Bucaramanga
Miércoles 03 de junio de 2026 - 05:48 PM

Somos cívicos: la tolerancia en Bucaramanga no se hereda, se aprende

La ‘Ciudad Bonita’ registra casi 110 riñas diarias. Muchas de ellas se dan entre vecinos, amigos o familiares y ocurren en todos los estratos.

En Bucaramanga, buena parte de las riñas no las protagonizan las bandas criminales, sino vecinos, amigos o familiares enfrentados por hechos mínimos.
En Bucaramanga, buena parte de las riñas no las protagonizan las bandas criminales, sino vecinos, amigos o familiares enfrentados por hechos mínimos.

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Publicado por: Danilo Cárdenas

En Bucaramanga, las armas y la violencia no siempre están del lado de las bandas criminales. Muchas veces están del lado de las personas del común. Ese es el panorama con el que se encuentran la Policía y la Alcaldía cada vez que reciben un llamado para atender una riña: al llegar al lugar descubren que las peleas las protagonizan amigos, familiares o vecinos y que estas se originaron en hechos pequeños que fueron escalando.

Según el informe Bucaramanga Cómo Vamos 2025 sobre seguridad y convivencia, en la ciudad se registran casi 110 riñas diarias, un fenómeno que en 2025 dejó un balance de 370 lesionados por cada 100.000 habitantes. El problema golpea incluso a la infancia: el año pasado, la ciudad presentó la tasa más alta del área metropolitana, con 47,41 casos por cada 100.000 habitantes.

Y no distingue clase social. Para Julio Acelas, director del Observatorio Ciudadano de Santander, “todos los estratos son intolerantes”: la única diferencia entre la gente, dice, “es la plata”, porque “tanto el del estrato uno como el del ocho cargan las mismas actitudes contrarias al civismo”. Le puede interesar: Somos cívicos: ¿Y si volvemos a ser la Ciudad Bonita?

Expertos y autoridades coinciden en que la convivencia se construye día a día: recuperar el civismo es el reto que tiene por delante la "ciudad bonita".
Expertos y autoridades coinciden en que la convivencia se construye día a día: recuperar el civismo es el reto que tiene por delante la "ciudad bonita".

La tolerancia es autocontrol y se aprende

Pese a la creencia de que los santandereanos son violentos, el profesor de Historia de la Universidad Industrial de Santander (UIS), Álvaro Acevedo, tiene otra lectura. Para él, la intolerancia es hoy un fenómeno global, exacerbado por las redes, y no un rasgo propio de Bucaramanga.

“Hoy ya no es solo de los bumangueses”, sostiene. A su juicio, el problema se disparó desde que las redes sociales y la intercomunicación global transformaron el mundo: las noticias falsas, las mentiras y las persecuciones en línea alimentan un fenómeno frente al cual la capital de Santander “se inscribe en un contexto de orden mundial”.

Acevedo apunta a una causa de fondo: la pérdida del autocontrol. Para que una sociedad sea tolerante, explica, necesita autorregularse, y durante mucho tiempo fue la escuela la que enseñó ese autocontrol. Hoy, advierte, ese papel lo asumieron las redes y los medios masivos, que, en lugar de educar, “deseducan”. El historiador aclara que se trata de inferencias, porque no hay una investigación rigurosa sobre los santandereanos y cree que para avanzar habría que empezar por estudiar a fondo esa realidad.

Acelas lo lleva un paso más allá. Plantea que la convivencia se sostiene en tres niveles de regulación: primero, la personal, el autocontrol; cuando falla, debería entrar la social, que el vecino le recuerde a otro que cumpla la norma; y, cuando esa también falla, queda la ley. El problema, dice, es cuando fallan las tres, hay corrupción y baja la denuncia, señal de que no hay confianza en las instituciones.

Detrás hay, a su juicio, un “déficit histórico”: la ciudad nunca construyó un marco de convivencia común. Lo resume con un dato que atribuye al investigador John Sudarsky y al propio Cómo Vamos: cerca del 95 % de los habitantes del área metropolitana no pertenece a ninguna organización. “Somos totalmente aislados”, afirma.

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La literatura especializada coincide en el diagnóstico. Un artículo de la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales define la tolerancia, siguiendo al investigador Paul Vogt, como “el autocontrol intencional” ante aquello con lo que no estamos de acuerdo, para preservar la armonía del grupo.

Además, sostiene que educarla no recae solo en la escuela: es una labor conjunta de la familia, las instituciones y la sociedad. La clave, plantea, está en “ponerse en los zapatos del otro”.

La apuesta por la empatía

Es justo esa idea la que la administración municipal tomó como bandera. Desde la Secretaría de Desarrollo Social, su director, Iván Torres, explica que la apuesta por la tolerancia se ha hecho desde la empatía. Desde 2024, la dependencia impulsa la “revolución de la empatía”, que parte de entender las realidades ajenas antes de juzgarlas.

La premisa es que muchos conflictos nacen del desconocimiento del otro. “No hay peor forma de violencia, o violencia más vista de manera constante y diaria, que la estigmatización”, afirma Torres.

Por eso, el programa se enfoca en grupos que han cargado con esos prejuicios: habitantes de calle, personas con discapacidad, migrantes, cerca de 65.000 en la ciudad, personas sexualmente diversas y adultos mayores, a los que define como “sujetos de derechos”. Con quienes estuvieron en situación de calle conformó los “escuadrones de la empatía”, que salen a embellecer espacios públicos. Lea: Somos cívicos: el compromiso de todos con una mejor Bucaramanga

El civismo no se hereda: se construye

Para Acevedo, la intolerancia tampoco es nueva: hunde raíces en la historia. El historiador recuerda que Santander se formó con una herencia española más marcada que en otras regiones, la de unas sociedades forjadas en siglos de guerras, y que de ahí provendría ese carácter recio y altisonante que se atribuye al santandereano.

A esa raíz suma la política: las guerras civiles del siglo XIX y una prensa que, en los años treinta y cuarenta, llamaba abiertamente a eliminar al adversario liberal o conservador.

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“Las palabras eran balas”, resume, para subrayar que el odio político es una vieja constante del país, anterior a las redes.

El civismo, concluye Acelas, no se hereda: se construye. “Son reglas que tienen que construirse y nosotros no las tenemos”, dice. Es la misma carencia que Acevedo lamenta cuando duda de la “ciudad bonita” y la que la academia describe cuando insiste en que la tolerancia se aprende.

Desde Vanguardia creemos que la tolerancia no es un gesto de debilidad, sino la base sobre la que se construye una ciudad habitable. Recuperar el civismo que dio origen a la “Ciudad Bonita” no depende solo de las instituciones: empieza en cada gesto cotidiano, en ceder el paso, en bajar la voz, en ponerse en los zapatos del otro antes de juzgarlo.

Publicado por: Danilo Cárdenas

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