En Bucaramanga, mientras la ciudad vive su día a día, hay personas que mueren solas, en las calles o abandonadas en hospitales a su suerte, en su mayoría víctimas del consumo de drogas o de la falta de amor y la indiferencia de sus familiares.

Publicado por: PAOLA PATIÑO
María Inés Gativá está muy delgada, con la piel pegada a los huesos y otra tanta que le cuelga. Lo único que tiene gordo es su pierna derecha, hinchada por la infección que le ha provocado una disípela. Sus ojos también están hinchados, pues no para de llorar.
Sentada en una silla plástica, mojada porque se acaba de bañar, con lágrimas en su rostro cuenta que es de Tunja. No tiene dientes, por lo que cuesta entenderle. Tuvo tres hijos y familia, pero desde hace 20 años tomó la decisión de consumir drogas y vivir en la calle. Desde ese entonces no sabe nada de su familia.
No habla mucho, sólo llora. Lleva más de una semana en el Hospital del Norte, después de haber sido remitida del hogar Shalom, a donde llegó a vivir por medio del programa habitante de calle de la Secretaría de Desarrollo Social de la Alcaldía de Bucaramanga.
Con 50 años y varias enfermedades por tratar, no reconoce su consumo de droga, aunque su estado físico y exámenes digan lo contrario. Pasa el día mirando al techo, pues en el cuarto no hay ni televisor y las camas están oxidadas. Las personas como ella, que llegan en abandono, tienden a escaparse, porque se aburren se estar solos.
Ingrid Restrepo Peña lleva tres años como trabajadora social en el Hospital del Norte y asegura que el ingreso de habitantes de calle y adultos mayores en abandono es a diario. Llegan por diferentes dolencias, enfermedades o heridas con armas cortopunzantes, pero generalmente no terminan los tratamientos, pues prefieren la calle que ese pequeño cuarto, caluroso y sin ninguna entretención. Pero sobre todo, sin su dosis diaria de droga.
Las enfermedades que más padece esta población son tuberculosis, neumonía, infecciones de tejidos blandos y VIH.
“En el tiempo que he estado, hemos tenido como cinco pacientes que han fallecido completamente solos…”, comenta Restrepo.
Toda persona habitante de calle o en abandono, como ocurre con los adultos mayores, debe contar con una certificación que emite la Secretaría de Desarrollo Social, para que puedan recibir las respectivas ayudas, que incluyen desde su documentación, pues muchas veces no tienen, atención médica, hasta la ubicación en una fundación.
“En el programa de habitante de calle somos ocho personas que estamos desde las 5:30 de la mañana, nos dan a veces las 5 de la tarde y estamos trabajando, pero la comunidad no nos ayuda, porque si les siguen dando plata y donaciones ellos no van a querer quedarse en los hogares y fundaciones destinados…”, cuenta Juana Patiño Ballesteros, responsable desde hace 16 años del programa habitante de calle de Bucaramanga y supervisora de los asilos de la ciudad, a quien todas estas personas, en donde la vean, abrazan, piden ayuda, lloran. Es como una mamá para todos.
A diario la funcionaria recibe mínimo cinco casos de adultos mayores que sus familias deciden abandonar, generalmente porque no tienen cómo ver por ellos, ya que padecen enfermedades muy graves, o simplemente porque los ven como un estorbo.
Dentro de las alternativas que la Alcaldía ofrece para las personas de la tercera edad, en caso de no querer internarse en un ancianato, son los Centros Vida, en donde desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde les dan todas las comidas, hacen actividades lúdico recreativas y reciben terapias ocupacionales y seguimiento médico.
Una muerte que no tiene quién la llore
Es la una y media de la tarde; el calor usual de la hora en Bucaramanga recorre los salones de velación de la funeraria San Martín. Dos de las tres salas están llenas, cada una con dos féretros, acompañados por unas ocho personas que lloran a dos de los cuatro muertos. Pero los otros dos difuntos no tienen quien los llore. Javier Díaz, de 37 años y Heriberto Chaparro Guecha de 38 eran habitantes de calle y murieron de manera natural. A pesar de que no tienen a ningún familiar ni amigo, a su féretro los acompañan “sus hermanos de la calle”, como dicen los jóvenes en rehabilitación de Funtaluz, 13 hombres que Juana Patiño lleva a este tipo de actos, para que tomen conciencia sobre el consumo de sustancias sicoactivas.
Los 13 jóvenes firman el libro que ponen las funerarias para dejar un mensaje al muerto. Mientras escriben recuerdan que a casi todos los muertos los conocieron, “parcharon juntos” como dicen en su jerga, y consumían juntos. Lamentan que no hayan tenido la decisión y voluntad que ellos mantienen para rehabilitarse.
