Para Norberto González coleccionar objetos del ayer se convirtió en una pasión. Asegura que sus invaluables piezas albergan una cantidad increíble de recuerdos.
En una nostálgica casa, que ha visto pasar generaciones, se comprueba que el tiempo se ha detenido en un santuario de recuerdos que nos devuelve a una ciudad que aún palpita en la memoria de quienes la vivieron. Allí, tras la puerta de la calle 34 No. 30-28, Norberto González, un gran coleccionista bumangués, recolecta, compra y por supuesto cuida los vestigios de una Bucaramanga que se niega a desaparecer.
Desde hace décadas, Norberto ha recorrido mercados, casas en venta y antiguos negocios en busca de esos objetos que alguna vez fueron parte esencial del diario vivir de los bumangueses.

Su museo se llama ‘Los Cutes’. Allí no hay simples chécheres, como podría decirse a la ligera. ¡No señor! Cada pieza es un fragmento de historia, un pedazo de identidad de la Bucaramanga de los años 50, 60, 70 y 80. En este museo, cada artículo es un espejo que nos proyecta al pasado.
Al cruzar el umbral, la vista se encuentra con estanterías llenas de memorias: monedas y billetes de otra era, postales descoloridas que alguna vez fueron portadoras de dulces palabras, figuritas de colección que resguardan la inocencia de una infancia lejana y hasta la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que se colocaba detrás de las puertas de muchos hogares.
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Entre estos tesoros también están los electrodomésticos que alguna vez fueron símbolos de modernidad: la máquina de coser Singer, las planchas de carbón, la lavadora Hoover y las enormes secadoras de pelo de los antiguos salones de belleza.
Los cuadernos del ayer y mucho más

El espacio más entrañable tal vez sea el de los cuadernos escolares, testigos silenciosos de las ilusiones y desvelos de incontables estudiantes. Quienes superan los cincuenta años recordarán a los modestos cuadernos Norma de 20, 50 y 100 hojas, los de Cardenal, los de El Cid y, por supuesto, el icónico cuaderno Modelo.
Y cómo olvidar el álbum ‘Amor es...’, aquel que en los años 70 nos enseñaba con dulzura sobre el afecto y la complicidad en pareja.
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En una vitrina especial descansan, en impecable conservación, los empaques de productos que marcaron época: los fósforos Rey, las pilas Eveready, los jabones Top y Fab, los cigarros Piel Roja y las galletas Saltinas La Rosa.
Las estanterías resguardan etiquetas de gaseosas Hipinto y Pepsi, la inconfundible Lechera de Nestlé, la avena Quaker, la leche en tarro Klim y el caldo de gallina Maggi, tal como se veían en los anaqueles de antaño.
Por supuesto, los cigarrillos Piel Roja tienen su ‘altar’. Sus cajetillas dan cuenta de la evolución de esta marca, desde sus primeras ediciones hasta sus más exclusivas colecciones conmemorativas.
‘Los Cutes’ no son meras antigüedades, sino cápsulas de nostalgia que nos recuerdan quiénes fuimos y cómo crecimos.
Gracias a la bella labor de Norberto González, estos fragmentos del pasado siguen vivos, esperando a ser redescubiertos por aquellos que aún suspiramos por la ciudad de ayer.

















