Ladislao Gutiérrez lo escribió mil veces y aún resuena en la memoria de muchos: Lea, que no era solo un verbo, era una firma en la pared. Con su mano él hizo grafitis de conciencia y poesía de calle. Esta es un entrañable historia:

Hay nombres que se quedan grabados en el corazón, pero también en los paredones, en los portones y en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de cruzarnos con ellos. Uno de ellos es el de Ladislao Gutiérrez, ese hombre de saco y corbata, de gafas gruesas y paso lento, que durante años escribió la palabra Lea.
No era solo un mensaje. Era una súplica elegante y persistente, un acto de rebeldía contra la ignorancia. Desde 1972 hasta el año 2001, Ladislao fue el profeta urbano de la lectura, el poeta del asfalto y el grafitero del pensamiento.
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Él no pedía dinero ni buscaba fama. Solo quería que leyéramos. Con su dedo inquieto y revolucionario, dejaba esa palabra en cualquier superficie que encontrara: muros, asientos, andenes, baños públicos.

Se trataba de una palabra, escrita con letra cursiva impecable, que terminaba en una firma que se volvió parte del paisaje.

Los que pasamos los cuarenta aún lo recordamos. Tal vez no sabíamos su nombre, pero sí nos topamos con su mensaje. Lo vimos en las calles y lo llevamos sin darnos cuenta en la conciencia. Lea, decía Ladislao, y muchos de nosotros, sin saber por qué, comenzamos a hacerlo.
Su historia comienza en Chinácota, pero su cruzada la emprendió en Bucaramanga y la llevó más allá: Bogotá, Cartagena, Cúcuta, incluso Venezuela y Ecuador. No había frontera para su causa. Porque para él, cada calle era una página en blanco, y cada muro, un capítulo esperando ser escrito.

No estuvo solo al principio. En febrero de 1972 se unió a dos cómplices de noble locura: su primo Olmedo Gutiérrez y su amigo Rozo Julio Anaya. Juntos declararon la guerra a la indiferencia, al desgano, al olvido de los libros. Pero cuando la muerte se llevó a sus compañeros, Ladislao no se rindió. Juró seguir escribiendo hasta el último aliento. ¡Y así lo hizo!
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Lo apodaban el “profesor de lectura callejero”. Lo veíamos ‘acosar’ barrios enteros con esa palabra como escudo y lanza. Se sentaba con universitarios, conversaba con estudiantes, les hablaba de Nietzsche y de los caminos que se abren con una buena lectura. Su lema completo era sencillo, pero poderoso: “¡Lea, escriba y triunfe!”.
Algunos se burlaban, lo llamaban loco. Él sonreía, daba vueltas al dedo cerca de la oreja, como diciendo: “Los locos son los que no leen”.

Y tal vez tenían razón. Porque Ladislao no era de este mundo. Era de ese universo donde los libros son mapas, las palabras son armas, y la ignorancia es el único enemigo real.
Ladislao murió en 2001, a los 90 años. Pero dicen que en el más allá, sigue escribiendo lea con las estrellas. Que a veces, si uno anda con el corazón abierto, escucha su voz en el viento, susurrando esa palabra.

A las nuevas generaciones, tal vez su nombre no les diga nada. Pero si miran bien los muros, si leen entre líneas, si se permiten el lujo de la nostalgia, quizás encuentren esa vieja palabra escrita con el alma: “Lea”.

















