Tras la polémica que se desató sobre la posible no existencia de la heroína de la revolución comunera, Manuela Beltrán, indagamos con algunos conocedores del tema sobre la importancia de encontrar nuevas fuentes y otras perspectivas sobre los hechos y los personajes de arraigo popular.

La omisión o invisibilidad de las mujeres en la historia a favor de las figuras masculinas es frecuente, pero en Colombia hay una figura fundamental que desafía los estereotipos: la heroína de la Revolución de los Comuneros, Manuela Beltrán.
La historia cuenta que la socorrana arrancó el edicto que imponía más impuestos por parte de la Armada de Barlovento, el 16 de marzo de 1781, creando la chispa que encendió dicho momento clave en el inicio de la independencia.
Su impacto ha sido tal que existen barrios, calles, escuelas, una universidad que lleva su nombre y varias estatuas, alguna que otra deteriorada, como la que se ve en la salida trasera del edificio de la Gobernación de Santander, y que, como la mayoría de hechos que describen la historia de una sociedad, tiene tras bambalinas a políticos de turno y la fe católica.
El debate hacia su figura todavía persiste, lo que tal vez no ocurre con otros héroes masculinos: que fue una mujer de origen popular, que en realidad fue culta y negociante, que se rebeló contra el dominio español, que era alta y fuerte, que era ya adulta, que no existió, que sí vivió.
La semana pasada el debate sobre la figura de Manuela Beltrán estuvo servido por cuenta del presidente de la Academia Colombiana de Historia, Armando Martínez Garnica, quien cuestionó su existencia tomando como base la tesis de la historiadora Judith González, pero sin darle el crédito, y a quien la genealogista Rocío Sánchez desmintió en una travesía que se narra en un artículo en El País de España donde se cuenta cómo la investigadora encontró la partida de bautismo de Beltrán y cómo en los documentos de la época se menciona por nombre propio.
Así que ese tema está zanjado. Sí queda abierto, sin embargo, el espacio para reflexionar sobre las lecciones que nos deja esta controversia: ¿se puede cuestionar la historia y qué es lo que importa realmente en esta tarea de revisar? ¿Cuál fue el papel de la mujer en la revolución comunera y, en general, en la independencia? El rol de estas y de los hombres, ¿debe ser reinterpretado? ¿Es válido investigar lo ya investigado o se necesitan nuevas fuentes para cambiar la perspectiva de lo ya conocido? ¿Se trata de héroes, heroínas y villanos o Los Comuneros, como lo cita el escritor Germán Arciniegas en su análisis sobre los personajes de la revuelta: “Detrás de estos hombres vestidos de capitanes está la plebe formidable. Lo que vale es el fondo oscuro donde se mueven los pueblos. La turbamulta anónima, con su desorden, su miseria, su abigarramiento(...) No hay un “ismo” para calificar a estas gentes: hay una simple y sencilla fraternidad humana, rudamente humana, como el pueblo que llega los domingos al mercado”?
A continuación, Vanguardia da respuesta a estas preguntas a través de las voces de expertos y conocedores del tema.
El papel de las mujeres: clave, pero poco estudiado
Alicia Montero, escritora del libro “Un Sueño Común”, sobre la historia de la revolución comunera, señala que una vez firmadas las capitulaciones de los comuneros en 1781, las autoridades coloniales empezaron a investigar el levantamiento y que la información obtenida incluyó interrogatorios a detenidos y autoridades locales, cartas decomisadas y un memorial escrito por Salvador Plata, quien persiguió y capturó a los líderes comuneros.
En el memorial, Plata menciona por primera vez el nombre de Manuela Beltrán, una viejecilla que supuestamente rompió la tabla que contenía los reglamentos para el establecimiento de la Sisa (impuesto) y que fue aplaudida y seguida por la gente del común.
El hecho fue reconocido oficialmente hasta 1880, cuando se publicaron los archivos sobre la rebelión, y los novelistas del siglo XIX incluyeron a Manuela Beltrán en sus obras como un gesto patriótico.
Así que Alicia Montero es contundente al señalar que en la revolución de los comuneros, “la participación femenina no fue marginal, pero es poco conocida”.
