En la sección de ‘Bucaramanga, Ayer y Hoy’, evocamos el Coliseo de Ferias y los recuerdos que aún cabalgan en la memoria de los santandereanos.

Basta con cerrar los ojos y evocar aquellos septiembres en que Bucaramanga olía a heno, a establo y a lechona recién salida del horno. En el remate de la calle 28, donde hoy se levanta la urbanización Paseo de La Feria, se agolpaban corrales improvisados, porquerizas, caballos briosos y la algarabía de la gente que llegaba desde todos los rincones de Santander.
Desempolvando la historia, hay que recordar que la Feria vio la luz a finales de los años 40, cuando el bullicio de las mulas, el relincho de los caballos y el pregón de muchos impregnaban de fiesta un paraje aún despoblado, a las afueras de lo que hoy conocemos como la escarpa occidente de Bucaramanga.

Y el certamen echó raíces en un descampado terreno, no por azar, sino porque aquel pedazo de ciudad era entonces tierra barata, tierra de nadie y casi olvidada. En sus calles polvorientas comenzaron a asentarse los labriegos que llegaban con sus familias desde rincones de otras tierras del país. Traían consigo no solo sus hatos, sino también la memoria viva de sus pueblos: acentos distintos, olores a maíz tostado y panela recién molida.
Poco a poco, aquel lugar humilde se fue tiñendo de vida y bullicio, hasta convertirse en escenario de encuentros, trueques y nostalgias. Allí, bajo el sol ardiente y entre aromas de establo, se encontraban ganaderos venidos no solo de Santander, sino también de los llanos del sur del Cesar y las riberas del Magdalena Medio.
Eran días de regateo, de exhibiciones y de amistad forjada entre manos callosas. Con el tiempo, aquel rincón polvoriento y festivo se ganó un nombre propio: el barrio La Feria, bautizado en honor a aquella cita que cada año devolvía a la ciudad el eco del campo.

También hay que mencionar que en ese entonces dos Ferias, la Ganadera y la Bonita, eran una sola y tenían su corazón en un viejo Coliseo, un recinto que, sin techo al comienzo, se convirtió en epicentro de una gran fiesta popular.
Incluso, la comunidad del barrio La Feria creció en medio de ese bullicio. Cada septiembre, las calles se vestían de fiesta y se taponaban con multitudes que acudían a ver el desfile de animales, las exposiciones, las curiosidades que iban desde artesanías campesinas hasta espectáculos insólitos, como la recordada “niña con cuerpo de araña”.
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El jolgorio parecía no tener fin. Allí mismo, entre el humo y el sabor, nació también una tradición gastronómica que hoy es orgullo bumangués: la lechona. En aquellas tardes interminables, Don Lucho, pionero del gremio, comenzó a vender un plato que pronto conquistó paladares y sembró una estirpe de lechoneros que se extendería por toda la ciudad e incluso por todo el mundo.

A inicios de los años setenta, la feria empezó a vestirse con ropajes de modernidad. El bullicio de la plaza cambió de cara cuando, por mandato del entonces alcalde José Luis Mendoza (q.e.p.d.) se levantó un amplio techo que resguardaba del sol y la lluvia a los pregones y alborotos, mientras en el costado occidental brotaban nuevas construcciones que daban aires renovados al recinto ferial.

Con el tiempo, el viejo coliseo fue remodelado, se remodeló su infraestructura y se modernizaron sus instalaciones. Pero la vida cambió rápido. Hacia mediados de los años 90, la feria se trasladó a Cenfer, en Girón, y la antigua Plaza de Ferias quedó atrás.

En 2003, sobre ese terreno se levantó una urbanización de viviendas de interés social: el Paseo de La Feria, donde hoy las familias conviven en lo que antes fue espacio de ganado, comerciantes y parranderos.
Sin embargo, la memoria no se borra. Los vecinos más antiguos aún cuentan cómo las casas se llenaban de visitantes, cómo los niños correteaban entre los corrales y cómo el barrio entero olía a fiesta.

Hoy, cuando la Feria Ganadera abre sus puertas en Cenfer, con amplios pabellones, conciertos, exhibiciones de caballos de paso, artesanías y atracciones para toda la familia, muchos no dejan de suspirar por aquel ayer que parecía más ruidoso, más cercano y entrañable.
Porque aunque el presente luce moderno y organizado, el recuerdo de la vieja calle 28 -con sus borbotones de gente, sus animales y su música improvisada- sigue vivo.

En Bucaramanga, la Feria cambió de escenario, pero no de alma: cada septiembre revive, como entonces, el espíritu alegre y bullicioso de una ciudad que aprendió a celebrar la vida al ritmo de su tradición ganadera, que este año irá del 12 al 21 de septiembre.