“Pero el que cree en mí aunque muera tendrá vida eterna”, termina de escribir uno, en alusión a un mensaje bíblico.
Los féretros se alistan para ser llevados al Cementerio Central, en donde se oficiará una misa antes de por fin ser enterrados, pues hay cuerpos que están desde hace tres meses esperando su sepultura, ya que no se había logrado el convenio entre la Alcaldía y Afusan, encargada de estos trámites.
La funcionaria del programa de habitante de calle junto a su equipo acompaña también a los muertos.
Juana Patiño llora, aunque lleva 16 años haciendo esto, no la deja de afectar. Dentro de los fallecidos, hay una menor de 17 años quien murió dando a luz; aunque el bebé resistió ella no. Su cuerpo estaba desecho por el consumo y hoy su suegra y cuñada la lloran. Su mamá no está ahí, pues está en la cárcel por expendio de droga, y dos hermanas siguen su camino en las calles.
Comienza el recorrido al cementerio como se hace con cualquier persona, lento, con carros decorados con las únicas flores que los decoran, las de la funeraria y las de la Secretaría de Desarrollo Social.

Cuando una persona en abandono muere y está censada como habitante de calle, recibe toda la atención de arreglo de cuerpo, velación y entierro por parte de Afusan. Cada muerto le cuesta al municipio cerca de $1.090.000.
“Los que mueren en instituciones se les paga una prevención exequial y los que son del municipio igual se hacen los convenios y debe estar caracterizado como habitante de calle, porque de no estarlo la Secretaría de Salud los entierra como NN o desplazados…”, comenta Patiño.
Los hombres de Funtaluz y la Secretaría ayudan a cargar los féretros con destino a la capilla. Se hace un largo recorrido por cientos de tumbas a lado y lado del Cementerio Central. Algunos habitantes de calle del sector del parque Romero se acercan a acompañar a los que eran sus amigos. La pequeña capilla se llena de curiosos.
La música comienza a sonar, esa música que hace que el momento sea más triste de lo usual. Ningún ataúd está abierto, pues algunos cuerpos no están en buen estado y otros duraron mucho tiempo congelados.
“Allá donde tú estás no hay sufrimiento, allá donde tú estás no hay sufrimiento… allá es donde queda el cielo…”, dice la letra de una nueva melodía, que canta un joven, vestido de manera muy informal sobre la esperanza después de la muerte. Quizás estos muertos tuvieron una oportunidad acá en la tierra que jamás alcanzaron a aprovechar, como cuentan algunos que los conocieron.
Media hora de misa y de nuevo los ataúdes son alzados está vez a su destino final, una tumba en una de la paredes del cementerio.
Heriberto es el primero en irse. Una grúa movida a mano sube el féretro al punto más alto de la pared, en donde hay cuatro fosas con varios números: 302; 309; 316 y 323.
Parece que ni el nombre se quiere quedar con ellos. Hay suspenso y miedo en este momento, pues el cajón se mueve un poco. Jairo Herrera, uno de los jóvenes en rehabilitación de Funtaluz me cuenta, mientras ve subir el féretro, que lleva 33 años en la calle y ha visto morir a varios de sus compañeros y me muestra uno de sus brazos, el derecho. Dice que casi lo pierde por varios balazos que recibió. Tiene 40 años y asegura que está vez sí va a cambiar. “Un día quedé como un perro en el andén y por eso pienso en cambiar”.
Javier Ferney López Díaz, de 28 años, es otro de los 50 hombres que se recuperan en la fundación. Habla tres idiomas, vivió en Europa, pero ya solo le quedan recuerdos, pues desde los 17 años ha estado luchando por salir de las drogas y dejar la calle. “Queda uno en shock y se da cuenta que es una bola de nieve y llega un momento que esto uno ya no lo controla… Sí quiero cambiar porque ya perdí muchas cosas, trabajo, familia, novia”, dice Ferney.
“El habitante de calle es una persona, un ser humano que, por desgracia de este infierno de las drogas, ha llegado allá... como yo estuve y pude salir, ahora los ayudo. Pero esto es el pan de cada día, muchos que entran a rehabilitarse no lo logran y mueren, pues esa es la consecuencia”, dice Peter Rey, director de Funtaluz.
Cuatro años durarán en esa bóveda Heriberto y Javier. Me cuentan los encargados de la inhumación que han visto por años entierros de este tipo, en donde nadie llora.














