El exdirector de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Alexei Julio Estrada, advierte sobre la emergencia climática. Chile y Colombia preocupados por el cambio climático.

Durante siglos, nos hemos creído dueños y no hijos de la Tierra. Hemos talado sus bosques como si fueran maleza, envenenado sus aguas como si fueran pozos sin memoria, incendiado sus pulmones verdes como si fueran leña sin valor. Esa desobediencia, disfrazada de progreso, hoy se convierte en sentencia. La naturaleza —silenciosa durante tanto tiempo— nos está hablando con tormentas, derrumbes, inundaciones y sequías. Y ya no susurra… grita.
Hubo quienes, incluso desde las más altas tribunas del poder, negaron lo evidente. Líderes como Donald Trump llegaron a tildar el calentamiento global de fábula inventada, de fantasma sin rostro. Hoy, esa supuesta falacia se ha vuelto un monstruo real que amenaza con devorar el futuro. El clima no olvida y está cobrando, con intereses, cada año de descuido.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos, consciente de que este ya no es un problema lejano sino una herida abierta, respondió a la consulta de Chile y Colombia sobre la Emergencia Climática y los Derechos Humanos. Su voz, en la Opinión Consultiva del 29 de mayo de 2025, no dejó lugar a dudas: vivimos una emergencia global, forjada por manos humanas y repartida de forma desigual. Los más vulnerables —aquellos con menos recursos, menos defensas y menos voz— cargan el peso más brutal.
Lo vemos en nuestras ciudades y campos: barrios enteros tragados por crecientes, laderas que se deslizan sobre casas humildes, montañas que pierden su piel verde. La CIDH alerta sobre tres claves de esta crisis: la urgencia de actuar, la gravedad de los impactos y la complejidad de las soluciones. Y advierte que América Latina y el Caribe, con su alta exposición a los fenómenos del cambio climático y su profunda desigualdad social, están en el ojo del huracán.


Vivimos una emergencia global, forjada por manos humanas y repartida de forma desigual. Los más vulnerables —aquellos con menos recursos, menos defensas y menos voz— cargan el peso más brutal.

No es casual que en las calles aparezcan campañas que nos recuerdan que el derecho a un ambiente sano es tan vital como el aire que respiramos. Es un derecho fundamental, universal, que se entrelaza con otros: salud, vida, integridad. Y en un paso histórico, la jurisprudencia ha reconocido que la naturaleza y sus componentes son sujetos de derechos. No es una metáfora romántica: es una necesidad urgente para proteger los sistemas ecológicos que nos sostienen.
Este 13 de agosto, en el auditorio mayor Carlos Gómez Albarracín de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, Unab, el ex director de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Alexei Julio Estrada, recordará que preservar la naturaleza no es un gesto de buena voluntad: es preservar las condiciones mismas que hacen posible nuestra existencia. Porque si algo debemos comprender, es que el planeta no nos pertenece… nosotros le pertenecemos a él.















