Un ‘narco capricho’ de Pablo Escobar Gaviria ejecutado y desarrollado en Puerto Triunfo, Antioquia, hace 40 años, habría de desembocar en una grave alteración del ecosistema nacional.

1981. La bonanza marimbera había enseñado que el dinero podía apilarse en costales; la cocaína, en cambio, demostró que podía desbordar cualquier límite. Había dólares, demasiados, y con ellos una idea peligrosa: que todo deseo era realizable. ¿Por qué no un zoológico propio? No fue más que otra excentricidad, aunque para Pablo Escobar se trató de un simple antojo pendiente.
La operación se coordinó para desembarcarlos en esas playas y trasladarlos hasta la finca, donde una Piper PA-18 Super Cub de matrícula HL617P del ‘primer corone’ custodiaba la entrada como un trofeo más.
Dicen que se sumergió en revistas especializadas —le encantaban las de National Geographic— como quien planea una expedición científica, estudiando qué especies podrían poblar las tres mil hectáreas de su hacienda Nápoles. Entre los caprichos —justificados, según él, para complacer a sus hijos— aparecieron los hipopótamos.
Los “caballos de río”, como les decían los griegos, aún tienen su reino natural en Zambia, África, a once mil kilómetros de distancia, donde la proporción es de hasta 48 individuos por kilómetro paralelos al caudal del río Luangwa. Para esa época, traerlos desde allá parecía una locura logística, pero el dinero, cuando sobra, suele doblar voluntades y acortar distancias. Por eso quizá previó una búsqueda selectiva más cercana.
Así que envió a algunos de sus emisarios a Estados Unidos. Alguien le había susurrado que allá, en un zoológico o en los pasillos del mercado negro, podía conseguir lo que buscaba. La segunda opción resultó más eficaz.

Y ahí surgieron dos versiones. Una dice que localizaron a los animales en un centro de crianza de vida silvestre en Dallas, Texas. Sí, eran texanos en recuperación; incluso se dijo que desde el país del norte los retornarían a África, pero terminaron en Puerto Triunfo, Antioquia.
El otro mito en torno al viaje de estos africanos a Suramérica también especuló en que el jefe del cartel de Medellín los quería para algo más que satisfacer a sus descendientes: Escobar le habría pagado a un traficante de Nueva Orleans 3.000 dólares por cada uno del cuarteto —es decir, habrían costado 12 mil dólares— para sacarlos de un zoológico de California, porque el excremento de los paquidermos podía engañar a los perros rastreadores cuando inspeccionaban sus envíos. Tal vez esta versión es mucho más leyenda urbana. ¿Cómo se cerró el trato? Nunca se supo.
Al tiempo, el mismísimo Escobar habría viajado con su familia y dejado constancia fotográfica frente a la Casa Blanca, como si aquella postal sellara el permiso tácito para su desmesura salvaje.
Publicidad
De regreso, habría ordenado las adecuaciones: la excavación del estanque, el cercado, la escenografía completa.
Por ese mismo paisaje del Magdalena Medio desfilarían cebras, tigres, leones, avestruces y jirafas —estas últimas, las únicas que no resistieron el sopor indómito de la región—. Finalmente, después de coordinar el alquiler de barcos, aeronaves y demás vehículos para ejecutar la logística, llegaron un macho y tres hembras.
Entraron por Necoclí
En un libro publicado por su hijo, Juan Pablo Escobar Henao, o Santiago Marroquín, después de la muerte de Pablo, dijo que “el primer grupo grande de animales fue traído en barcos alquilados que atracaron cerca o en territorio costero de Necoclí, mar Caribe antioqueño, a cuatrocientos kilómetros de Medellín”. Fue “imperceptible” ese desembarco.
La operación se coordinó para desembarcarlos en esas playas y trasladarlos hasta la finca, donde una Piper PA-18 Super Cub de matrícula HL617P del ‘primer corone’ custodiaba la entrada como un trofeo más.
Allí, con esa pompa, los hipopótamos comenzaron su historia en Colombia. De hecho, Escobar realizó varias fiestas con reconocidas personalidades que para la época pensaban que la coca no era un problema tan grave. Una de esas ilustres invitadas fue la reconocida periodista Virginia Vallejo.
Luego se sabría del tórrido romance con el capo, como consecuencia de la presentación que les hizo un sobrino del expresidente Julio César Turbay Ayala, quien también asistía a esas farras, quizá sin que su tío conociera con qué amigos se rozaba.
Dicen que se sumergió en revistas especializadas —le encantaban las de National Geographic— como quien planea una expedición científica, estudiando qué especies podrían poblar las tres mil hectáreas de su hacienda Nápoles. Entre los caprichos —justificados, según él, para complacer a sus hijos— aparecieron los hipopótamos.
Publicidad
Pues de aquella lujuriosa ‘trigamia’ de “Pepe” —como dijeron que se llamó el consentido del capo— comenzó la multiplicación de esta especie en Colombia, para convertirse con los años en una población ‘montañera’, original, una de las más grandes fuera del continente de origen.
Y aún no termina de contarse la leyenda. Es incierto el rumbo de los habitantes del narcozoológico, porque su descendencia en implosión ya se siente a por lo menos 150 kilómetros de lo que fue su primer hogar.
Su reproducción también comenzó a causar problemas económicos; ni siquiera se podía cuantificar o hacer cálculos para intentar controlar la multiplicación, incluyendo las jornadas de esterilización, cuya primera intervención habría costado 50 mil dólares.
Y serán más hipopotamos en Santander
Hasta el Instituto Humboldt concluyó en un análisis del descomunal asunto que se prevé que en una década puedan llegar a superar los cuatrocientos. Aunque, de todas formas, ya es el grupo más grande lejos de las riberas del Luangwa.
Publicidad
Ni qué decir de los casi 500 mil dólares mensuales que valdría mantener a los 165 que serían hoy (a razón de 2.500 dólares cada uno) y que ya se dispersan por el Magdalena Medio.
Sale más ‘barato’ dejarlos explorar por la inmensa región ribereña, donde pueden devorar entre 25 y 40 kilos de pasto cada noche, porque son noctámbulos. Por eso ha sido entre penumbras que los han visto merodear como los nuevos foráneos en tierra petrolera.

Solo que su ‘dicha’ es un pesar para otras decenas de residentes de esas estepas calurosas. Sus heces —toneladas— causan serios efectos de contaminación en los espejos de agua donde se sumergen 20 horas al día; atacan en defensa, comen, comen, comen. Ya sabremos qué pasará el día en que se les dé por lanzarse al Magdalena, hasta dónde llegarán. Si no es que ya están viajando por ahí…














