Área Metro
Martes 30 de junio de 2026 - 04:54 PM

Carta de una madre al abusador de su hija

Vanguardia recibió una carta en la que una madre relata el doloroso camino que ha enfrentado junto a su hija de cuatro años, luego de que la niña revelara haber sido víctima de abuso. Vanguardia tuvo acceso a material probatorio, registros y documentos judiciales relacionados con este caso, que se encuentra en conocimiento de las autoridades competentes.

Carta de una madre al abusador de su hija. Foto suministrada/VANGUARDIA
Carta de una madre al abusador de su hija. Foto suministrada/VANGUARDIA

Compartir

Publicado por: Especial para Vanguardia

Hace un año, el 8 de julio de 2025, las palabras de mi hija de 4 años derrumbaron el mundo que había construido para nosotras. Con una valentía que ningún niño debería verse obligado a tener, encontró la fuerza para revelar un secreto que había cargado en silencio por más de un año. Hoy comprendo que ese dolor se expresaba a través de un estado permanente de alerta, con constantes episodios de ira que, para entonces, nos resultaban difíciles de entender, y en señales que quizás, como madre, no siempre supe interpretar.

Me duele pensar cada día que mi hija sufrió en silencio durante gran parte de sus primeros años de vida, mientras yo buscaba respuestas sin alcanzar a comprender la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Ese es, tal vez, uno de los sentimientos más difíciles de sobrellevar como mamá: descubrir que el sufrimiento de quien más amas estuvo presente durante tanto tiempo sin haber podido verlo antes.

Escribir públicamente sobre el dolor que hemos vivido y dirigir estas palabras a quien causó este daño, a quienes lo han respaldado y a las instituciones que han intervenido en nuestra historia, no es una decisión fácil. De alguna manera, supone reconocer que el daño existió, que logró impactar nuestras vidas y que dejó heridas profundas. A veces pienso que mostrar ese dolor puede ser precisamente lo que quienes ejercen la violencia esperan: la confirmación de que lograron destruir algo valioso. Sin embargo, lo hago porque esta es una de las formas que encuentro para sanar, para prevenir a otras familias y para mostrar que denunciar una situación como esta es un doloroso camino para las víctimas.

Con el paso del tiempo, entendí que el silencio de mi hija no fue casual. La lealtad, el fuerte vínculo afectivo y las múltiples estrategias de manipulación, tales como el miedo, el chantaje, la complacencia y la desacreditación de los vínculos seguros de mi hija, fueron la principal arma para imponer el silencio. En su momento, minimicé algunas de estas conductas, como la exposición permanente de la niña a mensajes negativos sobre mí y mi familia. Hoy comprendo que no solo eran una forma de violencia vicaria, sino la estrategia para que mi hija dejara de confiar en quienes la cuidábamos y a quienes podía revelar la verdad.

Paralelamente, vinieron múltiples síntomas físicos sin explicación y muchos otros comportamentales. Ante esto, recorrimos consultorios de especialistas, médicos, gastroenterólogos, terapeutas ocupacionales y psicólogos. Sin embargo, los cambios eran oscilantes. Nadie advirtió a tiempo, pese a las señales, en parte por la fuerte manipulación a la que se encontraba sometida mi hija y por el gran amor que ella le profesaba.

Cuando conocimos la verdad, se puso fin a la pesadilla del abuso, pero comenzó otra: la pesadilla del sistema judicial. Debo decir que el órgano investigador actuó con debida diligencia y, en dos meses, se le imputaron cargos. Sin embargo, esta no ha sido la respuesta de todas las instituciones, pues algunas de ellas, las que debían protegernos, muchas veces cuestionan lo sucedido y desconocen el abuso, aduciendo posibles conflictos parentales.

Esto resulta supremamente doloroso y aquí les pregunto a quienes cuestionan: ¿qué madre quiere ver a su hija de cuatro años sometida a una valoración en Medicina Legal? ¿Qué madre quiere verla llorar cada vez que debe recordar lo sucedido? ¿Qué madre desea que su hija sea entrevistada una y otra vez para convencer a otros de que aquello que contó realmente ocurrió?

