De palabra ancestral a Ciudad Bonita: evocamos los lemas que han caracterizado a la capital santandereana. ¿Cuál ha sido el que más le ha agradado? Escríbanos su respuesta al siguiente correo: eardila@vanguardia.com

Cada ciudad guarda un alma que no se deja encerrar en un solo nombre. Es una suma de voces, de épocas, de gestos cotidianos y de palabras que la gente repite hasta hacerlas propias.

Bucaramanga, que hoy celebrará 403 años de su bella historia, es también una ciudad contada a través de sus lemas, esos apelativos que han ido cambiando con el tiempo y que revelan cómo se ha visto a sí misma y cómo ha querido ser recordada.

En Colombia, además, existe una tradición entrañable: bautizar las ciudades con sobrenombres que nacen del cariño, de la admiración o de la esperanza. Bucaramanga no escapó a esa costumbre y, por el contrario, la hizo suya con creatividad y orgullo.
Antes de ser lema, marca o eslogan, Bucaramanga fue palabra ancestral. Su nombre se presume nacido del idioma guane, tejido por quienes habitaron estas tierras mucho antes de las campañas coloniales. “Bucar”, señor; “amanga”, casa: la casa del señor. O, como diría la tradición, la casa de la señora Bucaramanga. Desde ahí, el territorio ya tenía un tono afectivo, casi familiar.
Con el paso de los siglos, ese nombre indígena convivió con otros que reflejaban las prioridades de cada época. En los primeros años de vida colonial, la ciudad fue entendida como un enclave minero, un punto estratégico para la economía naciente. Así se hablaba de ella como la ‘Ciudad del Real de Minas’, una denominación más administrativa que emotiva, pero que da cuenta de sus orígenes formales.
El tiempo, sin embargo, no se detuvo en los metales ni en los títulos oficiales. La capital santandereana fue creciendo, transformándose, encontrando otras maneras de nombrarse.

A medida que la ciudad se expandía, también lo hacía la necesidad de describir su espíritu, de ponerle palabras a lo que se sentía al caminar por sus calles y, en general, por sus travesías.
Llegó entonces un momento simbólico que marcó su paisaje y su memoria: la construcción del Parque Centenario, en 1910. Ese hito urbano no solo celebró el primer siglo de la Independencia, sino que sembró una idea poderosa. Bucaramanga empezó a reconocerse como un lugar donde los parques eran puntos de encuentro, pulmones verdes y escenarios de vida cotidiana.
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De esa relación íntima con los espacios abiertos nació el apelativo de Ciudad de los Parques. ¡Es el que más me gusta! Porque no fue un nombre impuesto desde un escritorio, sino una constatación visible: plazas, alamedas y zonas verdes comenzaron a definir el carácter urbano. La ciudad se pensó a sí misma como un espacio para caminar, conversar y respirar.
Más adelante, la cultura popular aportó nuevas formas de nombrar el territorio. La música, siempre tan cercana al sentir colectivo, le regaló a Bucaramanga un título cargado de poesía: Señora Bucaramanga. En esa canción, la ciudad se volvió mujer, cigarra, palma y belleza serena. Era una forma romántica y orgullosa de decir pertenencia.

En los años setenta, otro rasgo quiso destacarse: el trato amable de su gente. Así apareció el calificativo de Ciudad Cordial, una apuesta por resaltar la simpatía, la cercanía y la hospitalidad del bumangués. No se hablaba de edificios ni de cifras, sino de sonrisas y de gestos sencillos.

Luego, la radio hizo lo suyo. A mediados de los años ochenta, una voz conocida en todo el país pronunció un nombre que terminó por quedarse para siempre. La Ciudad Bonita no nació como estrategia de mercadeo, sino como una expresión espontánea que conectó con lo que muchos ya sentían.
Ese apelativo se volvió identidad nacional. Decir Bucaramanga era decir belleza, no solo por su paisaje urbano, sino por la armonía entre naturaleza y vida cotidiana. La idea prendió porque tenía sustento: árboles generosos, clima amable y una ciudad que, pese a crecer, conservaba una escala humana.

En los años noventa, el ánimo colectivo se inclinó hacia otra emoción: la alegría. Así, Bucaramanga fue llamada Ciudad de la Alegría, en un intento por resaltar su carácter festivo, su vitalidad y su energía social. Era una ciudad que quería mostrarse viva, optimista y abierta.
Con el cambio de siglo llegaron nuevas aspiraciones. La modernidad, la innovación y el desarrollo tecnológico tocaron la puerta, y el nombre de Tecnópolis buscó reflejar ese deseo de progreso. Bucaramanga se pensó entonces como un espacio de conocimiento, educación y futuro.
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Más adelante, el discurso se amplió hacia la competitividad y el emprendimiento. La ciudad quiso reconocerse como un lugar de oportunidades, de talento y de crecimiento económico. Emprendedora y competitiva no fue solo una frase, sino una declaración de rumbo.
Pero más allá de los nombres oficiales, Bucaramanga ha construido su identidad en lo cotidiano: en la devoción por los árboles que sombrean calles y avenidas; en los parques históricos que funcionan como salas de estar urbanas, donde la gente se encuentra sin prisa.
Está en el carácter multifacético de una ciudad cultural, deportiva y saludable; en su capacidad de ser moderna sin renunciar a la nostalgia, de crecer sin olvidar su raíz. Cada apelativo ha sido un espejo de su tiempo, una manera distinta de mirarse.
Hoy, Bucaramanga no necesita elegir un solo lema. Es todos a la vez. Es la casa ancestral, la ciudad minera, la señora cantada, la cordial, la alegre, la emprendedora y, por supuesto, la Bonita.
Celebrar este aniversario es reconocer que los nombres pasan, pero la esencia permanece. Bucaramanga sigue siendo un lugar que se nombra con cariño, que se recuerda con afecto y que se vive con orgullo.















