El deterioro de las estaciones del Metrolínea se convirtió en una vergüenza para Bucaramanga.

Basura, malos olores, consumidores de drogas alucinógenas, habitantes de calle y una infraestructura que se cae a pedazos. Así luce hoy buena parte de las estaciones de Metrolínea, un sistema que alguna vez fue presentado como la solución de movilidad para Bucaramanga y que hoy simboliza el abandono institucional.
Recorrer el centro de Bucaramanga es encontrarse con una imagen que avergüenza a propios y visitantes. Las estaciones del Sitm, que durante años fueron el eje del sistema de transporte masivo del área metropolitana, permanecen cerradas, vandalizadas y convertidas en verdaderos focos de contaminación e inseguridad.
Uno de los ejemplos más evidentes es la estación ubicada sobre la carrera 15, entre las calles 35 y 36. Allí ya no llegan buses ni pasajeros; en cambio, abundan las bolsas de basura, desechos de todo tipo, suciedad, vidrios rotos, estructuras deterioradas y residuos que permanecen durante días sin que ninguna autoridad intervenga. (Lea además: Entre grafitis, basura y vandalismo: así agonizan las estaciones de Metrolínea)
De manera literal, lo que debería ser un espacio público digno se transformó en un basurero a cielo abierto.
Pero el problema va mucho más allá de la suciedad. Durante el día y especialmente en las noches, varias de estas estaciones son utilizadas como dormitorios improvisados por personas en situación de calle. Vecinos y comerciantes aseguran que también son escenarios frecuentes para el consumo de sustancias psicoactivas, lo que incrementa la sensación de inseguridad en un sector que diariamente recibe miles de ciudadanos.
La escena resulta contradictoria. Mientras la administración municipal habla de recuperar el centro de Bucaramanga y fortalecer el turismo y el comercio, quienes recorren estas calles encuentran estaciones abandonadas que proyectan una imagen de deterioro, desorden y ausencia total del Municipio.

“Es una vergüenza. Aquí ya no hay una estación de transporte; hay un basurero donde la gente consume droga y duerme todas las noches. Los malos olores son insoportables y nadie hace absolutamente nada”, manifestó José Molina, un comerciante del sector.
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Mario Botello, trabajador de un establecimiento cercano a la zona, aseguró que el problema empeora con el paso del tiempo: “Cada mañana encontramos más basura. Hay personas que pasan la noche dentro de la estación y dejan residuos, botellas y hasta excrementos”.

¿Quién responde por esta situación?
Los ciudadanos cuestionan cómo una infraestructura que costó cientos de miles de millones de pesos termine convertida en un símbolo del fracaso administrativo.
Las estaciones, lejos de cumplir su propósito, hoy representan espacios improductivos que deterioran el paisaje urbano, afectan el comercio formal y generan riesgos sanitarios.
En varios puntos es evidente la acumulación de residuos sólidos, envases, desperdicios de comida y otros elementos que atraen insectos y roedores, convirtiéndose en un problema de salud pública.
A ello se suma el deterioro físico de las estructuras. Puertas dañadas, vidrios destruidos, señalización inexistente, paredes vandalizadas y cubiertas con grafitis hacen parte del panorama cotidiano.

Lo ocurrido en la estación de la carrera 15, entre calles 35 y 36, no es un hecho aislado. Por el contrario, es apenas una muestra del estado en que permanecen numerosas estaciones del Metrolínea distribuidas por Bucaramanga y su área metropolitana, muchas de ellas convertidas en espacios abandonados donde la institucionalidad parece haber renunciado por completo a ejercer control.
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La ciudadanía se pregunta quién responde por estos espacios, quién debe garantizar su mantenimiento y por qué, pese a las constantes denuncias, ninguna entidad asume la responsabilidad de recuperar una infraestructura financiada con recursos públicos.
Mientras las discusiones sobre el futuro de Metrolínea continúan en los escritorios, la realidad en las calles es otra: estaciones convertidas en basureros, escenarios de consumo de drogas, refugios improvisados para habitantes de calle y una imagen de abandono que golpea el corazón comercial de Bucaramanga.
Cada día que pasa sin una intervención integral no solo se deteriora el mobiliario urbano; también se profundiza la sensación de que la ciudad se acostumbró a convivir con el abandono.
Porque más allá del fracaso de un sistema de transporte, lo que hoy se observa en estas estaciones es el fracaso del Estado para proteger el espacio público, garantizar condiciones dignas para toda la población -incluidas las personas en situación de calle, que requieren atención social y no solo desplazamiento- y preservar la imagen de una ciudad que merece mucho más que convivir con monumentos al abandono.














