¿Recuerda cuando le tocaba ‘hacer cola’ para esperar el camión que vendía los cilindros de gas? Lea una nueva historia del pasado de Bucaramanga.

Las jornadas de entonces no eran para cualquiera. Conseguir un cilindro de gas en Bucaramanga implicaba sacrificio, tortura y paciencia. Si en la casa se necesitaba un cilindro de 20 o de 40 libras, la única opción era levantarse de madrugada y asegurar un puesto en la fila.
La llegada de los camiones repartidores de gas propano era incierta y la espera se convertía en un suplicio colectivo. Los vecinos comenzaban a congregarse hacia las 3:00 de la mañana, sin saber con exactitud a qué hora aparecería el vehículo ni cuántas horas pasarían de pie.

Muchos padres enviaban a sus hijos a “guardar el turno” durante largas jornadas en esquinas o puntos específicos del barrio donde solía hacerse la distribución. Faustino Rueda, habitante del barrio Alfonso López, recuerda que “a uno lo mandaban con sueño y todo; tocaba quedarse ahí hasta que sonara la campana del camión, y si se iba, perdía el puesto. Pasaban días enteros sin el servicio”.
Otros puntos habituales de abastecimiento eran la hondonada de La Rosita, el cruce de la calle 45, la zona que bordeaba a Campohermoso, el barrio Morrorrico y la entrada de La Joya, por citar unos cuantos lugares.

Para resistir la espera, algunos improvisaban campamentos: llevaban sillas plegables, cojines y sombrillas para protegerse del sol inclemente o de los aguaceros repentinos. Tampoco faltaban quienes resolvían el transporte de los cilindros con ‘zorras’, intentando que el cargue no fuera tan extenuante.
En medio del cansancio, no había sonido más esperado que el repique de la campana del camión distribuidor: era la señal de que, por fin, el gas había llegado. Aun así, quedaba cruzar los dedos para que el número de bombonas alcanzara para todos.

Aunque las tarifas estaban determinadas por los comités de defensa del consumidor, había que llevar algo de dinero extra. Los $5 o $10 (precios de ese entonces) no bastaban: siempre surgía la “colaboración” o la “mordida” para los camioneros.
Había días en los que, pese a madrugar, no se lograba comprar nada. Mientras la fila se alargaba, los vendedores ambulantes aprovechaban la ocasión ofreciendo helados, gaseosas, empanadas, crispeta o chorizos. Algunos aguantaban el hambre, conscientes de que en casa los esperaban para poder cocinar.
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El riesgo también hacía parte del panorama. Transportar cilindros por las calles, sin medidas de seguridad, era una práctica común y peligrosa. Pero no había alternativa, a menos que se optara por volver a la leña. En ocasiones se presentaban fugas que alarmaban a la comunidad. Para prevenir explosiones, era habitual sellar los orificios con jabón Rey o Azulín.

Este calvario aplicaba solo para los cilindros pequeños. Quienes tenían mejores recursos podían acceder a los de 100 libras, que duraban más de un mes y, además, eran entregados directamente en la vivienda.
Con el tiempo surgieron alivios parciales. Muchas amas de casa empezaron a reemplazar los viejos fogones por estufas eléctricas de dos o cuatro puestos. Aunque no eliminaron el uso del gas, sí sirvieron como alternativa cuando no se conseguía el ansiado cilindro.
A finales de los años 70 y comienzos de los 80, el gas natural empezó a abrirse paso en el país, y Bucaramanga fue una de las ciudades pioneras. Gas Natural S.A. ESP nació el 13 de abril de 1987, con Ecopetrol como principal accionista, para impulsar la infraestructura que permitiría gasificar la ciudad.
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La expansión del gas natural domiciliario en el oriente colombiano se convirtió en la base del crecimiento de empresas como Gasoriente, que en menos de dos décadas lograron desplazar de manera significativa el uso del gas propano.

Hoy las interminables ‘colas’ son cosa del pasado, aunque todavía existen barrios sin conexión a la red; uno de ellos es el sector del Pantano, situado en la escarpa occidente de la meseta.
A diciembre del año pasado se contaban 22 asentamientos de Bucaramanga sin este servicio, por diversas razones. Allí aún llegan cilindros, pero al menos ya no es necesario madrugar para hacer fila. Y eso, sin duda, es un alivio.
