Y de hecho, resalta, tomando varios apartes de su libro, publicado en digital en la página web de la Casa del Libro Total, que cuando se publicó el sábado 24 de marzo de 1781 el edicto con los aranceles, las mujeres inician la protesta y, nuevamente al día siguiente, fueron las mujeres de Pinchote quienes irrumpieron “en el estanquillo del tabaco, se llevan el género y con sus seguidores lo queman en la plaza, mientras las campanas tañen a urgencia y convocan a los demás habitantes”.
Cuenta también que “los patricios consternados lamentan la pérdida de sujeción de las mujeres y algunos hasta se preguntan si serán hombres disfrazados”.
Montero explica también que “una mujer de nombre Magdalena arenga a la multitud preguntando si defienden las armas del rey, la renta o el estanco del tabaco y a cada pregunta la multitud responde ¡No!, es ella quien inicia con diestra pedrada el ataque a las armas reales y luego a la tercena y sus instrumentos”.
Y, como si fuera poco, en Socorro la masa rebelde, que incluye mujeres y jóvenes (la chusma) son quienes desfilan ante a la casa de Salvador Plata con ganas de que comience la revolución.
Como se sabe, el papel de las mujeres fue relevante en los procesos históricos, incluida la revolución comunera, pero en un mundo donde los hombres han escrito la historia hasta hace muy poco, el papel que ellas jugaron en las revoluciones ha sido disminuido, olvidado o tergiversado.
El historiador y docente Wilman Amaya León, reconoce que “el papel de la historiografía nacional de la mujer en nuestros primeros años realmente no ha sido estudiado a profundidad”.
Señala que, por ejemplo, en el levantamiento de los comuneros de 1781 realmente fueron las mujeres las que lideraron las tomas más importantes y “hubo presencia de la mujer el 16 de marzo en el levantamiento de la villa del Socorro. Fueron las mujeres las que lideraron el levantamiento de la villa de San Gil el 24 de marzo, fueron las mujeres las que en Simacota y en Pinchote sacaron adelante todos estos movimientos y fue precisamente una mujer, Manuela Beltrán, la que el 16 de marzo rompió el edicto a pesar de la discusión”.
Sobre el debate de si Manuel a Beltrán existió o no existió, Amaya considera que “quedó demostrado de que efectivamente no sólo sí existió, sino que es una de las heroínas que merece ser destacada en la historiografía nacional. El papel de Manuel a Beltrán que aparentemente fue sencillo, romper el edicto, si nos ubicamos en 1781, en las circunstancias de la época, fue una valerosa acción que vale la pena ser destacada y que empieza a mostrar el papel de la mujer santandereana en la construcción de nuestro proyecto de nación”.
Nuevas fuentes de la historia: ¿qué tanto aportan?
Para tratar de “aportar al debate” y desdibujar el “boom mediático” que se desató frente a las afirmaciones de Martínez Garnica, el profesor de historia de la Universidad Industrial de Santander (UIS) y magíster en historia, Sergio Acosta Lozano, explica que el rol de la mujer en la historia no se puede limitar solo a los acontecimientos.
Lo que ocurre, como asegura, es que la forma en la que se ha estudiado la historia no necesariamente le ha dado un papel protagónico a la figura femenina.
Añade, además, que “todo sujeto puede ser objeto de investigación”, pero se debe tener en cuenta la “existencia de nuevas fuentes que permitan tratar de encontrar una nueva perspectiva sobre algo”.
Sobre los que se han denominado héroes y heroínas, Acosta dice que, están expuestos a ser reinterpretados, pero, ¿qué tanto aportan a la realidad actual de una sociedad como la nuestra las investigaciones que cuestionan la existencia de personajes históricos y simbólicos?“Los historiadores podríamos preguntarnos: bueno existió o no una figura como Manuela Beltrán, pero, ¿qué tanto cambia esto el proceso de formación del Estado y de la nación colombiana para entender, por ejemplo, la rebelión de los comuneros, y por qué un sector particularmente artesano se levantó contra el aumento de los impuestos? No cambia mucho. Entonces, los historiadores profesionales hace mucho tiempo que estamos desligados de esos hallazgos que parecen fundamentales o fantásticos, y que, finalmente, no pasa nada con ellos”.
