Hoy se cumplen 20 años de una de las peores tragedias invernales que han marcado a Girón y Bucaramanga. Aquel día, el Río de Oro se desbordó con furia, arrasando con 5 mil viviendas y dejando a decenas de miles de personas sin hogar. El agua y el lodo lo cubrieron todo: calles, plazas y recuerdos. Esta es la historia:

En un día como hoy, hace 20 años, los bumangueses y gironeses despertaron sumidos en el barro, el luto y la desolación. El Río de Oro, desbordado tras una borrasca sin precedentes, arrasó con viviendas, caminos y sueños.
Al amanecer del 12 de febrero de 2005, en un trágico sábado, los sobrevivientes vieron cómo sus vidas cambiaron para siempre. Hoy, dos décadas después, el eco de aquella tragedia retumba en la memoria de quienes lo perdieron todo y en la resiliencia de una comunidad que, a su manera, se ha ido levantando.
Tras 19 horas continuas de lluvia, centenares de hogares lo perdieron todo. Vimos casas convertidas en escombros y calles inundadas en ríos de lodo; además se escuchó una voz de S.O.S. que retumbó en todos los rincones del área. La solidaridad, aunque llegó, no fue suficiente como para que ‘la tragedia escampara’.
¡La herida sigue abierta! Sin un banco de tierras eficiente y con un sistema de reubicación con grandes retrasos, las víctimas aún esperan que el Estado cumpla sus promesas.

Los damnificados conformaron los cinturones de miseria que rodean hoy al área, estableciéndose en sectores de escarpa. La tragedia no solo los despojó de un hogar, sino que los condenó a una lucha diaria por la supervivencia.
Las obras de mitigación han avanzado en algunos puntos críticos, pero el peligro no desaparece. Según estudios recientes del Área Metropolitana de Bucaramanga, aún hay cerca de 20 barrios en riesgo de inundación: Girón encabeza la lista con 7.689 edificaciones en amenaza alta y 1.800 en amenaza media; y en Bucaramanga, tres sectores urbanizados permanecen en zonas inundables, poniendo en riesgo a más de 2.000 personas.
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El caso de María Hernández ilustra la dolorosa realidad de muchas víctimas. En 2005 perdió su casa en la creciente del referido afluente. Años después, fue reubicada en una zona que, irónicamente, también se inundó. Hoy sigue viviendo en un sector de alto riesgo porque no tiene otra opción. Su historia, como la de tantas otras personas, evidencia la fragilidad de las políticas de reubicación y la falta de cumplimiento de la normativa sobre rondas hídricas, un marco regulador que, según expertos, no se aplica en ninguno de los municipios afectados.
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Girón y Bucaramanga crecieron, el tiempo transcurrió, pero la memoria de aquella tragedia está intacta. Los afectados no solo piden recordar, sino actuar. La prevención es una prioridad.

Mientras el Río de Oro siga siendo una amenaza y las familias desplazadas sigan esperando soluciones definitivas, la tragedia de aquel 12 de febrero de 2005 no será solo un capítulo del pasado, sino una advertencia constante sobre lo que puede repetirse.
Este miércoles, al recordar esta fecha fatídica, cabe preguntarse: ¿se ha aprendido la lección? La vulnerabilidad es real y la gestión del riesgo sigue siendo una tarea pendiente.

















