Bucaramanga
Lunes 21 de abril de 2025 - 02:13 PM

La revolución del “quién soy yo”: Francisco, el papa que habló sin miedo

“Dios no tiene varita mágica”… pero Francisco sí dejó milagros de humanidad. Recopilamos las frases más famosas del Sumo Pontífice. Veamos:

Papa Francisco (q.e.p.d.)
Papa Francisco (q.e.p.d.)

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Jamás un Santo Padre había sido tan claro con la inclusión ni mucho menos se había atrevido a hablar al amor entre personas del mismo género. De igual forma, dijo que ‘Dios no era un mago ni tenía una varita mágica para solucionarlo todo’ y hasta ‘le tiró las orejas’ a los sacerdotes que ‘predican, pero no practican’; es más, dijo que si las mujeres fueran ‘papas’ no habría tanto lío en el Vaticano. También abogó por los migrantes. La verdad, Francisco, el primer jesuita, dejó una marca imborrable en la historia de la Iglesia Católica.

Durante doce años de pontificado, caminó con el corazón abierto, impulsado por la misericordia, la apertura al otro y una fe profunda en la dignidad de cada ser humano.

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Este lunes 21 de abril, su presencia terrenal se despidió tras una dura batalla en el hospital, pero su palabra -valiente, luminosa y profundamente compasiva- sigue viva, como un eco que acompaña y guía.

Desde los primeros momentos, Francisco abogó por una Iglesia abierta, que caminara junto a los más necesitados, que no levantara muros sino que tendiera puentes. “Es violencia construir barreras para detener a quienes buscan un lugar de paz”, decía con convicción, y su voz se alzaba cada vez que una persona era rechazada por ser distinta. “Si una persona es gay y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. No fue solo un gesto de apertura, fue una revolución en el corazón mismo del Vaticano.

Francisco soñaba con una Iglesia más femenina, más humana. “Tenemos que seguir luchando por los derechos de la mujer, porque la mujer es un don”, afirmaba, y desafiaba estructuras antiguas diciendo sin rodeos: “Creo que sería menos conflictivo en la Curia si hubiera más mujeres”.

En un mundo sacudido por guerras y tensiones, no dejó de alzar su voz por la paz. “La guerra es una derrota, toda guerra es una derrota”, repetía mientras lamentaba los horrores en Ucrania, los ríos de sangre y lágrimas que allí se derramaban. En su mirada no había espacio para la indiferencia. “Que cesen las armas, por favor”, pedía al mundo con una urgencia desarmante.

Francisco se nos ha ido, dice el mundo católico.
Francisco se nos ha ido, dice el mundo católico.

Tampoco calló frente al dolor del planeta. En su encíclica Laudato Si’, Francisco nos advirtió del desastre ecológico con palabras crudas pero necesarias: “La Tierra, nuestra casa, empieza a parecerse cada vez más a un inmenso montón de porquería”. Su preocupación por el medio ambiente no fue una moda: fue un grito ético, una llamada a la conversión profunda. “Nuestro estilo de vida contemporáneo, por insostenible que sea, no puede sino precipitar catástrofes”, advertía.

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Pero ni la ciencia ni la fe escaparon a su mirada reconciliadora. “El Big Bang no contradice la intervención creadora de Dios, al contrario, la requiere”, dijo, enseñando que no hay conflicto entre evolución y creación, sino un misterio compartido que nos habla de sentido. “Dios no es un mago con una varita mágica”, explicaba, abriendo la mente y el corazón a una comprensión más profunda y amorosa de lo divino.

Siempre tuvo un lugar para los que sufren, los marginados, los excluidos. “Es hipocresía llamarse cristiano y echar a un refugiado, o a alguien que tiene hambre”, decía con firmeza. Y hablaba de la drogadicción como un mal con el que no se puede transigir, sin ceder a la falsa compasión que ignora el dolor real de las personas atrapadas en esa oscuridad.

Francisco fue un pastor que no temía mojarse los pies en los charcos del mundo. Su papado fue una peregrinación hacia lo humano, hacia lo esencial. Hoy, su partida deja un vacío, pero también una llama encendida. Su voz no se apaga, porque sigue viva en quienes aún creen que la compasión es revolucionaria, que la ternura es un acto político, y que la fe, lejos de excluir, debe abrazar. Su legado no cabe en un epitafio, es un camino abierto e incluso un gran llamado a seguir soñando.

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