Cuentos, títeres y retos en línea transformaron la forma de manejar residuos en una escuela de Bucaramanga. Te contamos quiénes están detrás y por qué puede escalar.

Publicado por: Redacción Cultural
Por unas semanas, el bullicio habitual de la Institución Educativa La Libertad cambió de ritmo. Los pasillos se llenaron de risas, las aulas se convirtieron en talleres de exploración y en los patios, en lugar de juegos, se hablaba de reciclaje. El cuidado del planeta dejó de ser una frase suelta para volverse una experiencia tangible, gracias a El Recolector, un proyecto pedagógico que sembró conciencia ambiental en el corazón mismo de la infancia.
La idea nació en las aulas universitarias, cuando los programas de Instrumentación Quirúrgica y Licenciatura en Educación Infantil de la Universidad de Santander (UDES) decidieron unir sus saberes. Querían demostrar que la educación ambiental puede ser algo más que una clase ocasional: puede transformarse en un viaje lúdico, con sentido, que conecte escuela, hogar y comunidad.
Cinco jornadas intensas bastaron para sembrar la semilla. Cada una fue pensada para captar la atención de niñas y niños desde sus intereses y su forma de ver el mundo. Así, la regla de las 3R, Reducir, Reutilizar, Reciclar, llegó envuelta en cuentos, juegos, laberintos, sopas de letras y plataformas digitales. La cartilla Guardianes del planeta fue el mapa de ruta, pero la verdadera magia ocurrió en la interacción, en la risa compartida, en la sorpresa ante lo que antes parecía invisible: la basura como problema, y también como oportunidad.

Teatro y títeres para luchar contra la contaminación
Pero no todo fue papel. La estrategia también tuvo cuerpo y voz. Hubo obras de teatro, puestas en escena llenas de color y actividades prácticas donde los niños clasificaron residuos, aprendieron a identificar los recipientes de colores y debatieron sobre lo que se puede transformar y lo que se debe evitar.
La clausura fue memorable. Una obra de títeres dio vida al temido “monstruo de la contaminación”. Frente a él, niñas y niños se plantaron como auténticos defensores del planeta. Al final, cada uno recibió su medalla ambiental, no como premio simbólico, sino como reconocimiento a un compromiso real.
Para el equipo docente, el impacto fue inmediato. No solo se fortaleció el Proyecto Ambiental Escolar (PRAE), sino que el mensaje comenzó a viajar más allá de los muros del colegio. “Llegaban contando cómo en sus casas ya usaban bolsas reutilizables, separaban los residuos y hasta habían hablado con sus vecinos”, cuenta una profesora con orgullo. Algunos acudientes escribieron para agradecer lo que sus hijos les habían enseñado.
Detrás de esta transformación, el trabajo de las estudiantes de cuarto semestre de Educación Infantil fue decisivo. Con ellas, cada sesión se adaptó a las edades, se cuidaron los ritmos y se tejió el puente entre el juego y el aprendizaje profundo. La pedagogía, el ambiente y la salud dialogaron sin jerarquías.

Hoy, en La Libertad, hay niños que saben que una botella plástica no termina en la caneca, sino que puede volver a la vida como florero, como juguete o como material reciclado. Niñas que explican por qué es importante reducir el consumo de papel o cómo reutilizar una caja de cartón.
El Recolector dejó más que aprendizajes: dejó hábitos. Y como toda buena experiencia, dejó también una inquietud: ¿por qué no llevar este modelo a otras escuelas? ¿Por qué no convertir a estos Guardianes del Planeta en embajadores de un cambio más amplio?
















