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Viernes 01 de mayo de 2026 - 01:00 AM

1 de mayo: entre molinos invisibles

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Cada primero de mayo de repite un ritual que oscila entre la memoria y la inercia. Se evocan luchas históricas, reivindicación de derechos y pronunciamiento de discursos que, aunque pertinentes, parecen desconectados de la experiencia cotidiana y de la realidad actual. La figura clásica del trabajador con casco, uniforme o pancarta ha mutado silenciosamente. Hoy, el escenario laboral se desplaza hacia escritorios virtuales, agendas saturadas y notificaciones incesantes. El lenguaje del trabajo sigue siendo el mismo, pero su realidad ha cambiado de forma más profunda de lo que estamos dispuestos a admitir. Quizá por eso urge repensar su sentido y sus límites.

En este nuevo paisaje, el conflicto ya no siempre es visible. El colaborador contemporáneo rara vez identifica con claridad a su adversario. No hay fábricas que tomar ni jornadas que delimiten el inicio o el fin del esfuerzo. La jornada laboral se diluye en la conectividad permanente y, muchas veces, son los trabajadores quienes permiten que invada el tiempo personal, redefiniendo el descanso como una extensión improductiva. La precariedad en este contexto se mide tanto en ingresos como en la fragmentación de la atención, fatiga acumulada y la dificultad para desconectarse.

La metáfora quijotesca resulta, entonces, más vigente que nunca. Si antes se luchaba contra molinos creyéndolos gigantes, hoy enfrentamos dinámicas que se presentan como inofensivas métricas de rendimiento, discursos de autoexigencia, promesas de éxito y que, en muchos casos, terminamos interiorizando sin cuestionar. Como lo insinuaba Miguel de Cervantes, no siempre el error está en lo que se ve, sino en cómo lo interpretamos. La trampa radica tanto en la carga laboral como en la narrativa que la legitima. Durante mucho tiempo se enseñó que el trabajo dignifica, pero se pasó por alto que, sin límites claros, también puede consumir, desdibujar y vaciar cuando se convierte en el eje exclusivo de la identidad.

Sin embargo, reducir el trabajo a una fuente de alienación sería simplificar un fenómeno complejo. Trabajar también implica resistir, crear, dejar huella. El problema emerge cuando esa dimensión se absolutiza y desplaza otras formas de existencia. La hiperproductividad en la medida en que se termina midiendo el propio valor en términos de eficiencia. En ese marco, la pregunta ya no es cuánto se trabaja, sino qué lugar ocupa el trabajo en la arquitectura de la vida.

Tal vez, en este primero de mayo, la conmemoración más urgente sea la de recuperar preguntas fundamentales. ¿Para qué se trabaja? ¿A qué costo se sostiene la rutina? ¿Qué parte de la vida queda fuera del circuito de la productividad? La verdadera batalla del trabajador contemporáneo, en medio de la inestabilidad, informalidad y sobreexigencia, se libra en la conciencia y en las decisiones cotidianas sobre cómo se habita el trabajo. Y acaso el gesto más radical no sea producir más ni resistir en silencio, sino recordar con lucidez que el trabajo debe ser un medio y no el límite de lo que se es.

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