Cada casa abandonada se convierte en una puerta abierta a la delincuencia, y cada día sin solución representa un paso más hacia el deterioro del entorno y el aumento de la inseguridad.
Donde antes había puertas y ventanas abiertas hoy quedan fachadas agrietadas, techos caídos y maleza creciendo sin control. Las casas abandonadas se multiplican como heridas abiertas en distintos barrios, convirtiéndose poco a poco en ruinas que nadie reclama, pero que todos padecemos.

El fenómeno no es aislado ni reciente. En sectores como Cabecera, El Centro, San Miguel, San Francisco, La Joya, Alfonso López, Gómez Niño y Candiles, entre otros, es cada vez más común encontrar viviendas deshabitadas, con puertas forzadas, ventanas rotas y muros cubiertos de grafitis. Son estructuras que parecen detenidas en el tiempo, pero que en realidad están muy ‘vivas’ en sus efectos negativos sobre la comunidad.

“Esa casa lleva más de cinco años sola”, cuenta Marta, vecina de San Miguel, señalando una construcción de dos pisos cubierta de polvo y enredaderas. “Al principio daba tristeza, pero ahora da miedo. Por las noches se meten personas desconocidas, y uno ya no sabe quién entra ni qué hacen ahí”.

Esos predios son imanes para la inseguridad. Muchos de estos lugares son sedes de consumidores de drogas y escondites de delincuentes. La oscuridad y el deterioro ofrecen el escenario perfecto para que lo clandestino florezca sin control. (Lea además: Fotografías evidencian “muelas urbanísticas” en el barrio Alfonso López)
En el barrio La Joya, don Carlos Moreno relata que la situación ha cambiado la rutina de toda la cuadra. “Ya no dejamos que los niños salgan a jugar solos. Antes lo hacían hasta tarde, pero ahora, apenas cae la noche, todos para adentro. Esa casa de la esquina se volvió un problema. Se escuchan ruidos, peleas… uno vive con la zozobra”.

Reina la inseguridad
La percepción de inseguridad crece al mismo ritmo que el abandono. No se trata solo de lo que ocurre dentro de esas casas, sino de lo que generan alrededor: calles más solas, vecinos más desconfiados y un ambiente donde el miedo empieza a normalizarse.
En Campohermoso, una joven madre resume el sentir general: “Uno paga arriendo, servicios, trata de vivir tranquilo, pero estas casas dañan todo. Nadie responde por ellas”. Su preocupación es compartida por quienes sienten que la situación ha sido ignorada por demasiado tiempo.

Mientras tanto, las estructuras siguen deteriorándose. Los techos colapsan, las paredes ceden y el riesgo físico también aumenta. No solo se trata de inseguridad, sino de posibles accidentes o focos de insalubridad que pueden afectar a toda la comunidad. El abandono, en este caso, no es pasivo: es una amenaza activa.
Estas casas no son solo ruinas, son síntomas de problemas mayores como la falta de control, el evidente desaseo y la poca responsabilidad sobre los inmuebles desocupados.
