Acosta señala que estas discusiones tienen que ver con la perspectiva de género a la hora de investigar la historia, lo cual es reciente: “No quiero que me malentiendan. Con esto no digo que es algo que haya ocurrido ayer, pero es reciente porque desde hace 20 años se analiza y se tiene en cuenta, y ese tiempo en la historia es poco. Además, la perspectiva masculina nubla un poco los relatos. Los intereses que tiene un historiador hombre pasan muchas veces por encima de esos otros escenarios”.
No obstante, agrega que esto no significa que las mujeres no hayan aportado a la causa revolucionaria y que esto se queda solo en el escenario de lo acontecimental o del acontecimiento, ya que existen evidencias de que en la independencia de 1810, estas se organizaron y lideraron, aportaron desde bienes hasta animales. “Con esto no estoy diciendo que los hombres historiadores nunca podamos mejorar , obvio que sí. Yo, por ejemplo, a mis estudiantes de Historia de la UIS, del curso de metodología de la investigación, les insisto mucho en el tema de las mujeres, pues finalmente la historia de las mujeres la van a terminar contando ellos en un futuro”, según señala.
De la existencia al arraigo popular
Esto asegura Gerardo Martínez, amante y conocedor de la historia regional. Desde Charalá, pueblo en el que habita y participa de forma constante en la recuperación de hechos y personajes históricos, dice que la controversia que se generó con la existencia de Manuela Beltrán, le recordó que, incluso, ni las estatuas que se han hecho para recordarla, se han salvado de aquellos que se niegan a reconocer su legado, un legado que tuvo su punto más álgido el día que ella rasgó los edictos y se reveló frente a los hombres que también marchaban y que se tapaban la cara con sus sombreros.
Pero, “un único acto no le quita su valentía, no le quita el tono a la historia como no la han contado y como incluso, se ha comprobado por muchos investigadores e historiadores en distintas épocas. Manuela simboliza el arrojo, la verticalidad y la convicción que tienen las santandereanas”, dice Martínez.
Y hace referencia particularmente “A Manuela Beltrán, símbolo de exaltación santandereana”(1987), una escultura en lámina de hierro que se encuentra en la salida trasera de la Gobernación de Santander (carrera 11 con calle 41), en una plazoleta que lleva el mismo nombre y en cuya placa se nombra a sus autores Pedro Villamizar y Guillermo León Serrano.
Cuenta Martínez que esta fue encargada a los artistas, luego de que un grupo de intelectuales y amantes de la historia que trabajaban en esa administración consideran necesario darle rostro a esta heroína, pues poco se conocía al respecto sobre su fisionomía. La idea era, ya terminada, exhibirla en uno de los patios interiores del palacio amarillo.
“Me preguntaron cómo era ella. A otros también les preguntaron lo mismo, y no supimos qué decir. Luego les contesté que la hicieran como una mujer socorrana, que se pasaran por la Secretaría de Educación del departamento y que miraran a la encargada de esta cartera. Era famosa porque decía que ‘era la socorrana más importante que ha existido’ (risas). Lo cierto fue que se apasionaron con ella y la escultura que hoy vemos tiene una cintura de avispa”, recuerda.
Todo esto ocurría en la administración de Miguel Arenas Prada y también en medio de una polémica, ya que por esos días se había demandado a la Gobernación por haber retirado del patio interior a una Virgen a la que todos le rezaban.
Tras conocerse el fallo, se ordenó retirar la escultura de Manuela y retornar a la Virgen. Pero esto no fue un hecho menor, como lo recuerda Martínez, pues hasta procesión hicieron para regresarla a dicho patio interior.
“Lo único cierto era que no se sabía dónde había quedado la Virgen. Finalmente, se supo que había sido enviada al Colegio María Goretti y allá fueron a buscarla. ¿Y ahora qué hacemos con esa vieja que se llama Manuela Beltán? dijeron algunos funcionarios. Fue entonces cuando se trasladó a donde está hoy”, recuerda Martínez.
Y estos capítulos que tal vez no se plasman en los libros de historia son los que también se recuerdan, los que “la gente adora y los hace apropiarse de los personajes y de los hechos”, concluye Martínez.
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