Bucaramanga
Lunes 02 de febrero de 2026 - 10:25 AM

Cuando no alcanza ni para el ‘corrientazo’

En Bucaramanga, la dificultad económica, el trabajo informal y el costo de la vida hacen que comer tres platos diarios sea casi que un privilegio; para muchas familias, cada día consiste en resistir y seguir adelante.

Julio César Pesca, vendedor ambulante, hace una pausa en su jornada para comer el único plato del día que lleva consigo en un portacomidas; una escena cotidiana en Bucaramanga, donde no todos pueden darse el lujo de las tres comidas diarias.
Julio César Pesca, vendedor ambulante, hace una pausa en su jornada para comer el único plato del día que lleva consigo en un portacomidas; una escena cotidiana en Bucaramanga, donde no todos pueden darse el lujo de las tres comidas diarias.

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Julio César Pesca, un sencillo vendedor ambulante de Bucaramanga, dice que a él le toca comer ‘en un dos por tres’. No es un simple dicho recogido a la ligera en la calle; en su vida, esa frase pesa tanto como un plato vacío o un trozo de pan compartido. Comer tres veces al día no es un hecho cotidiano ni un derecho; es un privilegio que se alcanza a trompicones y desaparece con la misma rapidez.

Para él, los famosos tres platos del día son un lujo. A veces ni siquiera alcanza para el ‘corrientazo’, ese almuerzo económico que otros dan por sentado.

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La comida no es rutina ni certeza: es un objetivo pequeño, repetido y frágil, que unas veces se cumple y otras queda a medio camino. Desayuno, almuerzo y cena no son horarios ni platos fijos, sino posibilidades que dependen de lo que ocurra afuera, en la calle, entre monedas sueltas, clientes esquivos y largas horas de trabajo.

Julio César vive en el barrio La Juventud, un sector popular de Bucaramanga. Desde allí sale todos los días muy temprano, “a ganarse la papa”, como él mismo dice. Sale con disciplina y con una idea clara: rebuscar lo suficiente para que en la casa no falte lo básico. No hay sobrantes, pero tampoco espacio para rendirse.

Antes de salir, si hay algo, desayuna. Un café claro, un pedazo de pan, cualquier cosa que ayude a arrancar el día. Si no, el hambre se guarda para después. “Eso depende de cómo esté el bolsillo”, explica sin dramatizar, como quien ya aprendió a convivir con esa rutina.

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El almuerzo es otra historia, aunque tampoco tiene hora definida ni mesa asignada. Puede llegar temprano o aparecer cuando la tarde ya va cayendo. Suele ser un arroz sencillo y lo ingiere de pie o sentado en la misma desvencijada mesa que utiliza para la mercancía. La cuchara se mueve rápido mientras los ojos siguen atentos a la calle, porque el trabajo no se detiene.

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Hablar de comer tres veces al día, como recomiendan los nutricionistas, para Julio César es algo más que un concepto técnico. “Hay días en los que aparece el desayuno, pero el almuerzo no. Otros en los que el almuerzo salva la jornada y el desayuno nunca existió”, resume.

Por eso, “comer en un dos por tres” tiene sentido en su rutina. Y es que esos tres platos no siempre están completos y, cuando llegan, duran poco. Se comen rápido porque el día sigue sin esperar y porque la calle impone su propio ritmo.

Julio César trabaja en el Centro de Bucaramanga, por la calle 35, entre las carreras 14 y 15. Allí, sobre el andén, arma su puesto desde temprano. Vende lo que sabe hacer con las manos y con paciencia: cajas de regalo elaboradas por él mismo, libros de segunda mano, adornos que cambian según la temporada.

Cada fecha trae su propio color y su propio intento. Corazones para el Día de la Madre, rosarios en Semana Santa, calabazas y brujas en octubre. La mercancía cambia, pero el esfuerzo es el mismo. Las horas se estiran sin aviso y la jornada suele cerrarse cuando la noche ya se ha adueñado del Centro.

Comer, en medio de todo eso, no es una pausa real. Son cinco minutos robados al día. Un ojo se queda en el puesto o en el plato y el otro vigila la mercancía. Cualquier cliente puede aparecer. El rebusque no permite distracciones, por más hambre que haya.

Julio César no habla de cifras ni de conceptos técnicos. No menciona “seguridad alimentaria” ni estudios económicos. No los necesita para explicar su realidad. “Yo no sé de eso”, dice mientras acomoda unos libros usados. “Yo lo que sé es si hoy alcanzó para la papa, de pronto mañana no”.

Su forma de medir el día es directa. Si hubo desayuno, si el almuerzo se pudo resolver, si en la noche queda algo. Comer tranquilo, sentado, sin mirar el reloj, es un lujo reservado para contadas ocasiones. La razón es simple y repetida: “La situación está muy jodida”.

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Ana Lamus
Ana Lamus

A su lado está Ana Lamus, su esposa, su compañera de vida y su coequipera de trabajo. Entre los dos sostienen una familia de cinco hijos, en una rutina y una economía que exige atención constante.

No hay discursos largos cuando hablan de eso, solo decisiones diarias. “Primero comen los niños”, dice Julio César sin dudar. Si hace falta, él se quita el bocado de la boca. Para ellos, los platos no pueden quedar incompletos. Es una regla firme, que no se negocia.

Prefiere la comida hecha en casa, no por nostalgia ni tradición, sino porque es lo que se puede pagar. Incluso el tradicional ‘corrientazo’ representa un gasto grande para él.

Aun así, muchas veces termina comiendo en la calle, cuando el trabajo no le permite regresar. “No es porque uno quiera”, aclara. “Es porque toca”. Comer afuera no es un plan ni una elección, es una salida rápida cuando el día se alarga y la venta manda, siempre cuidando que el gasto no supere lo que entra.

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Julio César no siente que haya elegido esta forma de vida. Es la que ha aprendido a sostener. Como él, muchos en Bucaramanga resuelven el día entre cuentas pendientes, ventas inciertas y platos a medias.

En su esquina del Centro, termina el almuerzo en silencio. Se limpia las manos, recoge el plato y vuelve a ofrecer sus libros, sus cajas, su trabajo. El día continúa, sin pausa. Porque para Julio César Pesca, al final, todo vuelve al mismo punto: calcular si hoy se come una, dos o las tres veces. Y hacerlo rápido, sin detenerse demasiado, en ese ejercicio cotidiano y persistente de comer “en un dos por tres”.

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