Las clases de modas dan el salto del aula a la pasarela, resaltando el arte y el patrimonio santandereano.

El aula parecía tener pulso propio. Entre rollos de tela, manchas de pintura fresca, retazos, máquinas, afiches y conversaciones que iban y venían como pinceladas, los estudiantes de Diseño de Modas de las Unidades Tecnológicas de Santander, UTS, descubrían que una prenda podía ser mucho más que hilo y aguja.
El proyecto Wearable Art en la Moda Santandereana les abrió una ventana: la de convertir el cuerpo en un lienzo vivo, un territorio donde el patrimonio del departamento se mezclaba con una mirada artística.

Todo nació en una celebración particular en ese centro de educación superior: los 40 años de trayectoria de María del Pilar Gómez, artista de energía desbordante y color desafiante.
Las figuras de los jóvenes y los modelos, su forma de capturar la sensualidad humana en cada trazo, se hicieron guías y pretextos para que los jóvenes exploraran otras formas de ver y sentir la moda.
María del Pilar no solo prestó su obra; prestó su mirada, su sensibilidad y esa forma casi intuitiva de encontrar humanidad en cada sombra y en cada luz.
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Durante semanas, los pasillos se llenaron de escenas poco comunes: estudiantes de primer semestre investigando la vida de la artista como si fuera un mapa por descifrar; otros extendiendo metros y metros de tela para intervenirlos bajo la asesoría directa de Pilar; otros tantos hilando ideas, colores y emociones para traducirlas en diseño.
Mientras las manos cortaban, cosían y experimentaban, pasaba algo más cercano: los estudiantes aprendían a trabajar juntos, a escuchar al otro, a liderar y a comunicar sin perder la esencia.
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Entre docenas de propuestas, los nombres de docentes, diseñadores y arquitectos -como Luz Adriana Gualdrón, Juan Alejandro Cano, Hugo Gómez, Melissa Ochoa, Marly Rivera, Manolo Flórez, Leyla Rangel y Ángela Sepúlveda- se tejieron también en el proyecto, sumando investigación, técnica y sensibilidad para dar vida a más de 40 piezas bajo la curaduría de la arquitecta María Angélica Rivas.

Al final, cuando las prendas estuvieron listas y el aula se transformó en un escenario, tipo pasarela, quedó claro que Wearable Art no era solo un ejercicio estético: era un gesto profundo hacia la identidad santandereana. Una manera de decir que el arte local vibra, respira y se reinventa.
















