En Bucaramanga, las personas en situación de discapacidad enfrentan huecos, rampas mal hechas y aceras rotas. En cada esquina hay un obstáculo para quienes deben recorrer la ciudad desde una silla de ruedas.

Juan Mondragón siempre debe movilizarse por las congestionadas calles céntricas de Bucaramanga. Lo hace sobre una silla de ruedas que, con el tiempo, se ha vuelto una extensión de su cuerpo. Sus manos empujan los aros metálicos, sorteando huecos, esquivando carros mal parqueados y ventas estacionarias, buscando, con paciencia y resignación, los pocos andenes que aún le permiten pasar.
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Cada mañana, cuando sale de su casa con los billetes de lotería bajo el brazo, Juan sabe que no enfrenta solo el reto de vender esos números de la suerte para sobrevivir, sino el de abrirse paso en una ciudad que parece negarle el derecho a movilizarse plenamente.
En la calle 36, entre carreras 13 y 15, su rutina se convierte en una carrera de obstáculos: aceras rotas, desniveles imposibles, rampas que terminan en un muro o que, sencillamente, no existen.

Juan tuvo poliomielitis cuando era niño. Desde entonces, la silla ha sido su compañera inseparable. Pero lo que más le pesa no es el metal ni el esfuerzo físico, sino las barreras que la ciudad levanta frente a él cada día: un andén ocupado por ventas ambulantes, un bus que no se detiene porque “no puede subirlo” o una rampa improvisada que se vuelve trampa.
A veces, cuenta, tiene que bajarse de los andenes para avanzar por la calzada, arriesgando su vida entre el tránsito: “Uno termina acostumbrándose a que lo miren raro o a que lo esquiven como si estorbara. Lo peor es sentir que uno no pertenece, que el espacio público no está hecho para uno”, confiesa mientras acomoda el fajo de billetes de lotería que vende en los semáforos.
Su historia es la de cientos de personas en situación de discapacidad. Personas que, como él, enfrentan obstáculos, sumados a la indiferencia social y a la falta de voluntad política.

Bucaramanga, como tantas otras ciudades del país, no está pensada para ellos. Las normas existen, los decretos están firmados, pero la realidad es otra: aceras convertidas en bodegas, rampas ocupadas por motos, señalizaciones borradas y un transporte público que sigue sin ser verdaderamente accesible.
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Juan ha presentado quejas, ha hablado con funcionarios, ha escuchado promesas. Nada cambia. “Hablan bonito el 3 de diciembre —dice, refiriéndose al Día Internacional de las Personas con Discapacidad—, pero el resto del año nos dejan olvidados”.
Lo más duro, asegura, no es el obstáculo físico, sino el emocional: el aislamiento, la sensación de que la ciudad lo expulsa poco a poco: “A veces me toca pedir ayuda para subir un andén o entrar a un local, y no siempre hay quien la dé. Algunos miran, se hacen los que no ven. La solidaridad también tiene rampas que muchos no suben”, dice con un tono triste.
Cada metro que avanza es una pequeña victoria sobre un entorno difícil. Su silla rueda con dificultad, pero también con dignidad.

Bucaramanga sigue llena de barreras urbanas. Mientras tanto, Juan Mondragón continúa su recorrido diario, empujando su silla y su destino, recordándole a la ciudad que la libre locomoción no debería ser un privilegio, sino un derecho.
Porque detrás de cada hueco en el pavimento, de cada andén destruido o de cada venta ambulante que bloquea el paso, hay una historia como la suya: la de un hombre que solo anhela desplazarse con la misma libertad con la que otros caminan sin pensar en los obstáculos.

















