En Curití hay un tour que conecta a los visitantes con la historia y la herencia guane. Una experiencia para conocer la identidad fiquera de Santander.

A media cuadra del parque principal, el sonido del telar se funde con las voces de los visitantes que llegan a Curití. Allí, entre fibras húmedas y madejas colgadas bajo el sol, Deisy Liliana Mejía Sierra, curiteña, fiquera y artesana, guía el tour del fique, una experiencia turística que honra la historia de un pueblo que se construyó con el oficio de hacer y desbaratar.
“Mi historia con el fique comenzó desde muy niña. En Curití prácticamente uno nace entre las fibras del fique, telares y manos laboriosas”, cuenta.
Uno de sus primeros juegos consistía en imitar a sus abuelos en la elaboración de costales paperos. Recuerda que recoser esos costales era una labor que, para sus manos de niña, pedía mucha fuerza. Su abuela siempre le decía: “esto es lo que nos da de comer, hija, trátalo con amor”.
Ese recuerdo es la raíz del recorrido que hoy atrae a propios, visitantes y viajeros a conocer la planta de la que nace la identidad de Curití.
El fique, con sus hojas carnosas y puntiagudas que pueden alcanzar entre dos y siete metros de altura, es una de las especies nativas más valiosas de América del Sur.
Con sus fibras se elaboran costales, sacos, carteras, tapetes, bolsas, lámparas, caminos de mesa, sillas, en fin, gran cantidad de artesanías.
“El tour nació como una manera de acercar a los visitantes a la historia viva del fique. Queríamos que no solo compraran una artesanía, sino que entendieran el proceso, valoraran el trabajo y se conectaran con las raíces de nuestro pueblo. Es una experiencia educativa, sensorial y transformadora”, explica Deisy Liliana, quien además es gerente de Ecofibras, donde se realiza el tour del fique.
El recorrido puede durar entre 30 minutos y una hora y cuesta entre $ 4.000 y $ 8.000. Es una experiencia para conocer cada etapa de la transformación y para tejer bajo la guía de los fiqueros de Curití.
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El tour arranca por la historia. Quienes se apuntan a este recorrido conocer los orígenes de la fibra, sus usos tradicionales y su valor cultural. Luego, los turistas pueden ver cómo se lava, seca y tiñe cada fibra, antes de pasar al taller donde las artesanas se lucen mostrando distintas técnicas de tejido.
Hay quienes se animan, incluso con torpeza, y toman una hebra para intentar imitar el movimiento de las manos de quienes hilan desde hace siglos.
Al final del recorrido los visitantes pueden acceder a la tienda artesanal que exhibe muchas de las piezas elaboradas por la comunidad.

“Es muy emocionante. Muchos se sorprenden del nivel de detalle y esfuerzo que hay detrás de cada pieza. Otros se conmueven al ver que todavía existen comunidades que viven con coherencia y respeto por la naturaleza. Recibimos comentarios muy positivos, especialmente de quienes valoran el turismo consciente y buscan experiencias auténticas”, cuenta Deisy.
Además de conocer el proceso de una pieza que cada a millones de hogares, o países en forma de ‘souvenir’, quienes se sumergen en este ‘tour’ terminando transitando el camino de los saberes ancestrales de Santander.
“Se convierten en aliados para preservar la cultura (...) Gracias al turismo responsable podemos seguir transmitiendo este legado a las nuevas generaciones y demostrar que es posible vivir de manera coherente con el entorno”, señala Deisy.
Una herencia que se teje con respeto
“Vengo de una familia que ha trabajado el fique por generaciones. Mis abuelos y mis padres nos enseñaron el valor del trabajo artesanal, el respeto por la tierra y la importancia de preservar este saber que se transmite de mano en mano”, explica Deisy Mejía.
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En lengua guane, Curití significa “pueblo de tejedores” o “lugar de telares”. En este municipio, ubicado a dos horas y media de Bucaramanga, se ha creado toda una industria a partir de esa herencia.

“Llevar ese nombre es una responsabilidad, pero también un orgullo. Ser parte del ‘pueblo de tejedores’ es crecer con un profundo respeto por el trabajo manual, la paciencia del oficio y el legado que dejan nuestras manos. Me siento honrada de contribuir a que esa identidad no se pierda y se proyecte hacia el futuro”.
En Santander hay varios municipios que, históricamente, han liderado la producción de fique. Mogotes, San Joaquín, Curití, Onzaga y Aratoca, son los principales generadores de este producto.

Tal y como ocurre a nivel nacional, en donde existen 16.000 productores, la mayoría de personas dedicadas a esta actividad son pequeños productores.
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Según estadísticas del Ministerio de Agricultura, a corte de 2020, Santander tiene el segundo mejor indicador de producción por hectárea sembrada de fique. Solo es superado por La Guajira, cuyas condiciones de suelo son diferentes.
Las exportaciones de Santander de producto terminado como sacos y talegas para envasar de pita (fique) presentan una caída en este 2025. De acuerdo con las cifras del Global Plan Santander de la Cámara de Comercio de Bucaramanga, hay una disminución considerable frente a la alcanzada en años anteriores. No supera los US$ 1.000.
En 2023, el departamento alcanzó ventas por US$5.100. En esta misma categoría, el departamento que domina las exportaciones es Antioquia. En el primer semestre de este año, esa zona del país reporta US$750.000 en ventas hacia el extranjero. México, Venezuela y Ecuador son los principales mercados.

Recuperar y cuidar este oficio es una tarea que asumen los más 1.500 artesanos de Santander, 40 % de ellos de Curití. “Desde el desinterés de las nuevas generaciones, hasta la falta de apoyo técnico y comercial. También es un reto posicionar el fique como una alternativa sostenible frente a materiales industriales. Pero con paciencia, alianzas estratégicas y mucha pasión, hemos logrado que el fique vuelva a ser visto como una fibra con futuro”.
Las mujeres han sido el hilo que mantiene unida la tradición. “Han tejido, enseñado, innovado y resistido. Muchas veces en silencio, desde sus casas, han sostenido esta cultura fiquera”.

















