para Peñalosa son símbolo de algo mayor: la redistribución del espacio, la justicia urbana, la prioridad del peatón sobre el carro. “Dar esas peleas era casi una herejía. Pero hoy cualquier acera buena en Bucaramanga, y en muchas ciudades de Colombia, tiene que ver con esa lucha”.
Lo dice con la seguridad de quien ha librado peleas impopulares y ha vivido para contarlas. “Quitar carros de los andenes fue una batalla monstruosa”, recuerda. Pero no se arrepiente. Su visión de igualdad empieza desde el suelo que se pisa.
Fue en ese entonces que las ciclorutas lo volvieron enemigo público número uno. “Quitarle espacio al carro privado para dárselo al peatón y al transporte público fue una revolución silenciosa”.
Consciente de que solo siendo elegido, y no nombrado, podía impulsar los cambios radicales que se había propuesto, Peñalosa desestima la “lambonería” política y cuestiona a figuras como Daniel Quintero y su entusiasmo reciente con el presidente Petro. “Yo no nací para hacer reverencias. Yo nací para trabajar por la igualdad”.
Con más de cuatro décadas en el servicio público y una vida paralela como consultor internacional, Peñalosa insiste: “Ni una investigación, ni un escándalo, ni uno solo de mi equipo”, lanza con orgullo. Para él, la corrupción no se combate sólo con leyes, sino con cultura: “Si lo que uno valora en la vida es caminar por el páramo, montar en bicicleta, leer… ahí no cabe el afán de robar”.
Peñalosa se declara un luchador feliz. Y aunque ha perdido elecciones, muchas, dice que cada campaña es una forma de insistir en lo que ama. Es por eso que cree, por ejemplo, que el turismo ambiental podría transformar al país.
“Colombia tiene más que Costa Rica, y allá el turismo duplicó el ingreso per cápital”, asegura y ve a los embalses como parques esperando nacer, a los estadounidenses como pensionados potenciales y a los niños como futuros científicos si se les enseñara a mirar las mariposas y a nombrar los árboles.
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Y mientras otros candidatos se disfrazan de valientes, Peñalosa recuerda: “Yo sí me metí al Bronx. Yo sí enfrenté a las mafias del transporte. Yo sí hice el metro de Bogotá. Petro tuvo los mismos recursos y no lo hizo”.
Hay quienes lo acusan de haber gobernado con concreto. Él lo niega: “Las obras tienen significado. No es cemento. Una biblioteca en un barrio popular no es solo un edificio: es un templo al conocimiento, un mensaje de confianza en la inteligencia de esa comunidad”.
Lo mismo pasa con los parques, las ciclorutas y los colegios públicos que en su alcaldía fueron administrados por universidades de élite como los Andes. “La igualdad no se construye con discursos sino con hechos”, repite. “Se siente sobre todo en el tiempo libre. Ahí es donde la desigualdad duele más”, señala.
Peñalosa se ha soñado una Colombia con centros de arte, niños acampando en los páramos, miles de niños aprendiendo música con la Filarmónica, otros filmando historias con el celular.
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Bucaramanga: ciclorutas, Metrolínea y deuda pendiente
Sobre el fracaso del sistema de transporte público en Bucaramanga, no duda: “Desde el principio se diseñó mal. Lo hicieron por donde no era, para no incomodar a los carros”. Y sobre las ciclorutas demandadas, defiende su valor con firmeza: “Las ciudades avanzadas no se miden por autopistas, sino por aceras. Cada ciudadano, a pie o en carro, tiene el mismo derecho al espacio público”.
Sabe que lo miran con recelo en algunos sectores. Pero también siente que algo ha cambiado: “El país está entendiendo que no basta con discursos bonitos. Hay que demostrar carácter y resultados. A mí no me calumnian por robar, sino por haber construido demasiado”.
Cuando se le pregunta por las tres primeras acciones de gobierno, responde sin titubear: desmontar el subsidio al diésel, rescatar el sistema de salud y reactivar la inversión con reglas claras para el sector privado: “la minería, el gas, el campo… todo está detenido por politiquería ambiental. Tenemos que dejar de ponernos zancadillas”.
No niega la urgencia fiscal ni la necesidad de reformas impopulares. Pero cree que el cambio empieza por la confianza: “Si se percibe que el gobierno es serio y cumplidor, el país se reactiva solo. No hay que inventar la rueda, hay que quitar los bloqueos”.
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Cuando se le pregunta qué lo diferencia, no duda: “Yo sí he demostrado resultados. No teorías. He hecho bibliotecas, parques, colegios, hospitales, ciclorutas, vivienda para más de 500 mil personas”.
Y en Santander, dice, se siente especialmente identificado: “Aquí valoran el trabajo serio, la gerencia con carácter. Por eso creo que hay empatía con lo que represento”.
Al final del episodio, al llegar a la sección “Al espejo”, responde sin cálculo:
El secreto para ser feliz: Amar la vida y a quienes uno ama.
Lo que nunca negociaría: Los principios éticos. Qué es más difícil, cambiar una ciudad o la mentalidad de sus ciudadanos: “Una ciudad se diseña para enseñar una forma de vivir”. Qué lo obsesiona: “La igualdad. Pero no la del odio, sino la de las oportunidades reales”.















