El corredor Palenque–Zipaquirá no solo conecta territorios: también revela el abandono oficial y, entre sus kilómetros, también guarda testimonios de vida. Uno de ellos es el Julio Cesar Velandia.
En una pequeña casa roja con techo de ladrillo, de esas que parecen sacadas de una película, se esconde un secreto: en la parte trasera, un mirador deja ver las majestuosas montañas de Santander.
Allí, en el municipio de Confines, vive Julio César Velandia, propietario de La Pitahaya, un parador y mirador ubicado en el kilómetro 10 de la vía Oiba–Socorro, un corredor nacional que conecta a Bucaramanga con la capital, Bogotá.
Desde hace seis años, Julio, oriundo de Armenia, Quindío y su esposa, María Estela Agudelo de Oiba, Santander, han convertido este lugar en un punto obligado para los viajeros. En su menú se ofrece cuajada con arequipe, con mora, con melao’, con piña o con fresas; torta de cuajada, helados artesanales de arándanos y las tradicionales obleas.
Julio es un hombre conversador. Bastan un par de minutos para entablar confianza. En la región todos lo conocen, no solo por su negocio, también por su buena actitud y su inseparable Renault Clio, con el que ha recorrido la peligrosa carretera que pasa frente a su parador.

“Andar por esta vía es hacer peripecias”, dice con firmeza. Los accidentes son frecuentes y él mismo ha estado a punto de vivir tragedias. “Mi carro ya tiene dos rines que debo cambiar, cada uno cuesta quinientos mil pesos. También tiene un golpe por frenar en seco”.

Amigos y conocidos lo llaman desde San Gil o Socorro para decirle que prefieren no viajar hasta su negocio por el mal estado de la carretera: los huecos y los hundimientos han convertido el trayecto en un riesgo. Aun así, él debe recorrerla con frecuencia para comprar lo insumos de su negocio, aunque en los últimos meses ha optado por comprar en el municipio de Oiba, donde el camino, aunque también con hundimientos, no tiene tantos huecos, enfatiza Julio.
Pero no solo la carretera le preocupa. Tres veces han robado su negocio; en una de ellas, fueron intimidados con un arma de fuego. También han sufrido hurtos en su casa: desde un televisor hasta algunos productos que preparan para vender. El miedo persiste, aunque la esperanza de soluciones reales aún lo mantiene firme.
A pesar de todo, Julio y María Estela le siguen sonriendo a la vida. Sueñan con ampliar La Pitahaya, abrir un asador donde ella pueda cocinar y seguir recibiendo a quienes, entre la agitada carretera, se detienen a contemplar la vista, probar un postre casero y sentir la delicia de Santander.













