Esta es la historia de Jhoany Rodríguez, un hombre que, como muchos en la región, vive de la dura pero indispensable labor de la tierra.
En medio de los majestuosos paisajes de Berlín, en Santander, es común ver a lo lejos, bajo la lluvia y el sol, a los agricultores trabajar en la tierra. Personas que, como Jhoany Rodríguez Jaimes, agricultor de papa, cebolla y fresa, dedican sus días, o más bien, su vida al campo.
Él vive en el sector de La Primavera y hace parte de una asociación de agricultores que abastece a grandes cadenas de alimentos del país.
En medio del esfuerzo y la constancia, Jhoany ha logrado construir una vida estable junto a su familia, con quienes vive desde hace más de cuarenta años. Su padre, además, es el dueño de la tienda La Primavera, un punto de encuentro donde los vecinos se saludan, conversan y comparten las noticias del día.
Cuando se le pregunta por el futuro de la papa, su respuesta es clara: “El precio nos va a llevar a la quiebra”. La fresa tampoco está mejor. Y como si eso no fuera suficiente, mientras los cultivos luchan por mantenerse rentables, los campesinos de este sector enfrentan otro obstáculo: las carreteras.
“Hace más o menos un año que no reparchean aquí”, comenta, señalando la carretera deteriorada que pasa junto a su casa.
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Él se refiere a la vía que desde Bucaramanga conduce a Cúcuta, una vía fundamental para transportar alimentos y conecta el Gran Santander, pero que sin embargo, es un corredor vial que lleva esperando más de quince años para convertirse en doble calzada.

“Le hacemos un llamado al Gobierno: si en realidad planean hacer una doble calzada en esta vía, que no le mamen gallo a la gente del campo y menos a los transportadores”.

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Pero eso no es todo, la falta de atención en salud es una de sus mayores preocupaciones. “Ya no tenemos ambulancia en la vía”, explica. “Cuando hay un accidente, tiene que venir una del municipio más cercano, y se demora más. Eso puede definir si la persona llega con vida o no al hospital”.

“Hace un día hubo un accidente. Uno quisiera ayudar, pero nos dicen que es peor, porque si la persona llega a morir, la responsabilidad cae sobre uno”.

Antes de dedicarse por completo al campo, Jhoany cursaba el bachillerato. Recuerda, casi con timidez, que hace poco presentó el ICFES y obtuvo el puntaje necesario para estudiar medicina, una de las carreras más exigentes del mercado.
“Desde el colegio, siempre quise ser médico, pero nunca pude lograrlo por falta de recursos”, confiesa. Hoy su hija, de doce años, comparte ese mismo anhelo. “Cumpliré mi sueño a través de ella”, dice, sonriendo.
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Pese a las dificultades, Jhoany conserva la serenidad que parece propia de quienes han aprendido a vivir al ritmo de la tierra. “La tranquilidad es lo que más me gusta del campo”, asegura. Y sí, basta escucharlo unos minutos para entenderlo: habla pausado.















