Una historia del amor dedicado y fiel de dos mujeres pensionadas por las palomas, las ardillas, los gatos y un viejo perro llamado ‘Nube’.

Rosa Gómez Alarcón aparece por uno de los extremos del parque Antonia Santos, agarrado al siempre convulsionado centro de Bucaramanga. La mujer, de 73 años, lleva en una mano una gran bolsa de color blanco y una botella mediana de agua. Camina despacio por el sendero en cemento, al paso lento que le impone ‘Nube’, nombre del viejo perro schnauzer, rescatado de las calles, y que lleva sujeto con su otra mano por medio de una correa gruesa de color rojo. Un aditamento hasta innecesario ante lo noble y pasivo que es este sabueso bonachón. Son las 12:37 p. m. de un sábado.
Rosa pasa desapercibida para los transeúntes que caminan apresurados de extremo a extremo del parque, preocupados tal vez de que no los roben. Su lenta marcha pasa inadvertida también para dos trabajadoras sexuales, quienes esperan, con ojos felinos, un cliente, sentadas en una butaca de madera. Un par de consumidores, aspirando lo que queda de un porro de marihuana, ni se percatan de su llegada. Las vendedoras de tinto, que caminan estas calles a todas horas con su sonrisa agradable, sí la reconocen. La saludan con afecto.
Rosa llega hasta un árbol de caucho, de unos 15 metros de altura. Baja la bolsa y el agua. Suelta a ‘Nube’, que se queda inmóvil a su lado. De pronto, como obedeciendo un designio desconocido, las palomas la rodean. Llegan las primeras, seguidas de otras más. Inquietas, la observan. Ella, a su modo, las saluda, rodeada de emplumadas alas que no paran de aletear impacientes. Más y más acuden a esa cita. De un modo particular, se pudiera decir que las palomas la reconocen.
El gran árbol de caucho se levanta en un extremo del parque. Es inmenso, de hojas de un verde encendido, que difícilmente una tormenta, por más vientos cruzados que lleve, pueda hacer crujir sus cimientos. Es más, algunas raíces se levantan de la tierra como las venas hinchadas que tendría un minero en sus manos. Sus ramas se elevan altas, como vapor de madera recia, que descansa en las brasas de una ciudad que, por alguna razón, no ve, no identifica su imponencia, menos los animales que se posan tiernos en lo alto o los insectos que se disputan los troncos.
Antes de la llegada de Rosa, las palomas cumplían un ciclo de descansar en el pasto bajo los rayos del sol. Luego, guiadas tal vez por una corriente de aire repentino, elevaban vuelo hasta las ramas de los árboles de caucho. Se posan como una fila de soldados emplumados de patas de color rojo, hasta que una decide, tras un arrullo ronco, descender en picada. Entonces las demás, en bandada, como misiles con pico, la siguen. Vuelven al tierno pasto, a la quietud del césped recién cortado, hasta que otro ventarrón aparece o un perro llega a espantarlas, olfateando un buen lugar donde mear.

Las ardillas son otra cosa. Ellas bajan al césped muy temprano en las mañanas, cuando el parque no está habitado por humanos. Corren en busca de lo que puedan comer y saltan ágiles a los troncos para correr veloces por esas autopistas altas de madera. A esas horas del día se encuentran con un gran loro bullicioso que, desde las seis de la mañana, vuela entre las copas de los árboles. Después, las ardillas se refugian en lo alto. Les huyen a los chandosos perros que no las soportan y corretean en una desigual cacería, pero que representa un gran frenesí canino.

—Desde hace 30 años vengo a este parque. Alimento a las palomas y las ardillas. A las palomas les doy maíz. A las ardillas, cacahuates. Vivo en el Rincón de Girón y me paso a las seis de la mañana, a mediodía y a las cinco de la tarde por el parque. Todos los días...
En cinco grandes árboles del parque, ella instaló, hace décadas, unos recipientes que elaboró de envases de gaseosa reciclados. Son como contenedores de plástico, pegados con puntillas. Allí deja, puntualmente, una porción de cacahuates. No tarda ni cinco segundos para que las ardillas, alborotadas por el alimento, comiencen el ritual de bajar y tomar este maní. Sumergidas en su propio frenesí, toman cada cacahuate con una particular delicadeza. Luego, Rosa saca el maíz de la bolsa y lo esparce para que todas las palomas puedan comer. El agua la utiliza para limpiar y llenar un pequeño estanque donde todo animal que quiera pueda beber.
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—Esta labor la hago con mi hermana Berenice. Ella está enferma y no puede venir. Ella es la que paga las arrobas de maíz y cacahuates que todas las semanas se compran para alimentar a las palomas y a las ardillas. Últimamente alimentamos un gatico de color amarillo que se la pasa por acá. Nosotras desde siempre cuidamos estos animales. De pequeñas teníamos animales en la casa. Yo tengo seis gatos en mi casa, que rescaté de las calles.
Glosi Nava es una vendedora de tinto que admira la labor de Rosa. Dice que ella ayuda a cuidar el parque.
—Es muy bonito que, de su propio bolsillo, pague el alimento de las palomas y las ardillas. Por este parque pasa mucho turista que viene a ver las ardillas. Los vecinos les traen banano, que también les gusta mucho. Otros les dan dulces y nosotros les decimos que no, que les hacen daño. Yo he contado no menos de 50 ardillas, son muchas...
Juan Sebastián Gómez, médico veterinario de la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga (Cdmb), aseguró que las ardillas son roedores arborícolas cuya labor es esparcir semillas. Sin embargo, agregó que las ardillas que están en los parques del centro fueron introducidas por personas que, en algún momento, las tuvieron de mascotas.

—Luego entendieron que no podían tenerlas y las dejaron en esos parques. Poco a poco se fueron reproduciendo.
Rosa Gómez Alarcón termina su tarea. Amarra nuevamente a ‘Nube’ y busca un transporte al Rincón de Girón. En cuatro horas regresará. Se marcha por el mismo sendero de cemento, mientras un par de palomas parecieran escoltarla, dejando a su paso un reguero de plumas.
















