El boxeo santandereano se puso de pie para rendir tributo a uno de los grandes: Rafael Luna, leyenda viva del ring, quien el pasado 19 de mayo cumplió 84 años. Él festejó entre abrazos, recuerdos y ecos de guantes antiguos.

El viejo gimnasio de boxeo de la urbanización Bucarica se puso de nuevo los guantes y, tras una emotiva ceremonia, sonó la campana de la nostalgia. Las voces roncas de los entrenadores y el eco de los pasos sobre la lona se mezclaron para rendir homenaje al mítico Rafael Luna, un hombre que hizo del boxeo su vida entera. Él celebró sus 84 años rodeado de amigos, leyendas y hasta de ‘rivales’.

Fue una singular velada de combate, y en el ring flotaba la dulce tensión de los días grandes de este gran deportista.
Boxeadores retirados, jueces, entrenadores y promotores se dieron cita para rendir tributo al más aguerrido de todos. Porque si alguien representa la historia viva del boxeo en Santander, ese es Rafael Luna: el bumangués que nació el 19 de mayo de 1941 entre flores vendidas en el Cementerio Central y golpes repartidos con coraje por toda Colombia.
La jornada fue un reencuentro con los tiempos en que el boxeo no era negocio, sino pasión. Luna, con su voz aún firme y la mirada chispeante, fue el centro de una ceremonia cargada de emociones, donde los aplausos sonaban como en los viejos tiempos.
“Gané el título nacional el 22 de noviembre de 1962, contra Álvaro ‘Torito’ Castro”, recordó Luna con orgullo, con la misma emoción con la que antes vendía sus propias boletas por las calles de Bucaramanga.
En ese entonces no había promotores ni empresas detrás: él mismo pegaba los carteles, contrataba árbitros, vendía entradas y, después, se subía al ring ‘a dar la pelea’.
Su carrera, más que una hazaña deportiva, fue un acto de resistencia y amor puro por el boxeo. Combatió en tiempos duros, cuando no abundaban los guantes ni los patrocinios. Le tocó abrirse paso entre las sombras, a puño limpio.
Enfrentó a gigantes como Antonio “Mochila” Herrera y Germán Gastelbondo. Aguantó los embates de Rodrigo “Rocky” Valdés, antes de que este se convirtiera en campeón mundial.
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Y aunque su récord profesional sumó apenas 20 peleas, su huella quedó más allá del cuadrilátero.
Eso sí, su segunda vida -la de entrenador y promotor- fue tal vez aún más significativa. Porque Luna no se retiró, se transformó. Fundó clubes, montó funciones, enseñó a niños en barrios polvorientos y llevó el boxeo a donde nadie lo imaginaba: Cimitarra, Vélez, San Vicente, Zapatoca... en fin, pueblos en los que el ring era apenas una idea lejana hasta que él llegaba con sus guantes y su entusiasmo inagotable.
Fue entrenador de selecciones Colombia, árbitro continental desde los Panamericanos de Cali en 1971, y guía de generaciones enteras. En siete ocasiones comandó equipos nacionales, incluso en Costa Rica, en el Torneo Centroamericano y del Caribe de 1987. Pero, aún más que eso, fue el alma de una tradición que se negaba a desaparecer.
En su historia profesional caben todas las funciones que un deporte puede dar: boxeador, juez, entrenador, promotor, empresario, vendedor de boletas y, sobre todo, soñador incansable.
En la esquina del gimnasio de boxeo del Bucarica, mientras recibía abrazos, evocaba anécdotas y compartía su torta de cumpleaños.

Luna recordó aquella primera vez en San Cristóbal, Venezuela, en 1957, cuando un muchacho flaco se puso por primera vez unos guantes. Desde entonces, no ha dejado de pelear, y eso lo saben bien quienes le rindieron el homenaje. Porque Rafael Luna no solo forjó su leyenda a punta de combates: la construyó con dignidad y esfuerzo, y jamás tiró la toalla. ¡Y esa es una victoria que nunca se pierde!


















