Un grupo de mujeres se reúne quincenalmente en un pequeño apartamento de Altos de Betania, en el norte de Bucaramanga, para compartir sus vivencias y sanar sus heridas, a través de las exquisitas recetas que sus antepasados les enseñaron.

Publicado por: PAOLA PATIÑO
El calor que hacía ese día no era muy distinto al que comúnmente hace en el norte de Bucaramanga, sofocante. Pero había una temperatura distinta, no solo por las más de 13 mujeres y niños que se agrupaban en una pequeña sala sin muebles de un apartamento de 45 metros cuadrados en Altos de Betania, unavivienda de interés prioritario, VIP, sino por lo que allí se cocinaba.
En esta oportunidad, como viene pasando desde el 2014, cada 15 días, todas las mujeres citadas se reunieron para cocinar una de las recetas tradicionales de alguna de sus compañeras: sopa de cuchuco de maíz, con carne y verduras, un plato típico de la región Andina.
El apretado apartamento no solo expedía un dulce y agradable olor a maíz y trigo, sino el vapor de los alimentos que desde las 2 de la tarde comenzaron a prepararse. Nadie parecía incómodo, por el contrario, todos lucían alegres y a la expectativa de lo que a fuego lento y con paciencia se cocinaba.
Esta imagen no es la de un comedor comunitario de un popular sector de la ciudad, sino un proyecto que el Ministerio de Cultura y de Vivienda, así como el Departamento de Prosperidad Social, DPS, viene desarrollando en las diversas construcciones VIP del país, llamado Comunidad-es Arte, biblioteca y cultura, que busca que las personas afectadas por el conflicto interno del país, desastres naturales o en pobreza extrema favorecidas con una de estas viviendas puedan tener un espacio de integración y reconstrucción del tejido social.

“Generalmente cuando se inician los procesos en las viviendas de interés prioritario, se realiza una convocatoria con los líderes, quienes son los primeros a quienes llegamos y después el proyecto se socializa y se indagan por las necesidades del barrio, por los talentos que existen e intereses artísticos y culturales”, cuenta Vanesa Juliana León Osmo, promotora del proyecto.
En el caso de Altos de Betania, en donde viven 420 familias, se encontraron diversos talentos que se han ido apoyando y fomentando, pero surgió desde hace dos años uno muy especial, que ha venido agrupando a lo largo del tiempo, a diversas mujeres que son de varias partes del país, y es el de la cocina, esa que hace agua la boca, trae recuerdos y pone el corazón contento.
“Nos empezamos a dar cuenta que los hombres generalmente son los que trabajan y las mujeres algunas están fuera del hogar también trabajando, pero en oficios del hogar y las que permanecen en su casa, igual… Entonces pensamos qué pasa si llevamos ese cocinar del día a día a un contexto comunitario en el que no solo se cocina, sino que se conversa, conoce, integra con los demás. Es posible conocer muchas cosas de las regiones a partir de la comida”, comenta León Osmo.
De esta manera, un grupo de 13 mujeres, desde los 31 años hasta los 76, se reúnen en uno de sus apartamentos para compartir no solo su espacio, sino sus tragedias, sus alegrías y sus pesares, pero sobre todo para recordar las recetas clásicas y ancestrales que por las injusticias de la vida y la violencia que por tantos años ha azotado el territorio nacional, se han ido perdiendo.
Ana Diva Sánchez, dueña del apartamento 302 en donde se realiza esta vez el encuentro culinario, tiene 50 años y desde hace un año llegó a este lugar, tras el fallecimiento de su segundo esposo.
Su historia comienza con la muerte de su primer cónyuge, a quien mataron delante suyo y de su hijo. Todavía no sabe qué actor armado lo hizo, solo que desde hace 25 años ya no la acompaña. Después, una vez más, tras las amenazas de grupos paramilitares, tuvo que huir de Saravena, Arauca donde vivía, hasta que finalmente logró ser beneficiada con una de los viviendas del Gobierno.
“Ha sido muy buena la experiencia, porque hemos aprendido muchas cosas, hemos conocido nuevas amigas y hemos aprendido a convivir mejor. He aprendido a dialogar con las personas y a contar lo que nos sucedió y lo que vamos a vivir de ahora en adelante”, describe.
Isabel García llegó también hace un año a Altos de Betania junto a sus dos hijos. Nació en tibú, Norte de Santander pero fue criada en Arauca. Lastimosamente, al igual que su compañera de cocina, fue víctima de la violencia, pues al padre de sus pequeños lo asesinaron las Farc.
“Ha sido complicado pero gracias a Dios con el apoyo de la familia he salido adelante y ahora por el Gobierno que me dio mi casita y me siento más tranquila”.
Ya lleva ocho meses dentro del proyecto en donde ha prendido nuevas recetas, ha puesto en práctica las ya conocidas y por supuesto, ha construido nuevas amistades.
Y es que si hay algo que une, que transmite amor es la comida. La gastronomía ha sido una constante en la historia humana y por eso para estas mujeres lo que hacen trasciende, pues se trata de todo un patrimonio culinario que les ha sido arrebatado como su familia y hogar.

“Al estar en comunidad no sentimos tanto la soledad y lo que nos ha pasado, sino que uno comparte ideas, una lo hace de una manera otra de otra. Todas colocamos un granito de arena”, indica Isabel.
Su plato favorito son las pastas de pollo, pero se resiste a dar el secreto para que queden para ‘chuparse’ los dedos. Entre el trabajo de medio tiempo que hace en otras casas y el de ser madre tiempo completo, pasa los días y ha logrado aprender nuevas recetas para disfrutar junto a su familia.
“A medida que empezamos el curso de las actividades nos damos cuenta que además de poder hablar se pueden trabajar ejes culturales de todo el territorio nacional a partir de la comida, porque representa una identidad, trae recuerdos de nuestra familia, territorios, lugares que hemos dejado atrás... cocinar eso que antes cocinábamos en nuestro ranchos, campos, también se recrean en estas cocinas, mucho más pequeñas pero que hay un ambiente de familiaridad”, añade la promotora del proyecto.
“La importancia de la cocina es lo que aprendemos y nos quede. Es sentirnos más cerquita de la tierra”, agrega García, quien espera dejar de hacer oficios varios y convertirse en la jefe de cocina de un restaurante, con el fin de demostrar su amor a otras personas a través de los platos que prepara.
una experiencia ganadora.
Este grupo, conformado por 13 mujeres de varias partes del país, ganó recientemente una pasantía de estímulo del Ministerio de Cultura, realizada entre los proyectos de vivienda que hacen parte de Comunidad-Es, que en el caso de Santander son cinco. El premio consiste en tener la oportunidad de contar con un tutor experto en el proyecto que realizan, en este caso, será una chef que conoce sobre la memoria culinaria, que es el objetivo del grupo.
Desde septiembre y hasta diciembre se realizará la pasantía con la chef y las mujeres de Altos de Betania, con el fin de que al finalizar el proceso puedan plasmar todas sus recetas en un libro, que además contará con las historias de vida de quienes están detrás de cada plato. Es así como el arte, la cultura, identidad y memoria se reúnen en un producto final con olor y sabor a Colombia.















