Tres fanáticos de las aves convirtieron una sencilla salida en una experiencia reveladora que invita a redescubrir el territorio desde el asombro y el silencio del pajareo.

Publicado por: César Mauricio Olaya Corzo
Muchas veces se nos presenta el dilema sobre a qué lugares llevar a nuestras visitas cuando llegan a nuestra ciudad y, en esta oportunidad, coincidió que dos amigas visitantes tenían en común tanto la pasión como el conocimiento y el gusto por una actividad poco común para muchos: el pajareo.
Vanessa Marín es una llanera, experta en turismo de naturaleza y una avezada conocedora del aviturismo, una de las actividades que hoy día se proyecta como valiosa alternativa en el mercado promocional de destinos en nuestro país. Actualmente trabaja con el SENA y, en los próximos días, estará dando inicio a un taller sobre Aves y Turismo por cuenta de esta entidad educativa.
Por su parte, Erika Juliana Melgarejo es una joven bióloga egresada de la UIS y, en la actualidad, se encuentra radicada en Málaga, su ciudad natal, donde apoya proyectos de investigación en ecosistemas regionales. Siendo estudiante y gracias al estudio de la materia de ornitología, conoció y se enamoró de las aves, iniciándose en el mundo de la fotografía, hasta hoy en día prácticamente convertirse en su más importante universo en el ejercicio de su profesión.
Por esto, no fue sino extenderles una invitación a pajarear por Bucaramanga para que ellas levantaran la mano y aceptaran sin miramientos la oferta.
Se trataba de un plan sencillo: una ronda por la vereda Santa Bárbara, en el entorno de los Cerros Orientales, y una dinámica breve por el Parque Carlos Virviescas Pinzón que, desde hace varios años y por cuenta de iniciativas ciudadanas, se ha convertido en un entorno amigo de la vida.
En el balcón de las tángaras
Este nombre no existía en las agendas pajareras de Bucaramanga y tuvo que llegar una llanera para bautizarlo así, pues solo bastó un par de horas por un transecto que no supera los 100 metros lineales para que, allí, en un punto de la llamada “Pared de la UDES”, los registros que hacía Vanessa fueran sumando especies en su lista de la plataforma eBird, la mayoría de ellas pertenecientes a las llamadas tángaras.
Tras cerca de dos horas, un total de 33 especies quedaron registradas, entre ellas la hermosa tangara real (Stilpnia cyanicollis), la colorida tangara cabecirrufa (Tangara gyrola), los distinguidos fruteros (Chlorophanes spiza) y la llamativa tangara cabecigris (Eucometis penicillata), además de encontrarnos con el valioso registro del pepitero ajicero (Saltator coerulescens) en plena labor alimenticia, que, como dato curioso, es el ave a través de la cual se logra la germinación del llamado ají pajarito (Capsicum annuum), una planta tropical que no germina de no pasar por el tracto gástrico de la mencionada ave.




Es tiempo de preguntarle a Vanessa por qué binoculares y libreta, y no cámara fotográfica, y su respuesta, con un dejo de reto, es suficientemente clara: “¿Cuántas aves has fotografiado y, en mi caso, cuántas aves crees que tengo identificadas?”. Como dice la sentencia: silencio en el estrado, señor juez.
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“Pajarear es mucho más que buscar un ave en una rama; es aprender a escuchar el silencio del bosque y entender los secretos que la naturaleza susurra. Es el deleite de recorrer lugares donde nadie ve más que árboles, hojas y montes y, allí, armados de paciencia, percibir el menor movimiento y, de golpe, encontrarse mirada con mirada con un chamicero capirotado (Cranioleuca curtata), una especie que, por ejemplo, además de difícil de ver, solo se encuentra en el costado occidental de la cordillera Oriental, o emprender una búsqueda puntual, por ejemplo, de un esquivo hormiguero pico de hacha (Clytoctantes alixii), que tiene un área de presencia no solo muy limitada, sino que, incluso en los lugares donde ha sido reportado, la hazaña de verlo es igualmente toda una empresa”.
Turno para los parques
De acuerdo con las cifras derivadas de la revisión de distintos conteos urbanos hechos en Bucaramanga, se estima que el número de especies que cohabitan en la ciudad supera las 350, un guarismo que aumenta en temporadas migratorias, cuando incluso en árboles poco amigables para las aves, como el oití (Licania tomentosa), puede encontrarse alguna reinita candela (Setophaga fusca).

Con nuestras invitadas llegamos hasta el Parque Carlos Virviescas Pinzón, localizado en la parte oriental de la ciudad, en medio de un muy denso desarrollo urbano de altos edificios que enmarcan su verde presencia, pero donde sus jardines se han convertido en un verdadero edén de las aves dentro de la ciudad.

Para la bióloga Erika Juliana Melgarejo, la experiencia vivida se presenta como un revivir del sentido de su profesión, pues aunque en su proceso formativo tuvo la oportunidad de realizar algunas salidas de práctica en la materia, allí el trabajo era de absoluta aplicación a los intereses científicos de la carrera, de manera que la percepción sensible que propicia el pajareo es prácticamente ajena y no da lugar a vivir lo que traduce la emoción del encuentro con una determinada ave.
“Lejos de contemplar como bióloga que el desarrollo urbano pudiera soslayarse a estos espacios como los parques, lo que se confirma es la importancia del equilibrio en la planificación de nuestras ciudades. El hombre puede cohabitar con los animales, pero esto exige reconocer la importancia de contar con estos espacios, que son verdaderos salvaguardas de la biótica”, asegura Melgarejo.
Y hubo un ganador
Sin pretender hacer de este ejercicio compartido un concurso, solo por inquietud les pido a las compañeras de jornada que me digan cuál fue su ave predilecta, con una sorpresa mayúscula cuando ambas coinciden en una especie que, a mi juicio de pajarero, resultaba relativamente común.

“Para mí, la familia de los piciformes (tucanes, carpinteros y afines) tiene un encantamiento único y, a cualquier parte que vaya en Colombia, siempre me verán sonreír cuando veo una de estas maravillosas aves. Puede ser un pequeño picumo, un llamativo ‘pikachú del Putumayo’ (Celeus flavus), un siempre atractivo carpintero real (Dryocopus lineatus), el muy amenazado carpintero bonito (Melanerpes pulcher) y, claro está, en un capítulo superior, los maravillosos tucanes: todos ellos literalmente me atrapan”, manifiesta la experta Vanessa Marín.
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Al responder, Erika Melgarejo no se detiene un instante al asegurar que el carpintero habado (Melanerpes rubricapillus) no solo la impactó, sino que, al detenerse a observar su comportamiento, literalmente se vio reflejada en él.
“Quienes me conocen me ven como una persona poco social, más bien prevenida en mis relaciones y con un don particular, que es el de la observación. Cuando me detuve a mirar este carpintero, noté que permanecía un tiempo relativamente largo inmóvil en su percha, movía su cabeza en todas las direcciones, estudiaba el espacio y, con el sigilo debido, empezaba a bajar siempre con desconfianza. Este pájaro también lo encuentro en Málaga y en toda la provincia, pero nunca lo había tenido tan cerca ni me había fijado en sus actitudes. Definitivamente me vi reflejada en él”.

Bucaramanga ofrece opciones para comprar el mejor calzado de Colombia; quizá, de ser atendido en un centro médico de los más altos estándares, se puede aprovechar una que otra oferta en el campo cultural o hacer lo de la mayoría: disponerse a recorrer sus centros comerciales. Ahora bien, queda la pregunta: ¿sabían de esta opción de pajarear en sus parques y entornos naturales?














