Con la nostalgia a flor de piel, volvemos la mirada al ‘álbum de los recuerdos’ de Bucaramanga, guiados por los recuerdos de quienes caminaron por nuestras calles mucho antes que nosotros. Hoy realizamos un viaje al pasado para revivir, a través de viejas fotos y palabras, otro rincón emblemático de la Bucaramanga del ayer.

Durante los años 60 y 70, cuando las vías de Bucaramanga aún conservaban el ritmo pausado de una ciudad en crecimiento, el Salón Tupac, una icónica fuente de soda, se erigía como el epicentro de la vida social. Por los lados de la emblemática esquina, conocida como “El Matacho”, en inmediaciones de la calle 48 con carrera 29, este lugar no solo era el primer local en ofrecer refrescos y sodas en la capital santandereana, sino que también marcó el inicio de la cultura de comidas rápidas en la región.
El menú del Tupac sorprendía a propios y extraños. A diferencia de las tiendas o cafeterías tradicionales, este establecimiento ofrecía una carta inspirada en las novedades estadounidenses de la época: helados cremosos, malteadas espumosas, sándwiches de jamón y queso, hamburguesas y, por supuesto, los primeros ‘hot dogs’ que muchos bumangueses vieron preparar en unas singulares máquinas giratorias. La fuente de soda se convirtió rápidamente en el punto de encuentro de jóvenes y adultos que buscaban probar aquellos manjares que empezaban a conquistar el mundo.

Fundado en 1960 por la familia Castillo, oriunda de Silos, Norte de Santander, el salón se ubicaba en una edificación de dos pisos con puertas que daban a las carreras 31 y 32. Antes de convertirse en el vibrante espacio que fue, el lugar albergó una modesta carpintería. Pero fue en esa década que el local se transformó en un sitio de esparcimiento, con sus mesas metálicas plegables que invitaban a largas conversaciones acompañadas de una bebida fría.

Para los vecinos y habituales del Tupac, el teléfono público de color negro, que funcionaba con monedas de 10 centavos —aquellas con la figura de un indio grabada—, es un detalle inolvidable. Norberto Pinilla, uno de los asiduos visitantes, evoca con nostalgia el sonido del teléfono y el bullicio de los jóvenes que, al salir de clase, se congregaban allí para prolongar la tertulia, para preocupación de los padres que al principio temían que sus hijos “se trasnocharan”. Sin embargo, con el tiempo, los mismos padres se dejaron seducir por el ambiente animado del salón y terminaron convirtiéndose en clientes frecuentes.
Lea además: La historia de una mítica casona
El Salón Tupac fue más que una simple fuente de soda; fue un lugar de reunión, de historias compartidas, de tertulias que se prolongaban hasta las 9:00 de la noche, cuando el negocio cerraba sus puertas. Incluso su nombre evocaba el espíritu de lucha y resistencia, asociado a la Proclama del Inca Túpac-Amaru, leída desde los balcones cercanos, recordando la valentía de los criollos en la independencia.

A mediados de los años 80, el Tupac cerró sus puertas. La modernidad alcanzó al local y pronto fue reemplazado por oficinas y entidades bancarias. Hoy, el edificio se mantiene, pero los alrededores conservan un curioso tributo: bares, restaurantes y puestos de comida rápida que parecen rendir homenaje a aquel pionero salón que, en su momento, trajo un pedazo de la modernidad global a Bucaramanga.
El Tupac ya no existe, pero su legado pervive. Aún en la memoria de quienes disfrutaron allí de un helado o una gaseosa, permanece el eco de las risas, el murmullo de las charlas y el sabor de una inolvidable época de Bucaramanga.
Nota de la Redacción: Si conserva una fotografía nostálgica del ayer de Bucaramanga, puede enviarla al siguiente correo electrónico: eardila@vanguardia.com
















