Notas de vida y superación: Benjamín Enrique Moreno Peñaloza y su concierto de esperanza.

Entre ovaciones y miradas que contenían lágrimas de orgullo, Benjamín Enrique Moreno Peñaloza recibió, en la Universidad Autónoma de Bucaramanga, UNAB, su título como Máster en Música. Es un diploma que pesa no por el papel, sino por todo lo que representa: la historia de una vida tejida con notas de esfuerzo, silencios de lucha y armonías de amor de familia incondicional.
Benjamín Enrique es el primer estudiante con diagnóstico del espectro autista en obtener este grado en la UNAB. Y con ello, no solo se gradúa un músico: se abre camino a nuevas formas de mirar la educación, la inclusión y el talento diverso.
Su historia es un himno a la superación, un canto que nos invita a escuchar con el corazón más que con los prejuicios.
Desde niño, Benjamín mostró una sensibilidad especial por los sonidos. Su formación comenzó en el Colegio de Las Américas, y desde allí su alma fue afinándose con cada clase. Luego cursó programas de extensión en la Universidad Industrial de Santander, donde dio sus primeras notas formales en violín, piano y solfeo.

Su pasión por la música fue creciendo hasta llevarlo a cursar la carrera profesional en la UNAB y, más tarde, a consolidar ese camino con la Maestría en Música.
Nada de esto fue fácil. Cada etapa trajo sus propios retos: académicos, personales y sociales. Pero también, cada obstáculo fue transformado en oportunidad gracias a su constancia, al acompañamiento comprometido de sus docentes y al amor profundo de sus familiares.
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A su lado, siempre firme, estuvo su madre, Elsa Peñaloza, quien se convirtió en su bastón, su intérprete del mundo y su guardiana de sueños. Y en cada logro de Benjamín también late el recuerdo imborrable de su padre, Nelson Moreno, recientemente fallecido, pero presente en cada composición, en cada aplauso, en cada mirada que al cielo le dice: “Lo logramos”.
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Este título es mucho más que un grado académico. Es una declaración de posibilidades. Es una invitación a las instituciones educativas, a los artistas, a la sociedad entera, a creer y a abrir puertas. Porque la música de Benjamín Enrique no solo suena en los salones y escenarios: su música resuena en las conciencias.

Gracias, Benjamín, por enseñarnos que el alma no tiene límites, que el arte no entiende de diagnósticos, y que con amor, disciplina y esperanza se puede componer la más hermosa sinfonía de vida.
Hoy, maestro, le rendimos homenaje con el corazón abierto. Y que nunca deje de sonar su música. ¡Felicitaciones!














