En la oscuridad absoluta de la Cueva del Nitro, a casi 48 metros bajo tierra, el turismo se encuentra con el arte. El ojo del Nitro, una obra luminiscente acompaña el recorrido durante estos meses.

Cuando las luces se apagan dentro de la Cueva del Nitro solo queda oscuridad total. Ni formas, ni colores, ni referencias, ni siquiera destellos. A casi 48 metros bajo la superficie de Zapatoca, los ojos no tienen otra opción que aferrarse a las líneas que dibujan las linternas.
Los oídos no se quedan atrás, porque según el guía que acompañe el recorrido, la experiencia se puede tornar muy creativa. Hay quienes deciden motivar a una prueba de confianza que arranca cuando la linterna se apaga. Lo cierto es que gracias a la complicidad, la sabiduría de los guías locales y el ingenioso invento de los cascos con linterna, este plan es un imperdible en Santander.
¿Quién pudiera observar a los turistas temerosos y fascinados con tanta maravilla de la naturaleza? Pues desde el 2 de enero de este año, un ojo especial guía esas miradas expectantes.
La experiencia arranca en la entrada de la cueva y al descender es obligatorio ir despidiéndose de la luz. Pero a unos 20 metros de profundidad, es decir, unos 25 minutos de recorrido, se pinta de un color diferente. El ojo del Nitro, una obra del maestro Mauricio Suárez Galán, se ha robado la mirada de 1.300, hasta ahora. Fue instalada en el interior de esta cueva santandereana y se ha mimetizado con el recorrido turístico.

Mauricio Suárez Galán, o Tito Art, es bumangués y lleva más de 40 años pintando. Calcula que ha realizado cerca de 200 obras, algunas en Estados Unidos, otras en el norte de Italia y varias en Colombia. Incluso, a los 13 años se colaba en el carro de Vanguardia que recogía a su padre, se quedaba en los pasillos del periódico y dibujaba rostros que veía en las páginas impresas.
El arte siempre ha atravesado su vida, por lo que El ojo del Nitro no es la excepción.
“Esta obra tiene varios significados, uno profundo, sentimental y privado y otro público. Por un lado, representa a la madre naturaleza que nos observa 24 horas. Ella nos da o nos quita, dependiendo como la tratemos, su ojo me observa y pide que la amemos, la cuidemos, la respetemos y así ella nos ilumina con su mirada brillante y profunda. Y por otro lado, es el ojo que Dios le dio a mi hijo para que se protegiera en medio de la oscuridad de su ceguera congénita”, cuenta Mauricio.
Antes de decidir dónde y cómo instalar la obra, Mauricio hizo cerca de 15 visitas a la cueva. Estudió el comportamiento del espacio, la humedad, el silencio y la vida que habita allí.
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El objetivo siempre estuvo claro y era no alterar el ecosistema. Pues desde su primera visita, hace cuatro años cuando instaló su estudio a tres kilómetros de allí, “sentí que no quería salir. La oscuridad absoluta era lo que mi mente buscaba”
No se clavó una sola puntilla. La obra, de aproximadamente 12 kilos, se sostiene sin tocar la roca. Mauricio diseñó un sistema especial para mantenerla firme y estable, respetando la estructura natural de la cueva.
Aunque su lenguaje habitual es el óleo, desde un viaje por Europa en 2015 comenzó a estudiar acrílicos con resinas luminiscentes. Compró materiales, los probó durante semanas y expuso láminas al agua, al sol y a la oscuridad. La obra final está hecha con acrílico luminiscente en polvo sobre una lámina especial con imprimación y sin químicos.
Mauricio acepta que el paso del tiempo y las características de su particular ‘sala de exposición’ dejará huellas en la obra y no pretende evitarlo. “Nada hecho por el hombre puede ser más infinito que las paredes de la cueva”, dice.

Parte de la humedad superficial actúa como una veladura natural. Pero al final de cada tarde, los guías cubren la obra con un toldo hecho a la medida y cada semana se hacen revisiones para monitorear su estado.
El proceso de autorización tomó un año. Participó la empresa concesionaria de la cueva, liderada por Guillermo Rincón; la Secretaría de Cultura y Turismo de Zapatoca, bajo la dirección de Leonel Otero; guías locales y la comunidad. El objetivo fue garantizar que la obra no fuera invasiva ni afectara el entorno. La instalación se realizó con personal de la zona y el equipo logístico de Tito Art.

El arte como parte del recorrido
Para Aracely Sierra Barrera, guía profesional de la Cueva del Nitro desde hace ocho años, la obra se integró de manera natural al recorrido.
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“La cueva es única por su iluminación. Es la única del país que cuenta con efectos lumínicos”, explica. Para muchos visitantes, el primer impacto es descubrir que debajo de la tierra hay vida, formaciones y un mundo que no imaginaban.
Desde la instalación de El ojo del Nitro, el recorrido tiene un momento inesperado. “La gente no se imagina que va a encontrar una obra artística dentro de la cueva”, dice Aracely. El efecto aparece cuando todo está oscuro. La sorpresa es parte de la experiencia y se convierte en uno de los recuerdos más mencionados al salir.
Para ella, el ojo representa la madre naturaleza que observa. Esa idea despierta en los visitantes un mayor sentido de cuidado y respeto por el lugar. Por eso insiste en que la visita debe vivirse con calma, atención y conciencia. “Es un lugar vivo”, recalca.
Mauricio ha entrado de incógnito en algunos recorridos. Una pareja francesa quería tenerla consigo, una mujer con movilidad reducida habló de la paz que sintió al verla, un visitante con baja visión lo abrazó para agradecerle. Esa retroalimentación es la que sostiene el sentido de su obra.
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El ojo del Nitro viajará por galerías, museos y espacios culturales del país. Pero regresará a la cueva. Allí, en la oscuridad absoluta, seguirá encendiéndose como parte de una experiencia que une turismo, arte y naturaleza.
“La experiencia dentro de la cueva siempre debe vivirse desde el respeto, el cuidado, la conciencia. Es importante que la gente se deje sorprender, que observen con calma, que escuchen el silencio, que permitan que el lugar les hable“, agrega Aracely.

