Denunciar nunca fue un acto de venganza y jamás lo sería. Denunciar solo fue un acto de protección ante esta revelación.

Publicidad

Nunca imaginé que denunciar significaría perder gran parte de la vida que conocíamos. Que mi hija tendría que asistir a innumerables valoraciones e intervenciones para demostrar una y otra vez que era una víctima. Que perdería semanas de colegio por asistir a diligencias y evaluaciones. Que yo tendría que suspender mi trabajo, interrumpir mis estudios y destinar nuestros ahorros a abogados, peritos y tratamientos psicológicos para poder acompañarla en su proceso de recuperación.

Mientras tanto, la vida parecía seguir con normalidad para quien abusó de mi hija, quien es funcionario judicial y quien continúa ejerciendo sus labores, paseándose por los mismos juzgados que llevan su proceso, dando su versión de los hechos, sin siquiera ser cuestionado.

Lo más doloroso no ha sido únicamente el proceso judicial, sino la sensación de que cada nueva actuación, cada denuncia presentada contra quienes la protegieron, cada dilación y cada cuestionamiento prolongan el sufrimiento de una niña que lo único que necesita es poder sanar. Por eso escribo esta carta.

La escribo para dirigirme a quien le hizo daño, a su familia y también a quienes, desde las instituciones, han cuestionado nuestra historia sin conocer realmente a mi hija, sin haber estado presentes en los momentos más difíciles y, en algunos casos, sin dimensionar las consecuencias que sus decisiones tienen sobre la vida de un niño y, más grave aún, sin conocer las pruebas.

Quiero decirles que, a pesar de todo, estamos aprendiendo a reconstruir nuestra vida. Quiero que sepan que mi hija está bien. La mayoría de los síntomas que durante tanto tiempo nos llenaron de incertidumbre desaparecieron cuando cesó el abuso. Poco a poco volvió la tranquilidad y la alegría.

Mi hija todavía recuerda. Todavía hace preguntas. Todavía intenta comprender por qué alguien en quien confiaba le causó tanto dolor. Y quiero decirle a quien causó este daño que, si mi hija lo volviese a ver, es posible que siga haciéndose la misma pregunta que tantas víctimas se hacen a lo largo de su vida: ¿por qué? Esta es la pregunta que ella me hace a mí y que yo no puedo responder.

No escribo estas palabras porque quiera una guerra judicial interminable. Las escribo porque quiero justicia, pero, sobre todo, porque quiero que mi hija tenga la oportunidad de sanar. Ninguna decisión judicial podrá reparar los años de dolor. Sin embargo, todavía existe la posibilidad de evitar que el daño siga creciendo. Mi mayor deseo es que, algún día, mi hija deje de ser recordada por lo que vivió y que lo sufrido no la determine como niña ni como mujer.

Publicidad

A quien le causó tanto daño a mi hija le digo: no siga consumiendo el patrimonio de su familia en una guerra que solo usted ha decidido prolongar. Como abogado, conoce el alcance de la jurisprudencia en estos casos y las garantías que protegen los derechos de los niños y las niñas. Usted sabe que, contra las pruebas existentes, la Corte no estima dudas. Ninguna estrategia orientada a sembrar dudas sobre la verdad o a desacreditar a quienes han acompañado este proceso podrá borrar lo ocurrido ni aliviar el sufrimiento de su propia hija. Cada nueva dilación, cada nueva denuncia y cada nuevo ataque solo prolongan el dolor de su hija, que merece, por encima de cualquier interés, la oportunidad de sanar.

Finalmente, a quien tanto daño le causó a mi hija le digo: algún día este proceso terminará. Los expedientes se archivarán, las audiencias concluirán y las discusiones jurídicas quedarán atrás. Lo único que permanecerá será la memoria de una niña que algún día crecerá, tendrá que reconstruir su historia, querrá comprender lo que ocurrió y, quizás, buscará respuestas en su propio padre. Esa será la conversación más difícil y usted tendrá la oportunidad de reivindicarse con quien es la persona que le ha brindado el amor más genuino e incondicional en su vida: su propia hija. Aún tiene una oportunidad de reivindicarse con la vida.

Publicado por: Especial para Vanguardia

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad